Hace unos días quedamos con unos amigos que nos tenían que dar una noticia. En las edades que manejamos, esa frase casi siempre es sinónimo de embarazo, pero la juventud de ella nos decantaba más por la boda. La sorpresa que nos tenían preparada provocó en mí una desordenada mezcla de sensaciones, que creí necesario compartir con la humanidad (es decir, los ocho que visitáis Hontanazor de vez en cuando).
Se mudan a San José, lo cual nos obliga a un pequeño apunte de geografía: San José está en California, bañada por las aguas más meridionales de la bahía de San Francisco y formando parte del popular Silicon Valley.
Tras la impresión inicial por la noticia y las correspondientes explicaciones de los protagonistas, me invadió una catarata dialéctica interior que me arrastró desde la sonrisa envidiosa a una considerable frustración. La describo:
De primeras, nobleza obliga, me sentí muy feliz por ellos. Vivir en el extranjero es una experiencia vital que yo no he tenido y envidio profundamente. California, además, cuenta con suficientes atractivos como para convertirlo en un destino apetecible. ¡Silicon Valley! Me queda el consuelo de que añadiremos una nueva casa de acogida si viajamos para allá.
Poco a poco fue creciendo un poso de indignación hacia este país, que no es capaz de retener a sus piezas más valiosas. Él es ingeniero y ella, aunque eslovena, había buscado en España oportunidades para desarrollar su especialidad, la terapia infantil a través de la danza, encontrándose con la ignorancia y el desconocimiento de unas técnicas que, por inusuales, despiertan el recelo inicial del pueblerino que teme que le estafen hasta la boina, habitante mayoritario de este nuestro país. Y todo porque no trataron a Paquirrín de pequeño con esa técnica y lo explicaron en la televisión, si no, aquí ahora todo quisqui sería un experto en ella.
Su caso (el de nuestros amigos, no el de Paquirrín; Paquirrín, por suerte o por desgracia, es único) es otro más en España, donde anteayer el INE nos devolvió a una realidad olvidada desde hacía décadas: volvemos a ser un país de emigrantes.
Quizá he mezclado un poco las informaciones, pues habrá quien me señale a esa muchacha eslovena como una inmigrante en España. Y tendrá razón, pero una inmigrante cualificada (ha dedicado su estancia entre nosotros a ultimar su tesis) de la que no hemos sabido sacar provecho. Y cualificada es también la emigración que ahora enviamos a esos mundos de Dios, porque el caso de nuestro amigo no es el único, por desgracia. En mi entorno proliferan científicos e ingenieros (sí, lo sé, ambiente insano este en el que me muevo) que han sufrido en sus carnes los recortes en investigación y desarrollo e innovación, el tan mencionado como denostado I+D+I. Resulta irónico y muy significativo que lo único que haya crecido en ese ámbito sea el acrónimo.
Y esto no es sólo una consecuencia de la crisis. Ahora que está tan de actualidad hablar de los gastos innecesarios o evitables de nuestra economía, hay uno en concreto que llevamos años arrastrando. En realidad son dos gastos, porque pagamos dos veces. La primera, al subvencionar una educación que, hasta ahora, ha permitido estudiar a gran parte de la población a precios razonables, incluyendo la etapa universitaria. No es la intención de esta entrada valorar si eso resulta sostenible o no. El hecho es que luego, a gran parte de esos licenciados (me refiero principalmente a los de carreras científicas, que por otro lado son las más caras), no se les da la oportunidad de explotar sus conocimientos y cualidades, en una sociedad basada en el sector terciario y el boom de la construcción como la española. Así que deben emigrar para desarrollar su trabajo y luego, cuando inventan, pongamos por ejemplo, un motor eléctrico, España debe pagar de nuevo la patente al país donde ese emigrante ha desarrollado su idea. Doble factura, doble gasto. Bueno, en realidad hay una tercera pérdida, que sería lo que se deja de percibir por no haber patentado España la idea, pero no carguemos las tintas... aún. Antes de que nadie me eche en cara que no tiene sentido subvencionar los estudios de los que luego se acabarían yendo fuera de una manera o de otra, quiero dejar claro que mi crítica no va dirigida hacia los recortes en sí, sino al modelo económico que se ha desarrollado. En vez de potenciar una industria que necesite a esos profesionales y así se justifique la inversión en I+D+I, se ha buscado un modelo de enriquecimiento rápido y tramposo, como el de la construcción, que además promueve unos valores basados en la ausencia de esfuerzo, el fraude y el nepotismo. Y aunque ahí caímos todos, no me cansaré de repetir que nunca se podrán equiparar responsabilidades, nuestros dirigentes se han llevado la palma. La de Cannes y la isla.
Tras la impresión inicial por la noticia y las correspondientes explicaciones de los protagonistas, me invadió una catarata dialéctica interior que me arrastró desde la sonrisa envidiosa a una considerable frustración. La describo:
De primeras, nobleza obliga, me sentí muy feliz por ellos. Vivir en el extranjero es una experiencia vital que yo no he tenido y envidio profundamente. California, además, cuenta con suficientes atractivos como para convertirlo en un destino apetecible. ¡Silicon Valley! Me queda el consuelo de que añadiremos una nueva casa de acogida si viajamos para allá.
Poco a poco fue creciendo un poso de indignación hacia este país, que no es capaz de retener a sus piezas más valiosas. Él es ingeniero y ella, aunque eslovena, había buscado en España oportunidades para desarrollar su especialidad, la terapia infantil a través de la danza, encontrándose con la ignorancia y el desconocimiento de unas técnicas que, por inusuales, despiertan el recelo inicial del pueblerino que teme que le estafen hasta la boina, habitante mayoritario de este nuestro país. Y todo porque no trataron a Paquirrín de pequeño con esa técnica y lo explicaron en la televisión, si no, aquí ahora todo quisqui sería un experto en ella.
Su caso (el de nuestros amigos, no el de Paquirrín; Paquirrín, por suerte o por desgracia, es único) es otro más en España, donde anteayer el INE nos devolvió a una realidad olvidada desde hacía décadas: volvemos a ser un país de emigrantes.
Quizá he mezclado un poco las informaciones, pues habrá quien me señale a esa muchacha eslovena como una inmigrante en España. Y tendrá razón, pero una inmigrante cualificada (ha dedicado su estancia entre nosotros a ultimar su tesis) de la que no hemos sabido sacar provecho. Y cualificada es también la emigración que ahora enviamos a esos mundos de Dios, porque el caso de nuestro amigo no es el único, por desgracia. En mi entorno proliferan científicos e ingenieros (sí, lo sé, ambiente insano este en el que me muevo) que han sufrido en sus carnes los recortes en investigación y desarrollo e innovación, el tan mencionado como denostado I+D+I. Resulta irónico y muy significativo que lo único que haya crecido en ese ámbito sea el acrónimo.
Y esto no es sólo una consecuencia de la crisis. Ahora que está tan de actualidad hablar de los gastos innecesarios o evitables de nuestra economía, hay uno en concreto que llevamos años arrastrando. En realidad son dos gastos, porque pagamos dos veces. La primera, al subvencionar una educación que, hasta ahora, ha permitido estudiar a gran parte de la población a precios razonables, incluyendo la etapa universitaria. No es la intención de esta entrada valorar si eso resulta sostenible o no. El hecho es que luego, a gran parte de esos licenciados (me refiero principalmente a los de carreras científicas, que por otro lado son las más caras), no se les da la oportunidad de explotar sus conocimientos y cualidades, en una sociedad basada en el sector terciario y el boom de la construcción como la española. Así que deben emigrar para desarrollar su trabajo y luego, cuando inventan, pongamos por ejemplo, un motor eléctrico, España debe pagar de nuevo la patente al país donde ese emigrante ha desarrollado su idea. Doble factura, doble gasto. Bueno, en realidad hay una tercera pérdida, que sería lo que se deja de percibir por no haber patentado España la idea, pero no carguemos las tintas... aún. Antes de que nadie me eche en cara que no tiene sentido subvencionar los estudios de los que luego se acabarían yendo fuera de una manera o de otra, quiero dejar claro que mi crítica no va dirigida hacia los recortes en sí, sino al modelo económico que se ha desarrollado. En vez de potenciar una industria que necesite a esos profesionales y así se justifique la inversión en I+D+I, se ha buscado un modelo de enriquecimiento rápido y tramposo, como el de la construcción, que además promueve unos valores basados en la ausencia de esfuerzo, el fraude y el nepotismo. Y aunque ahí caímos todos, no me cansaré de repetir que nunca se podrán equiparar responsabilidades, nuestros dirigentes se han llevado la palma. La de Cannes y la isla.
El año pasado vinieron de Alemania en busca de jóvenes ingenieros. Se tomó como una oportunidad de mostrar nuestro grado de excelencia en la formación de esas profesiones y, en cierto modo, un reconocimiento a nuestra educación. Yo no lo vi así, aunque siempre peco de estruendosa negatividad. Vinieron a por los que tienen ideas, los formados, los que quizá inventen algo que nos saque de nuestra mediocridad. ¿Por qué no se llevaron a los políticos ineptos y corruptos, a los empresarios defraudadores, a los trabajadores vagos, a los hermanísimos y cuñados que se enriquecen con subvenciones, a los periodistas sectarios, a los sindicalistas acomodados, a los sinvergüenzas que pueblan nuestra piel de toro desangrada a golpe de navajazo? A esos no los quieren para nada.
Y aquí me invadió la frustración. Esos serán los que queden al final en España, cuando todo el que pueda marcharse de aquí se aleje y contemple desde la distancia cómo la arrasan. Esos y los mediocres que sólo nos quejaremos en el bar o en un blog, sin agallas para rebelarnos, aunque quede poco ya por salvar. Algunos emularéis a la sultana Aixa reprochando a Boabdil, que esos emigrantes también podían quedarse y luchar para levantar al país. Y quizá sea cierto, pero no fuimos educados para ser héroes y aun estos necesitan de cierta coyuntura. Viendo cómo han relegado la iniciativa del 15-M al cajón del esperpento, o cómo se las gastan en un partido (expulsión inmediata) ante quien se rebela defendiendo los intereses de quienes le votaron frente a las palmaditas y el reproche cariñoso ante quien esquilma y luego insulta a esos mismos votantes, la solución no pasa por este sistema. Y para tumbar un sistema, siempre han hecho falta armas y violencia, herramientas que, una vez puestas en marcha, nadie sabe dónde acabarán. No, el futuro pinta negro para una imaginación escasa como la mía. De ahí que aplauda esa emigración.
Afortunadamente con los días se me ha ido pasando, sobre todo a raíz de que me explicaran que Silicon Valley es el valle del Silicio y no el valle de la Silicona. Es el consuelo que me queda.
Afortunadamente con los días se me ha ido pasando, sobre todo a raíz de que me explicaran que Silicon Valley es el valle del Silicio y no el valle de la Silicona. Es el consuelo que me queda.
1 comentario:
"La no-violencia es un arma poderosa y justa que corta sin herir y ennoblece al que la maneja. Es una espada que cura." MLK
Publicar un comentario