El año va plegando sus alas, presto para arrebujarse en el inexorable nido de la Historia (así, con mayúsculas). De perfil rapaz, promete dejarnos en garras de un sucesor no menos carroñero. El relevo tendrá lugar, como en anteriores ocasiones (y si Dios y los gobiernos quieren, como en todas las futuras), durante esas fechas marcadas a fuego en el calendario de los niños y los melancólicos (aunque por motivos diferentes, claro), y los demás subrayamos en rojo o en fluorescente según fobias o filias, ya que a nadie dejan indiferente: las navidades.
Con ellas llegan todas las tradiciones imaginables: las sociales, las indivuales, las monárquicas, las estacionales, las estúpidas, las divertidas, las frecuentes, las raras... Casi todo cabe en Navidad, mientras lo hayas hecho tres años seguidos. "Es la tradición, no se moleste usted, señor corredor negro, si le rocío con este spray hasta dejarlo ciego...". Una de esas costumbres tiene toda la pinta de ir a resentirse, como lo lleva haciendo desde que nos abrazó nuestra amiga la crisis. Se trata de las cenas temáticas, sean de empresa, amigos, grupo de baile o equipo de fútbol.
En efecto, el apretón económico (empezó siendo de cinturón, pero muchos lo notan ya en el cuello) deja escaso margen a los dispendios, lo cual casa especialmente mal con el espíritu de estas fechas. Con el espíritu actual y generalizado, me refiero. Imagino que Jesús tenía otros planes cuando decidió nacer ese día (ah, que ni siquiera nació el día 24, que es una adaptación de las saturnales romanas... Bueno, no nos desviemos del tema).
Las navidades han devenido odas al gasto, al consumo y a la ostentación, y en estos tiempos que corren, el tema se ha puesto muy malito para poder mantener ese ritmo de tarjeta (de crédito). Por eso tocará recortar (¡verbo de moda!) y nos conviene un repasito a la jerarquía de prioridades. Veamos:
- las cenas oficiales, nochebuena y nochevieja, parecen intocables;
- los regalos, sobre todo a los niños, menguarán pero no desaparecerán;
- la decoración ganará en sobriedad, pero no temáis: los árboles de luces y bolas, los papanoeles escalando y los belenes megakitsch volverán a regalaros los ojos.
¿De dónde recortar, entonces? De esas reuniones, claro (además eran pagadas por las empresas, y estas ya no regalan nada; algunas ni pagan los sueldos...) que llegaron a ser una especie de Tourmalet a superar, justo al inicio de las fiestas: comidas y cenas sucesivas poniendo a prueba la cartera y el estómago. Por no mencionar el encaje de bolillos infernal para cuadrar tanto compromiso. "No, yo ese día tengo la cena con mis antiguos compañeros de curro", "pues yo al siguiente como con las del cursillo de flauta travesera","pues para mí, imposible todo el finde, he quedado de cena con los de spinning, para unas cañas con los del club de rol y para un brunch con las madres del bloque; pero sin niños,¿eh?"...
Así que seguramente al final salgamos ganando con este recorte. Bueno, como con todos; al fin y al cabo, son por nuestro bien, que estuvimos viviendo por encima de nuestras posibilidades y ya era hora que alguien se atreviera, no sólo a decírnoslo, sino a ponernos en nuestro sitio. ¡Ay, el populacho! Insurrecto pero entrañable populacho...
En cualquier caso estas cenas no desaparecerán, como nos demuestra este simpático vecino del barrio de Montecarmelo. Dispuesto a disfrutarla sin los agobios de diciembre, adelantó su juerga unos días. Pero al volver, un maquiavélico semáforo se interpuso en su camino y provocó la escena que estáis a punto de presenciar.
Mi casa es la de enfrente y yo lo veía desde el ángulo opuesto al del que grababa el vídeo, así que pude asistir a su huida por la calle para abajo, dejando al portero que le había ayudado a sacar el semáforo de debajo de su coche con cara de sorpresa y una ostentosa indignación. Unos minutos después llegó la policía, que sólo tuvo que seguir el rastro de aceite que la rotura de su imponente Mercedes había dejado por todo el camino. Está localizado (al menos por nosotros porque, además, es vecino de Casi y tenemos pruebas que le incriminan).
Esa es su plaza de aparcamiento. El coche no es el mismo porque el Mercedes debe estar en el taller. Por cafre. A ver si le vemos un día y le deseamos una feliz Navidad.

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