martes, 6 de noviembre de 2012

La noche de los muertos vivientes

¿Cabe mayor sarcasmo macabro que una fiesta de los muertos vivientes donde acaben muertos varios de los vivientes? Habrá quien me tache de frívolo por bromear con un hecho luctuoso de esta naturaleza, aunque nada más lejos de mi intención. O sí, qué diablos. Al fin y al cabo me voy a servir de la macrofiesta y sus investigaciones posteriores para ilustrar la diversidad de la percepción humana.
En el recinto del Madrid Arena la organización estaba dispuesta para recibir a unas diez mil personas. Muchas, desde luego. En este tipo de eventos, las autoridades exigen unas dotaciones proporcionales de seguridad, emergencias y asistencia variada, sin la cual no tramitan el preceptivo permiso. Aquí se añade el agravante de que el recinto pertenece a la propia administración, quien debe asegurarse de que se cumple su propia normativa en temas de seguridad (como parece que no ocurría).
Después del trágico suceso, los asistentes preguntados decían que allí había mucha más gente de diez mil, que habían vendido entradas de más, que se habían colado muchos... No tengo ni idea de qué dicen ahora las investigaciones (o más bien las filtraciones de esas investigaciones que publique la prensa) ni tampoco me interesa. El morbo no me resulta atractivo y espero que, cuando se depuren responsabilidades (depurar... de puro manida esa frase es odiosa), si ha habido errores se pague por ellos sean quienes sean los infractores.
Mis tiros van por otro lado. ¿Cuántos son diez mil? ¿Cuánto ocupan diez mil? Depende de lo apretados que estén, claro. Aún así, ¿tenemos una referencia espacial con la que cuantificar gente? No lo creo. De hecho según nuestra percepción y el motivo que nos una (o nos desuna) a una masa de personas, nos forjamos una cifra u otra.
Alguno de los que salían de aquel infierno decía que allí había por lo menos veinte mil asistentes. Lógico, había pasado tanto miedo que diez mil se le hacían pocos. Sin embargo, la medida de cerrar el metro a la medianoche afectará a veinticuatro mil viajeros (según datos de la propia Consejería de Transportes de la Comunidad de Madrid), considerada una cifra residual.
Estoy mezclando churras con merinas, lo sé, pero sólo quiero incidir en lo variables que son las cifras según la percepción de cada cual. Un par de imágenes más: cuando un equipo de fútbol modesto sube a primera, suele invadirse el terreno de juego por una parte de los aficionados (que no son todos los que ocupaban las gradas). Pongamos una media de diez mil espectadores y que bajen al campo tres mil (en las imágenes raras veces se ve el césped tras la invasión), ¿no son muchos menos que los que estarían en el Madrid Arena y sin embargo las medidas de un campo de fútbol exceden a las de este recinto? En la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín, hubo dos mil tamborileros con sus respectivos tambores atronando en una imagen que seguramente recordéis. Y el estadio era inmenso.
El ejemplo más tradicional de esto que cuento son las manifestaciones, donde la diferencia entre las cifras de los convocantes y las de las autoridades suelen ser llamativas. Bueno, llamativas cuando difieren en veinte mil asistentes, cuando unos dicen que han ido cincuenta mil y los otros millón y medio... Diferencia de percepciones, vamos.
Pero mi objetivo real es llamar la atención sobre el siguiente hecho:
- hemos dicho que para una fiesta donde iba a haber alcohol y drogas (¿alguien cree en serio que no las hubo?) y diez mil personas enfervorecidas, las medidas de seguridad requeridas eran X ( no me las sé y tampoco quiero buscarlas); según los periódicos, había 38 vigilantes privados y 12 policias municipales.
- en la primera manifestación del 25-S "toma el congreso", cuya participación fue cifrada por el propio gobierno en seis mil personas y no se suponía a priori que hubiera ninguna sustancia estupefaciente involucrada (ni se hizo mención posterior alguna, salvo si consideramos sustancia la indignación, claro), las dotaciones de antidisturbios fueron cuantiosas (en Público se hablaba de 1350; me bastan la mitad para dar colorido a mi texto). Pero claro, aquellos querían dar un golpe de estado.
- en la segunda manifestación del 27-O y ya con el nombre de "rodea el congreso", cuya participación fue cifrada por el gobierno en 3000 personas (y tampoco había indicio previo de sustancias euforizantes, salvo, claro está, los ínclitos y desabridos megáfonos), las dotaciones de antidisturbios superaban el millar. Aquí ya no había golpe de estado ni leches.
Luego algo me falla. O bien en esas manifestaciones se han pasado con la seguridad, o bien se exigen pocas medidas en cualquier otro tipo de evento multitudinario, por lo que lo ocurrido en la noche de Halloween podría repetirse en cualquier momento. Y hablaría bien a las claras del auténtico celo que en nuestra seguridad ponen quienes tienen que velar por ella. Porque recuerdo (a quien quiera recordar) que uno de los argumentos más esgrimidos para condicionar la participación de la opinión pública en esas manifestaciones es el excesivo gasto que supone para las arcas del estado la movilización de tanto policía. Y en esto no mienten: cuando no se trata de su propia seguridad, les basta con cincuenta seguratas (los municipales, en ocasiones y por desgracia, se comportan como tales).
Claro que también puede ser que yo, embriagado por mi chistecito del principio, haya utilizado la palabra percepción en vez de interés, que resultaría mucho más esclarecedora.

viernes, 26 de octubre de 2012

Maranosequién

La actualidad es un caballo desbocado, que no descansa ni abreva. Por eso esta entrada (que fue escrita para la semana pasada pero cambié por la de Sádaba, habida cuenta del vínculo emocional que me unía a la localidad aragonesa) ahora parece desfasada.  Y más con una semana de noticias inspiradoras como la de los trasplantes de almas de Mariló, las críticas a Marías por su rechazo al Premio Nacional de Narrativa o la controversia por la donación de Amancio Ortega. Pero no tengo tiempo para tanto, así que retomo aquella entrada y me aparto, no sea que el caballo me atropelle (por me aparto se entiende que me voy a San Frutos, claro).

Esta semana pasada fue otorgado el premio Planeta. Y como es tradicional, la polémica ha envuelto el acto. Pero vayamos por partes, que hay mucha tela que cortar.
Lo primero, nobleza obliga, felicitar al ganador: Lorenzo Silva. Conocí al señor Silva en la última Feria del Libro de Madrid. Me dedicó diez minutos de su tiempo (o yo lo acaparé; habría que preguntar al protagonista) durante los que fue amable, cercano y bastante cómplice. Supongo que es lo mínimo que se le pide a alguien que vive de sus lectores, pero no siempre es la norma. También entiendo que el año que viene su cola se multiplicará (la de público interesado en conseguir su dedicatoria; la otra no lo sé, aunque ganar este premio debe ser lo más cercano a levantarte una mañana, mirar hacia abajo y contártela en palmos...) y quizá ya no disponga de diez minutos para todos. Un poco lo que ocurre con los médicos decentes de la seguridad social, que el volumen de pacientes atraídos por las buenas prácticas del galeno acaba recortando el tiempo empleado en cada caso. El año que viene lo sabremos.
Me gustan los libros de Lorenzo Silva. Su literatura me resulta entretenida, bien llevada y con recursos estilísticos de mi agrado. No voy a ahondar más porque no soy crítico ni lo pretendo, pero animo a quien no haya leído nada suyo a que le dé una oportunidad. Acabas cogiendo cariño a Vila y enamorándote un poquito de Chamorro.
La polémica no viene por ahí (aunque se haya sugerido al autor si fue un encargo, habida cuenta de que la novela premiada es la séptima entrega de la saga y se presentó con seudónimo; él lo niega, por supuesto, aunque en su caso llovería sobre mojado porque ya ganó el premio Nadal con la segunda novela de los guardias civiles).
Tampoco por el hecho de que se hayan juntado el ministro de Educación y el presidente de la Generalitat (Generalidad para los que estén sensibles con el asunto), en estos tiempos convulsos de independencia y españolización, tan entretenidos para las tertulias, que así pueden dejar de hablar por un rato de los recortes bárbaros de ambos gobiernos (el de España y Cataluña) en asuntos vitales como la sanidad o la propia educación. Ambos hicieron su papel: se acercaron cuando tenían que acercarse y se ignoraron cuando debían hacerlo. Más triste es que la fotografía del día siguiente sea esa y no la del ganador, pero así funciona este mundo (de mierda).
La polémica vino a raíz de la finalista, Mara Torres (a ella ni la conozco ni la he leído, lo siento). O más bien por el uso que de su nombre hizo otro personaje peculiar donde los haya, Lucía Etxebarría. En efecto, la escritora ninguneó a la otra escritora, escribiendo en twitter "Gana el planeta Lorenzo Silva. Finalista Mara nosequien de TVE". Le llovieron palos y rectificó "Lorenzo Silva ganador Mara Torres finalista". Y además se disculpó en el twitter de Mara Torres (unas horas más tarde) "Felicidades y LO SIENTO de verdad. Ayer, como viste, estaba medio dormida. Metedura de pata muy gorda. Felicidades de nuevo".
Lucía Etxebarría. Encanto de mujer. Tampoco la conozco ni la he leído (ella, como Silva, ha ganado los tres premios gordos de la editorial Planeta: el Primavera, el Nadal y el Planeta) y reconozco que debería, para poder criticarla (literariamente) con conocimiento de causa. Pero me da una pereza comparable a hacerme una depilación de ingles a la brasileña. Lo que sí hice (mientras duró la aventura) fue leer sus columnas en el extinto periódico gratuito ADN. Y como en los toros, con división de opiniones: a veces compartía su criterio y otras veces no, pero siempre tuve la sensación de que se metía en los fregaos (de los que luego procuraba escapar como víctima) a conciencia.
Este último incidente (¿da para llamarlo así?) viene a corroborar su afán de protagonismo. Y su absoluta mezquindad por pretender apoderarse del tiempo de gloria de sus colegas (del que ella en su momento ya disfrutó) consiguiendo reaparecer en la escena pública, por motivos distintos, eso sí, a su talento. Mucho más patética que su salida de tono me parece la excusa para justificarla: "estaba medio dormida".
Aquí entronco con el verdadero motivo de la entrada, pues este episodio parece cosa de poco (aunque ¿cuál no lo es ?). Con los nuevos medios a nuestro alcance, que nos permiten comunicarnos y comunicar nuestros pensamientos al instante, cualquiera considera necesario compartir sus impresiones.
Y me voy a meter en un jardín, en honor a la señora Etxebarría : tanto twitter, tuenti, facebook y demás, han llenado el mundo (virtual) de opiniones que no aportan nada, comentarios sin substancia e intervenciones a las que parecen sentirse obligados muchos personajes (anónimos y populares) que sólo llenan de ruido el ambiente.
Ruido y coces, pues lejos de argumentar y multiplicar las perspectivas, en muchos casos sólo insultan al que piensa distinto y rebuznan consignas estereotipadas, convirtiendo cualquier diálogo en un auténtico Atapuerca: no por lo primario de las reacciones (que también podría aplicarse) sino porque tienes que excavar y excavar para encontrar algún dato de interés. Lo cual provoca el cansancio y consiguiente abandono del lector. ¿Resultado? Se revientan los hilos, se diluyen las ideas, huyen quienes tienen algo que aportar,aumenta el ruido.
Libertad de expresión, lo llaman; democratización de la información, sugieren. Pues vale, pero el derecho a expresarte no te obliga a hacerlo (sobre todo si no tienes absolutamente nada que aportar) y tampoco la información tiene el mismo valor, según de dónde provenga o quién la proporcione. Otro caramelo con el que nos han engatusado.
Así pues, señora Etxebarría, suponiendo (que ya es mucho suponer) que fuera cierto lo de su letargo, el mundo bien hubiera podido pasar sin su tweet, como puede pasar sin los de tantos otros. "¿Qué sería de nuestro mundo si nadie hablase salvo cuando tuviera algo interesante que decir?", me puede echar alguno en cara. Y aquí, mi jardín: me encantaría conocerlo.
Pero no caerá esa breva. Siempre habrá alguien (incluso desde un blog) empeñado en dejar constancia de su prescindible necedad.

viernes, 19 de octubre de 2012

Sádaba

Tenía preparada otra entrada para hoy, pero las imágenes de la tremenda riada en Sádaba me han conturbado tanto que, como los buenos noticieros, me pliego a la actualidad.
Sádaba es la patria chica de una persona a la que guardo un cariño especial. Fui invitado a visitar el pueblo en numerosas ocasiones, pero por unos motivos u otros nunca llegué a ir. Años después, sin apenas ya contacto, un regalo de boda me llevó hasta las Cinco Villas (comarca zaragozana a la que pertenece Sádaba, junto con Ejea de los Caballeros, Tauste, Uncastillo y Sos del Rey Católico) y así pude conocer la localidad. Casualidades de la vida, en ese viaje nos encontramos a su hermana, pero no en Sádaba, donde hubiera resultado más esperable, sino en Sos del Rey Católico (como indica su nombre, allí nació el rey Fernando).
De Sádaba visitamos su castillo, su iglesia, el mausoleo de los Atilios y anduvimos a la vera del ancho canal por el que culebreaba el río Riguel, un reguerillo de agua al que la denominación de río sonaba excesiva. Y eso que estábamos en noviembre.
Por ese recuerdo de un cauce prácticamente seco, impresionan aún más las imágenes de la riada:

 Da la casualidad de que, además, ese río y ese cauce ahora desbordados, formaban parte del escenario de un relato que le dediqué a aquella chica. Entonces no existía google maps ni el uso de internet estaba tan generalizado (ese relato fue escrito hace tanto tiempo que, de haber cobrado por él, hubiera sido en pesetas), por lo que la documentación bebía de fuentes intrincadas o, directamente, de la imaginación.
Como homenaje al pueblo de Sádaba en estas horas angustiosas, reproduzco el cuento, tal cual lo escribí entonces (no he cambiado ni una coma). Como homenaje y porque, a la vista de lo ocurrido hoy, su lectura me resulta singular.
¡Qué diablos! En realidad he sucumbido a la nostalgia. Si, por un casual (ya han ocurrido más) lo leyera ella, espero que le traiga buenos recuerdos.
Un beso, Cris:


El Altar de los Moros



Claudia se echa la capucha sobre la cabeza y sale sigilosa por la puerta de la villa. Las sombras de la noche la abrazan al tiempo que devuelve la cancilla a su sitio. La luna, una débil línea blanquecina acechada por estrellas parpadeantes, apenas ilumina para no tropezar con sus propios pies. De cualquier manera, conoce el camino a la perfección.
Palpa el final de la tapia ; a lo lejos se oye el murmullo del agua, todavía muy atenuado por la loma que separa la villa del río. Los grillos callan a su paso, retomando sus canciones amorosas al sentir que Claudia ya no representa un peligro.
La joven avanza por el camino. Sabe que no le queda mucho tiempo. Debe actuar con rapidez y precisión, ya que quizá esta sea la última noche.
Llega a lo alto de la loma y discierne más con la certeza de lo bien conocido que con la vista el contorno de la orilla. Se frena entonces y, volviéndose, inspecciona la villa. No se distingue ninguna luz.
Comienza a descender hacia el río.

La última vez que fui al pueblo era diciembre. Hacía bastante frío, pero casi lo prefería puesto que así podíamos encender la chimenea sin que mi padre pusiera excusas de su futilidad. En realidad no le gusta porque teme que prendamos fuego a la casa.
Mas aquellas navidades era necesario cualquier elemento capaz de suministrar calor. Cuando hace tanto frío las calles del pueblo aparecen desiertas, como si hubiera caído una bomba que sólo hubiera acabado con los seres vivos, de tal suerte que no vimos a nadie conocido desde el coche.
Una vez en casa deshice mi maleta y fui a la habitación de mi hermana. Me la encontré tumbada en la cama, con la mirada perdida y las manos bajo la cabeza. Por lo menos no estaba llorando sobre la almohada, como en los últimos días. No me había querido contar la razón, pero no necesitaba ser muy avispada para darme cuenta de que algo iba mal entre ella y su novio. Muy mal diría yo.
- ¿ No me lo vas a contar ?
Debí pillarla con las defensas bajas porque respondió casi sin pensar.
- Me ha dejado.
Tragué saliva y le pregunté las razones. Negó con la cabeza y se dio la vuelta.¡ Oh, no ! Otra vez a llorar. La agarré de un brazo y tiré de ella. Debía salir y no quedarse allí amargada. Me costó Dios y ayuda convencerla pero logré que nos acercáramos al bar. En el trayecto me fijé en el castillo porque nunca lo había visto tan bello, con sus nueve torres jalonando el horizonte.
Mi hermana miraba hacia el suelo y a punto estuvo en un par de ocasiones de chocar con una señal. Se me ocurrió que quizá el río estuviera helado y eso la animaría. De pequeña le gustaba patinar y siempre insistía en ir a una pista de hielo.
Giramos en la siguiente calle y nos dirigimos hacia el Riguel. No solía llevar mucha agua habitualmente pero ese invierno había llovido bastante más de lo normal.
Tras cinco minutos de conversación escasa ( no conseguía sacarle más que monosílabos ) llegamos al puente. El río no estaba helado pero sí tenía un caudal abundante. Mi hermana se apoyó en la barandilla y perdió la mirada entre las aguas. Yo bajé hasta la orilla y mojé las manos en un remanso. Estaba realmente fría.
Mi hermana, de improviso, se dirigió a la otra orilla y recogió algo del cauce. Para ello tuvo que meter la pierna hasta la rodilla, por lo que supuse que sería de mucho valor. Sin embargo, al llegar junto a ella, lo había guardado en un bolsillo y se negó a mostrármelo.. Por más que le imploré no conseguí que tan siquiera me dijera de qué se trataba. Al final, totalmente indignada, me fui al pueblo para ver a mis amigas, dejándola allí con sus comeduras de cabeza y sus reacciones de niña malcriada.

Claudia alcanza la orilla del río. No lleva mucha agua y es más seguro atravesarlo por estos pagos, al abrigo de miradas imprevistas, que por el puente de la calzada.
Tantea con los pies para hallar la piedra más segura. Entonces avanza sobre ella y busca otra semejante, hasta cruzar por completo... ¡ cuidado ! En la última tropieza y cae de bruces sobre el agua. No cubre más allá de un palmo, pero su temperatura hace que Claudia se incorpore de manera fulgurante.
Una vez en el otro lado se seca las piernas con la túnica. Espera no haber gritado, aunque no puede dar fe de ello. Se palpa la pierna izquierda para constatar que la tiene un poco hinchada.
Renqueando pero decidida, se acerca a la tapia que, como de un sueño, surge a los pocos metros del río.
Al llegar a ella respira profundamente.

No vino en toda la tarde. La vimos a lo lejos, en su bicicleta, yéndose hacia la carretera. Luego nos enteramos por su hermana de que había estado en Clarina. ¿ Qué habría ido a hacer a aquel montón de ruinas ? Nunca le habían interesado especialmente por lo que supusimos que habría quedado con alguien allí.
Esa noche, a la cena, estaba muy excitada. Nos extrañó porque en el trayecto hasta el pueblo se había mostrado algo deprimida, suponíamos que por el suspenso en el carnet de conducir, y aquel cambio sorprendía sobremanera. Le preguntamos si había tomado algo, pero nuestra hija se salió por la tangente.
No es que no nos fiáramos de ella, bien sabe Dios que es una chica muy responsable, pero los jóvenes de ahora cambian de la noche a la mañana de humor con una facilidad pasmosa.
Nos dijo que se iba a dar una vuelta y cuando su hermana se ofreció para acompañarla le respondió que no era necesario. Salió tal cual, sin arreglarse lo más mínimo. Al momento volvió y entró en su habitación. Volvió a salir con un abrigo más tupido y los bolsillos repletos. Ante nuestra mirada interrogante elevó los hombros y alegó “el tremendo frío de los aires pirenaicos”.
Esta vez se dirigió al corral y, supusimos por el ruido de la cadena, cogió la bicicleta. Antes de que pudiéramos recomendarle que no la usara con este frío y tan de noche había cerrado la puerta y bajaba por la calle pedaleando vigorosamente.
Nos quedamos ciertamente preocupados.

Cuando ha recuperado el resuello, Claudia se remanga la túnica y se impulsa para saltar la tapia. Con un pequeño esfuerzo se encarama y consigue llegar al otro lado. Se oye el ladrido de un perro.
Claudia se pega a la tapia y comienza a andar buscando el camino principal. El perro aumenta el vigor de sus ladridos, pero eso no amilana a la muchacha. Sabe que está atado.
Ya reconoce el edificio. Le queda muy poco tiempo. Oye relinchar a un caballo en la lejanía. El cielo se va aclarando paulatinamente aunque la oscuridad todavía campea en la madrugada.
Claudia echa a correr, tropezando con el bajo de la túnica. Llega a la puerta y saca la llave hábilmente sustraída del arcón de Publio Atilio. Los nervios no la dejan atinar con la cerradura ; múltiples cascos rasgan el silencio.
 Por fin la llave se introduce en el ojo : una vuelta, dos vueltas, tres vueltas... la puerta cede. Claudia empuja y los goznes chirrían dando paso a una sala donde dos antorchas iluminan un altar. Sobre esa ara descansa el cuerpo de un hombre.
Fuera del edificio se oye el golpe de la cancilla contra el muro ; una voz grave se dirige a otra persona y unos pasos apresurados se acercan a la entrada.
Claudia se aproxima al hombre. Le palpa los labios, las mejillas, los párpados, mientras sus ojos se humedecen. “¡ Oh, amor mi !” susurra al agarrarle la mano inerte.
Los hombres llegan a la puerta y la cruzan en el instante en que Claudia ha colocado un anillo en el dedo corazón de su amado y busca frenéticamente entre su ropa el segundo pendiente...

Mientras mis piernas impulsaban la bicicleta iba pensando qué era lo que me proponía. No lo sabía a ciencia cierta, pero una fuerza superior me ordenaba que llegara cuanto antes al Altar de los Moros. Al doblar aquel recodo del camino y surgir el mausoleo ante mis ojos me recorrió un escalofrío por la espalda.
Dejé la bicicleta amarrada en un árbol y con paso decidido llegué hasta aquel hueco en la tapia que tantas veces habíamos cruzado jugando de pequeños. Afortunadamente no había crecido tanto como para no caber por él y, tras arrastrarme un par de metros, el mausoleo se abrió a mí en todo el esplendor de que le dotaba la enorme luna llena que engalanaba aquella madrugada el firmamento.
Entre las ruinas que el tiempo había dejado avancé hasta entrar en la sala principal. Un hueco en el techo iluminaba el altar de forma sobrenatural y supe entonces que aquella noche era la más importante en la historia de mi vida. Me acordé entonces de mi familia, de mis amigos, de aquel novio que me había dejado...
Me acerqué al altar. Saqué de mi bolsillo el pendiente que había encontrado en el río aquella mañana, la joya que me había impulsado desde entonces adueñándose de mi voluntad a recorrer mi pasado y, quién sabe si también, mi futuro.
Coloqué el pendiente sobre el altar y un grito agudísimo paralizó mi respiración.
Claudia se desespera mientras aquellos dos hombres se acercan a ella amenazándola. No va a poder cumplir su promesa por aquel maldito resbalón en el río. Se coloca el único pendiente en su oreja derecha y, tras besar en los gélidos labios a su amado, sustrae de la funda que descansa sobre la superficie del altar la daga con la que, ante las exclamaciones desesperadas de los hombres que se abalanzan sobre ella, se atraviesa el corazón.

Aquella mañana, soleada y brillante, Sádaba se levantó con una tremenda nevada que sorprendió a los vecinos más madrugadores, los cuales recordaban que la noche anterior ninguna nube ocultaba las estrellas.
Los árboles se estremecían de frío bajo las espesas capas de nieve que soportaban sus ramas y los tejados mezclaban el naranja de las tejas con aquel blanco casi violento.
Sólo el Altar de los Moros apareció cubierto con una especie de pintura roja que, tras analizarla detenidamente, las autoridades dieron en afirmar que era sangre.
Nadie en el pueblo supo explicar aquel hecho y surgieron versiones por toda la comarca de las Cinco Villas. Cristina, sin embargo, se calló su opinión y tampoco quiso aclarar el motivo de aquel segundo pendiente que había aparecido en su oreja izquierda y que acariciaba con pasión.

jueves, 11 de octubre de 2012

1450 (relatos cortos)

Hoy os traigo un relato y una recomendación, aunque en orden inverso, porque primero me gustaría informaros de una paginita de facebook creada por Miguel, el maestro de las letras (en todos los sentidos). Miguel es el dueño del blog "Numen Inest" (que reseñé hace unas semanas) y un extraordinario poeta. Una de sus últimas invenciones ha sido esta página, donde pretende recopilar relatos cortos de todos aquellos que se animen a escribir:


Yo ya he añadido una modesta aportación. Os emplazo a que entréis y disfrutéis de esas pequeñas dosis de talento. No os arrepentiréis. Y, por supuesto, también os animo a que contribuyáis con unas líneas.

Os dejo con mi relato:

SOPLO

Juanillo sale corriendo. Mira, papá, son dromedarios: tienen una joroba. Papá otea inseguro. Algo le huele mal, y no son los animales. Juanillo acude al encuentro de las cebras. Cuenta las rayas, blancas y negras, ajeno a los atormentados recuerdos de presidio de papá. A otra cerca. ¡Vaya trompa! El elefante barrita mientras papá pierde la mirada. El alcohol es traicionero, sí. Juanillo lanza cortezas. ¿Tenemos pan? Los bocadillos, pero papá se niega y Juanillo desiste. La siguiente parada le enfrenta a los camellos. Estos tienen dos. ¿Perdona, hijo? Jorobas, papá, jorobas. Maldita droga... Papá se estremece. Camina timorato hacia el acuario. Los hipocampos contonean denodados sus cuerpecillos. Qué pequeños, ¿verdad, papá? Caballo... ¡Cuántas vidas comprometes! Papá está tenso, y tiene miedo. Juanillo observa los tiburones: su hocico tajante, su silueta fiera, sus potentes aletas... Había peces gordos involucrados, por supuesto, de la banca y del gobierno. Abandonan el acuario y alcanzan la zona de aves rapaces. Paran ante una gran jaula, como la que asfixia ahora a papá. Juanillo se prenda de un águila real majestuosa. ¡Y tiene polluelos! Oye cómo pían. Son feos pero Juanillo los contempla embelesado. Papá tiembla y rompe a sudar, un sudor frío de pánico puro. Él también pio. Alguien los vigila. Papá. Se siente indefenso, como un polluelo. Mira alrededor, angustiado. No los localiza, pero están ahí. ¡Papá! Un zumbido rasga el aire. Juanillo grita, los polluelos callan, el águila abre sus alas… y los buitres suspiran.

jueves, 27 de septiembre de 2012

¡Que soy compañero!

Vayan por delante mi absoluto respeto y profunda admiración por los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, cuya labor, en estos días tan convulsos que corren, resulta impagable. Tan tan impagable que la administración de la que dependen, seguramente abrumada de gratitud ante tal eficacia y semejante aplicación como demuestran a la menor oportunidad, ha decidido congelarles el sueldo, por tercer año consecutivo (después de bajárselo un 5% hace dos años y dejarles sin paga extra de Navidad este diciembre próximo). Estos políticos traviesos...
Habréis visto un vídeo que circula por la red, donde un policía infiltrado es reducido por sus colegas:



Sólo dura 30 segundos, así que merece la pena que lo veáis. 30 segundos angustiosos, eso sí, para su protagonista. Y a mí, mente torpe donde las haya, me asaltan un montón de dudas, que espero de alguno de vosotros que podáis solventarme. De momento, y a la espera de vuestras respuestas, me conformaré con aquéllas que mi reciente esquizofrenia, nacida al albur de los tiempos que corren, me facilita:

- ¿Por qué hay policias infiltrados entre los manifestantes? Esta es fácil, lo dicen los propios mandos y la delegada del gobierno: para calmar los ánimos desde dentro a los exaltados y tenerlos controlados.

- Si está calmando los ánimos, ¿por qué le reducen sus compañeros? Aquí caben dos opciones: que sus compañeros zurran a quien se pone por delante, sea alborotador, transeúnte o abuelillo despistado; o que el infiltrado participaba de la algarabía.

- Si los polis zurran a quien pillen (y de esto, por desgracia, hay demasiados ejemplos en la red), ¿por qué lo llaman proporcionalidad cuando quieren decir fiereza?

- Si el infiltrado estaba liándola también, ¿quién nos asegura que no reciban ciertas órdenes al respecto?  y entonces ¿quién empieza los altercados realmente? Porque, ¿qué es portada al día siguiente, las imágenes violentas o las reivindicaciones de quienes se reunían pacíficamente? ¿Y si no hay imágenes violentas?

- Volvemos a la proporcionalidad; si eso existe de verdad, ¿por qué grita como un poseso el infiltrado cuando lo derriban? ¿No confia en la proporcionalidad de sus compañeros, una vez lo ven inerme en el suelo? Le entiendo, yo tampoco lo haría.

- Y si ese policía estuviera en la manifestación a título personal, opción perfectamente plausible, ¿se vale lo de "soy compañero" a modo de un "cruci" para adultos? Que lo aclaren cuanto antes, por favor, que esa regla no nos la sabíamos.

- Si el día anterior justifican el despliegue policial porque SABEN que hay elementos de ultraderecha entre los convocantes, ¿por qué luego los que lían los altercados son elementos de ultraizquierda? ¿Ha conseguido este gobierno, por fin, que se diluyan las históricas, y pensábamos que irreconciliables, diferencias entre los dos "bandos"? Si es así, para mí esta legislatura ya ha sido un éxito rotundo. Que disuelvan las cortes y convoquen elecciones para el mismo día que Cataluña. Quién sabe, lo mismo puede España declararse independiente de Cataluña antes que ellos, y se quedan descolocados...

Bueno, antes de que mis desvaríos se adueñen de la entrada, me marcharé con una última aclaración: todas estas preguntas asumen que la realidad es compleja, trufada de intereses múltiples y contradictorios. Pues claro que habría violentos entre los manifestantes. Y claro que hay policías ponderados. Y claro que acudieron personas "normales", hartas de todo (sin perros, sin flautas, sin más armas incendiarias que su indignación). ¿Acaso alguien piensa que todos los policías son iguales o que todos los manifestantes son iguales? ¿En serio alguien cree a pies juntillas lo que cuentan en la Sexta o alguien asume como verdad irrefutable lo que dice Intereconomía? ¿Realmente alguien sostiene que sólo hay un color, y que ese color es el suyo?
Porque entonces, ese alguien merecería la jaculatoria del mordaz Miguel, personaje de una novela inédita aún agazapada en las cavernas literarias del quizá: "Te acompaño en el sentimiento. Has completado la evolución del homo antecessor al homo génerum. Del génerum tonto, vamos."




martes, 25 de septiembre de 2012

La paradoja del cumpleaños

Hoy es 25 de septiembre. Una fecha grabada en mi memoria, a pesar de que ya nada en mi vida me une a ella. Pero en mi etapa adolescente, era el día de cumpleaños de la chica que me gustaba y con la que nunca llegué a tener nada. Y si bien a esa edad la emotividad marca a fuego las vivencias, no es ese el único motivo del recuerdo. Años después, conocería a otras dos chicas que me gustaron y con las que nunca tuve nada, cuyo cumpleaños coincidía en esa fecha. Una jamás llegó a enterarse de mi interés, pero con la otra las cosas llegaron a tal punto que mucha gente pensó que nos habíamos enrollado. Y aún podría hablar de una cuarta, pero sería trampa pues nació el 24.
Se pueden sacar varias conclusiones: que me gustaron muchas chicas ( sería relativamente incorrecta ), que fui muy torpe ( rayando la negligencia ) o que esta fecha estaba gafada ( y tanto... ); pero el hecho es que la estadística tiene mu mala sombra.
La paradoja del cumpleaños ( para aquellos interesados en sus razones matemáticas os enlazo con wikipedia
http://es.wikipedia.org/wiki/Paradoja_del_cumplea%C3%B1os ) nos regala estos datos curiosos:
- entre 23 personas hay una probabilidad del 50 % de que coincida algún cumpleaños;
- esta probabilidad alcanza el 99 % en un grupo de 57 personas.

Efectivamente, las matemáticas parecen contradecir a la lógica. Que en un grupo de sólo 23, teniendo 365 días para nacer, haya un 50 % de probabilidades de que coincida alguno, sorprende cuanto menos. Pero la experiencia nos indica que las estadísticas son así de caprichosas. Hace años ya describí, en la entrada "Volverás a Hontanazor", la diminuta probabilidad de que te toquen la lotería o una enfermedad rara, pero la total certeza de que, si te toca algo, es la enfermedad.
Con la paradoja del cumpleaños ocurre algo similar. Todos sabemos de coincidencias en las fechas de los cumpleaños. Es así y, si hacemos caso a las matemáticas y asumimos que conocemos a mucha más gente que 57, debe ser así. Lo realmente curioso son los vínculos que unen a esas personas, a veces desconocidas entre sí, a veces cercanas. Y el hecho de que pasen meses sin ningún cumpleaños a tu alrededor y luego, en un día, cumplan años cuatro conocidos, me hace reflexionar. ¿Habrá ciertos rasgos, característicos de fechas concretas, que nos llamen más la atención? ¿Influirá en nuestro físico y nuestro carácter la fecha de nacimiento? ¿No es eso precisamente la astrología? ¿O será todo, al fin y al cabo, fruto de la casualidad?
No lo sé. Otras fechas concurrentes jalonan mi calendario: el 1 de febrero, el 20 de marzo, el 20 de mayo... pero hoy es 25 de septiembre, y me temo que, un año más, me quedaré a dos velas.   

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Blogs

Hace algún tiempo que añadí , aquí abajo a la derecha, un espacio de enlace a otros blogs. En mis intentos por seguirlos con regularidad, algunos de sus autores me lo ponen ciertamente fácil, pues les pasa lo que a mí: que se mueven a impulsos y juegan con la frecuencia, como los gatos con un ovillo de lana. Sirva este comentario para que recuperen pronto sus buenas costumbres.
Por si alguno no habíais posado aún vuestro puntero del ratón en ellos, hoy he decidido presentároslos y así picar vuestra curiosidad. Os aseguro que no os arrepentiréis:

- "Chochiworld" es un cajón de sastre encantador: en él caben todo tipo de anécdotas, desde las fotografías de un viaje a las explicaciones sesudas de los entresijos del interior del interior del interior de un átomo. Y todo ello gracias a su autora, de quien os voy a contar un secreto: se hizo física de partículas para estudiar el universo y su expansión, porque era la única dimensión mayor que su propia curiosidad.

- "En el disparadero" es un blog que intenta dar explicaciones comprensibles a los mecanismos económicos que nos han traído hasta nuestra actual situación. Amén de su estilo asequible y pedagógico, lo más destacable es que lo hace desde el respeto a la diversidad de opiniones y sin demonizar, juzgar ni desprestigiar. Su autor dirige una bodega e intercala también sus experiencias en el mundo del vino y sus vivencias como forofo futbolero, dándole un toque de color a tanto nubarrón financiero.

- "Flauer sin pauer" nació con fuerza pero ahora vive un letargo prolongado. Fue creado como alternativa a una epoca de paro forzado y ahora no encuentra acomodo en las múltiples tareas de su autora. Persona de impulsos, nadie puede asegurar que no lo retome en algún momento ( claro que si para ello es necesario que se vuelva a quedar en el paro, bienvenido sea el letargo ), habida cuenta de la fuerza y desparpajo que demuestran sus entradas.

- "New Gon City" es una pequeña joya. Y digo pequeña por el formato de sus entradas, ya que hablamos de un blog de una sensibilidad, ternura y a la vez profundidad formidables. De cómo su autor enhebra sus aficiones, su entorno y su experiencia vital en un espacio virtual pero a la vez mundano, el blog emociona y entretiene, ilustra y conmueve, ridiculiza y ensalza, con un estilo atractivo y arrebatador. A veces, repetirse no es tan malo: una joya.

- "Numen inest" es otro de esos remansos de literatura didáctica que provocan la necesidad de una nueva dosis. Leer sobre temas interesantes en un lenguaje cuidado ( que no engreído, error habitual en muchos blogs; sí, lo reconozco, por desgracia también en el mío, aunque intento atender a los pescozones que me meten los que saben de estas cosas ) se agradece en estos tiempos de prisas y entradas pasadas por el winzip. Lo malo, que su autor - poeta y profesor de literatura - se nos ha descentrado un poquillo y lleva tiempo retirado de sus quehaceres bloggeros. Aunque me cuentan mis indiscretos pajaritos que quizá se interponga criatura literaria, en cuyo caso estaremos de enhorabuena.

- "Viajando a Ítaca" bebe de una de las fuentes más prolíficas que existen: el nomadismo. Su autor, arqueólogo submarino, ha vivido en muchos puntos del planeta debido a su profesión. De todas esas experiencias da buena cuenta en el blog: vida de primera mano. Al igual que el blog anterior, los cambios en sus circunstancias personales nos están privando temporalmente de su mirada y su pluma, hecho especialmente grave ahora que trabaja en la Unesco. Pero confiemos en su promesa de volver a recuperarlos en breve.

Os animo a que los conozcáis y los disfrutéis, tanto como los disfruto yo.