miércoles, 7 de marzo de 2007

Una salida digna

Nunca pensé que te pudieras venir abajo de esa manera. Cuando acudí en busca de tu ayuda, seducido por la firmeza de tus convicciones, jamás imaginé que tenían los pies de barro y que un par de olas arrasarían con su solidez. Ahora la solución que me planteas quizás sea tu única salida digna para este callejón en que nos hallamos. Pero antes de tomar una decisión deja que me desahogue, por favor.
Sí, lo sé, nunca creíste en el amor. Lo repetías hasta la saciedad, intentando utilizarlo como coraza para cualquier intromisión afectiva en tu ámbito intelectual. Con decir eso considerabas que tenías todo bajo control, que el poder de tus palabras domeñaría la fuerza de la pasión como la música amansa a las fieras. Que el mero hecho de negar su existencia provocaba ineludiblemente que se cumpliera tal premisa obviando que las cosas no existen porque tú lo creas, que tus axiomas no condicionan el mundo exterior pero en cierta manera sí que te condenan a ti.
Realmente nunca entendí qué te llevó a sostener esa sentencia. La vida tampoco te había tratado tan mal en ese aspecto o al menos te trató como tú misma la empujaste a que lo hiciera. La excusa de los desengaños sólo sirve a los mediocres que se pierden entre las raíces, puesto que sólo se deja de creer en lo que no existe, no en aquello que nos hace sufrir por la intensidad de sus certezas. En ese caso no se cae en el escepticismo sino en el miedo, en el temor a no poder controlarlo, el pánico a que se escape de las manos como el agua de mar que ingenuamente se recoge para endurecer los muros del castillo y que al llegar junto a la construcción ha desaparecido entre los dedos.
Imagino que a eso te referías con tu afirmación. En realidad temías que el amor terminara por dominarte, que se convirtiera en el motor de tus decisiones, que perdieras ese halo superior de independencia tan irreal que únicamente servía para engañarte. Y ese pánico te impedía comprender y disfrutar los aspectos mágicos de ese estado letárgico y maravilloso donde ves con unos ojos extraños, oyes gracias a unos oídos distintos y sientes a través de una piel diferente.
Yo sin embargo no podía sustraerme de esos encantos, bien que lo intentaba, luchaba encarecidamente por escapar del capricho, del detalle sutil, de la sonrisa franca, pero no tenía tu fuerza, al menos la fuerza que te suponía y que ahora te ha abandonado abocándonos a un final dramático. Quizá sea el motivo de mi decepción, que hayas menospreciado sistemáticamente mi debilidad, socavando de continuo cada pequeña alegría en aras de la seguridad propia, limitando las posibilidades de felicidad por ínfimas que fueran para acabar a los pies de los caballos, conquistado por su fuerza en el peor momento y con las condiciones más adversas.
¿ De qué te sirve ahora esa actitud defensiva ? Tan solo te ha evitado historias fantásticas, experiencias enriquecedoras y seguramente cotas superiores de felicidad. ¿ Hipotecado todo por prevenir un desenlace indeseado ? Me recuerda al pobre infeliz que no quiere viajar porque luego el regreso a la rutina producirá un mayor sufrimiento que prefiere ahorrarse. Así te comportabas tú, timorata ante el amor por miedo al desamor. Y yo aceptando tus decisiones tras tragarme mi orgullo, esconder los sentimientos y actuar con una frialdad que no sentía. Todo para acabar de este modo.
En el fondo debería sentirme satisfecho de un final así que reafirma lo que yo venía sospechando, que mis argumentos tienen mayor peso que los tuyos, que mi propia verdad es mil veces más valiosa que la tuya, que las decisiones basadas en mi criterio nos transportan a la felicidad en primera clase mientras que tus preceptos viajan en turista. Pero no puedo soslayar que tu fracaso ha provocado el mío también, que las heridas abiertas ya no cicatrizan igual y que quizá me he sustentado estos últimos tiempos en tu firmeza para no admitir que el sufrimiento socavaba mis cimientos y que ya no tengo claro si me mantengo de pie, levito sobre el suelo o simplemente le echo un pulso a la gravedad que sonríe ante mi atrevimiento contando los segundos que restan hasta mi derrumbamiento.
En realidad estoy siendo injusto contigo, se ha adueñado de mi frustración ese maniqueísmo tan antiguo que sostenía que las decisiones entre nosotros no pueden ser consensuadas, que uno de los dos debía salir victorioso arrastrando las razones del derrotado como el torrente se lleva las ramitas caídas en el cauce cuando la realidad se obstina en contradecir tal adagio, cuando somos simples marionetas en este juego de amar y ser amados que te coloca sobre un tablero saturado de fichas y dados, sin reglas ni normas establecidas y espera que tomes las riendas de tu partida, esas riendas que son los hilos que sujetan la marioneta y por tanto jamás puede uno mismo controlar, si acaso te ahorcan en el intento de levantar la cabeza para descubrir al titiritero.
Y esa es la solución que me propones tras sucumbir a tu propia negligencia. Siempre sospeché que detrás de tanta convicción se escondía la debilidad asustada ante el golpe de gracia, esa fragilidad temerosa de encontrar la horma de su zapato, pero no imaginaba que, desnuda la realidad, tu solución se reduciría a desaparecer. Quizá sea el único remedio a la destrucción de los valores, una vez todo el andamiaje se viene abajo la salida digna es marcharse tras pedir perdón y reconocer que uno estaba equivocado. Pero eso es comprensible tratando sobre leyes físicas, sobre teorías científicas que existen para ser superadas, para que un estudio posterior demuestre que el mundo hasta entonces había sido erróneamente explicado y se jacte de una verdad que durará hasta el siguiente congreso, no, se trata del amor, ese inmenso ave que sobrevuela nuestra dimensión batiendo las alas con un ritmo acompasado, gorjeando satisfecho y variando su dirección según el capricho del Viento, así con mayúsculas, esa fuerza superior que tira los dados del juego, que maneja los hilos, que empuja al ave a tomar tierra o a coquetear con las nubes pero jamás le permite descanso. Y en el amor se lucha. Ahora que has sucumbido a sus encantos y todos tus razonamientos pierden fuerza uncidos por la sencillez de los sentimientos, ahora que me cedes el protagonismo, el cual quizá jamás hube de entregarte, pues reconoces que no te sabes manejar bien en ausencia de la lógica, ahora que las neuronas que te componen y dan forma chocan violentamente con un cosmos abandonado a la suerte de los poetas, los quiméricos y los desolados, ahora es cuando deberías presentar batalla pero no te atreves, cuando deberías pelear por esa persona amada hasta la extenuación mas te rindes sin impulso rebelde alguno, cuando mucho más amargo que no sentirse correspondido sería salir derrotado por el miedo al rechazo, al fracaso, a la decepción, si bien tú prefieres la amargura.
Y entonces quieres morir, morir de desamor, me propones que nos vayamos con la música a otra parte, que una dosis suficiente de pastillas termine con esta preocupación. Esa es tu salida digna, elegante, la más pensada y racional de cuantas has sopesado según tus palabras. Para esto sí me pides opinión. Imagino que será porque el primero en sufrir con la sobredosis seré yo, que comenzare a fibrilar hasta que no soporte más y mis fibras musculares se colapsen pudiendo llegar a romperme por la mitad. Entonces dejaré de bombear sangre y ahí llegará tu final, dulce, sosegado, tus neuronas apagándose por falta de riego, como el atardecer que se despide del sol, pero en este caso sin esperar un reencuentro al alba.
Quizá sea esa metáfora que tanto llevas buscando, un final con el corazón partido en dos y la mente extinguiéndose en la lejanía.

No hay comentarios.: