lunes, 30 de junio de 2008

El pero

Soy de naturaleza pesimista, he de reconocerlo, de los que no sólo ven la botella medio vacía sino que además piensan que el vino de dentro ya estará picado...

Por eso, tras la alegría de ayer, tras el partido inicial contra Rusia que nos permitía soñar con el buen juego de la selección, tras la victoria agónica contra Suecia que convocaba viejos fantasmas de mala suerte con la lesión de Puyol y los únicos minutos en el campeonato de zozobra colectiva tras el gol de Ibrahimovic, tras la remontada ante Grecia en un partido de trámite que nos servía para llegar con pleno de victorias a la temida ronda de cuartos donde nos esperaba el protagonista habitual de nuestras peores pesadillas, tras el derrumbamiento de varias barreras psicológicas e históricas en ese enfrentamiento contra Italia como la propia selección azzurra, los penalties y el mal fario en los últimos minutos, tras la exhibición en semifinales contra Rusia que nos hacía frotarnos los ojos mientras el mundillo futbolístico nos elogiaba y colgaba ese papel de favoritos que históricamente tanta presión paralizante nos ha provocado, tras la extraordinaria final contra Alemania, otro de los peces gordos en esto del balompié, que se derrumbaba físicamente como jamás pensé ver a un alemán de esos tan grande, tan alto, tan fuerte, tan alemán, hundidos tras correr detrás del balón durante setenta minutos y desorientados en las ocasiones que lo recuperaban por no saber muy bien qué hacer con él, tras los gritos de júbilo al pitar el árbitro el final y poder soltar toda la adrenalina acumulada en años y años de frustraciones y sinsabores delante del televisor, tras el éxtasis de ver a Casillas levantar la copa como si fuera el Santo Grial que llevábamos buscando sin saber a ciencia cierta si existía, tras el estruendo de cientos y cientos de cláxones por las calles de los conductores embriagados con la victoria, de los contagiados por el alborozo o de los incrédulos que veían las calzadas asaltadas, tras la invasión de esos asaltantes ataviados con los colores de la Roja, con la bandera a la espalda como la capa de un superhéroe o a la cintura como el pareo del que disfruta del mejor rato del verano, tras los cánticos acerca de cualquier motivo que sonara a victoria, a España, a fútbol o a cualquier cosa chistosa, ya que no hay humor más agradecido que aquél vástago del triunfo, y que unía en una sola voz a personas de edades, sexos, razas, clases, nacionalidades y, por desgracia para el oído, timbres bien distintos, tras las lágrimas de entusiasmo al encontrar tanta gente feliz por un hecho en sí mismo estúpido y absurdo como es llevar un balón hasta una portería pegándole patadas, tras la constatación de que hay ciertos eventos que nos unen más que las miles de palabras vacuas e interesadas de los políticos y sus lamentables intentos de separarnos cuando la mayoría de las personas sólo quieren vivir en paz y tranquilidad y quizá, eso sí, un poquito mejor cada día, tras todas esas sensaciones que ciertamente te dejan poco menos que tan extenuado como a los propios jugadores y que deberían acercarte al estado casi absoluto de felicidad, yo, pesimista por naturaleza, le encontré un pero a la victoria de la Roja.
Y es que, una vez disfrutadas las cervezas en el bar de turno como se disfrutan las cervezas que uno considera bien merecidas, nos quedamos con Ana en un cruce esperando la llegada de un taxi. Había muy pocos, es cierto, y la mayoría ocupados. Pero, aquí llega el pero, los que pasaban vacíos y nos veían con nuestras camisetas de España y los brazos levantados, en vez de parar tocaban su claxon y gritaban "¡ España, España !". Y así estuvimos media hora...
Al final, de hecho, el taxi lo paró Ana cuando se alejó de nosotros y a ella, que iba vestida normal, la tomaron más en serio.
Y es que me gustaría haber contado también que Ana se vistió, vibró, sufrió, gritó y se emocionó con la Roja, pero, por desgracia, nunca se me ha dado bien la literatura fantástica. Eso aún tendrá que esperar.

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