Después de una semana de no poder entrar en el blog, va el muy cabrón y se abre hoy que no tengo el apasionante final de la trilogía de la trascendencia, así que me inventaré sobre la marcha un cuento navideño, para que no se diga que no me imbuyo del espíritu este que pulula alrededor. A ver lo que sale.
Los niños correteaban nerviosos por la casa mientras su madre colocaba los platos en la mesa, hoy sacamos la vajilla nueva y habrá que darle un agua, y su padre echaba un vistazo al horno, para mí que el cordero ya bebía la misma leche que un hampón de los bajos fondos. Una vez los cubiertos, tenedores a la izquierda, cuchillos y cucharas a la derecha, escoltaban a los platos, la madre juntó a los tres pequeños y los sentó en el sofá.
Quería remarcarles unas pequeñas normas para cuando llegaran los invitados porque conocía su tendencia a desmandarse y aquella noche debía atender a demasiados frentes como para tenerlos controlados. Insistió sobre todo en que respetaran al abuelo Félix, ya muy viejito y cuya paciencia no aguantaría la vitalidad de los tres pequeños. Los niños aceptaron aquel aviso sin rechistar pues recordaban a su abuelo como un señor gruñón y poco amigo de los juegos, amén de que jamás los obsequiaba con ningún regalo.
La tarde fue trayendo poco a poco a los invitados, los tíos de Aluche con un gran juego de pinturas, la prima Luisa y su novio con los muñecos de los Lunnys, los tíos de Toledo con caramelos y caramelos y más caramelos, no os los comáis aún que luego no probáis la cena, el abuelo Félix con...nada. La cara de los pequeños ni siquiera denotaba desilusión puesto que ya lo suponían, pero aún así le negaron la más tenue sonrisa y sus besos fueron leves roces contra la piel ya arrugada del anciano, el cual saludó al resto de la familia y se sentó en la cabecera de la mesa.
La cena transcurrió entre bromas, chanzas y canciones, villancicos algunas, folklóricas otras, desafinadas todas. Los niños lo pasaban en grande pero estaban deseando interiormente que terminara para poder jugar con los regalos. El abuelo mientras tanto parecía pensar en otra cosa, sonreía a las gracias pero apenas participaba, su mirada se posaba alternativamente en cada uno de los pequeños que temían haber hecho algo que pudiera haberle importunado.
Aparecieron los licores y los niños recibieron permiso para irse al cuarto. Con todos los obsequios ya desparramados por el suelo, unos minutos después abrió la puerta el abuelo Félix. Se quedaron callados sin saber qué hacer, mientras se sentaban sobre la cama y él tomaba una silla enfrente de ellos. Les iba a contar una historia.
" El niño Dios acababa de nacer. Caía una fina lluvia que con el paso de las horas y la entrada de la madrugada amenazaría con convertirse en nieve. En aquel pesebre el frío calaba por las maderas ya enmohecidas y, aunque la paja amortiguaba el viento, tuvieron que arrimarse a un par de animales que allí se guarecían para que su calor confortara a la nueva madre tras el esfuerzo.
El niño reposaba en su regazo aparentemente tranquilo, ya aseado con agua de lluvia. Apenas abría los ojos y los labios se remecían como nenúfares con la corriente. Le habían envuelto con una túnica y sólo quedaba a la vista el rostro sereno y delicado.
La noche se fue cerrando y las temperaturas bajaban y bajaban. Los padres se afanaban en aislar al pequeño construyéndole una camita con la paja, mientras oían cada vez más ruidos del exterior. En la entrada del pesebre surgió la luz de una antorcha tras la que aparecieron tres hombres ricamente ataviados, con el rostro solemne y las manos cargadas con cofres. Uno a uno fueron posando delante de la mujer cada cofre, describiendo lo que en su interior guardaban. Aquellas palabras, oro, incienso, mirra, sonaban muy lejanas e inalcanzables para la humildad de la pareja, que no sabían cómo agradecer dichos presentes ni el motivo de esos regalos. El niño seguía descansando sobre la paja.
Mientras los reyes explicaban su periplo en busca de un bebé que debía nacer para cambiar el mundo y cuya revelación venía acompañada del fenómeno astrológico más maravilloso que ellos, grandes conocedores de las estrellas, jamás contemplaran, la puerta del pesebre se fue llenando de lugareños atraidos por lo fastuoso de la caravana. Algunos de ellos se atrevieron a entrar y, al ver la escena, se descubrían y posaban en el suelo alimentos y ropas.
Quiso entrar también un pobre pastor al que muchos sometían a chanzas puesto que no sabía hablar, pero se lo impedían alegando que no llevaba nada que ofrecer a aquel niño tan prodigioso, pues ellos creían que aquellos reyes sólo podían haber venido de tan lejos para conocer algún prodigio. Mientras discutían cuáles serían los poderes del recién nacido, el pastor se escurrió por un hueco y penetró en el pesebre. Allí vio cómo los reyes abrían los cofres, cómo los lugareños posaban sus viandas, cómo los padres se maravillaban ante tal generosidad y cómo el niño, ajeno a tanto despliegue, movía los bracitos reclamando atención.
El pastor se acercó al niño y mirándole con infinita ternura, le sonrió. Era una sonrisa dulce, cálida, repleta de amor, me atrevería a decir que mucho más luminosa que la estrella que llevara allí a los reyes. El niño abrió los ojos por primera vez y también sonrió con la luz de varias constelaciones. Todos los presentes callaron y fueron saliendo al exterior, cegados por la intensidad lumínica. Sólo quedaron los padres y el pastor, al cual Dios elevó hasta su seno para que siguiera iluminando la vida de sus hijos hasta el final de los días : es el sol que véis cada mañana."
Cuando el abuelo terminó esbozó una sonrisa y susurró a sus absortos nietos que ningún regalo hay más bello que la posibilidad de sonreír. Les dio un beso y regresó a la sobremesa, donde el alcohol ya hacía estragos y los ojos brillaban chispeantes.
Bueno, es ciertamente almibarado pero la Navidad es lo que tiene. Eso sí, no dudéis de que en otras fechas ese abuelo no sobrevive a la cena y el niño, bueno, ese niño ya tiene el final escrito. ¿ O quizá no ?
Feliz Navidad.
martes, 26 de diciembre de 2006
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