Mostrando entradas con la etiqueta A través de mi espejo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta A través de mi espejo. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de julio de 2008

Carta a Indiana Jones

( Ojo, esta entrada contiene numerosas referencias al argumento de la última película de Indiana Jones; si la lees no me culpes de habértela destripado...eso sí, te aviso de que, sorprendentemente, el amigo Indy NO muere en esta peli. ¡ Qué audaces son en Hollywood ! )

Jo, Indy, en menudo dilema me ha puesto tu película. Habitualmente no me gustan demasiado este tipo de historias donde el bueno siempre gana, encuentra el tesoro, se lleva a la chica y los malos tienen su merecido. Por eso iba al cine con la sana intención de imaginarme en qué momento que quedara plausible te hubiera matado yo. Pero ahora no me decido porque podrías caer casi en cada secuencia. Y es que os habéis pasado, colega.




Para empezar creo que hasta tú estarás un poco avergonzado de lo malos que son los malos que te ponen. Pero malos de solemnidad. Dos largas horas disparándote y no te rozan ni un poquito y tú tiras al suelo una metralleta que se dispara sola y le das a un soviético en un pie. En serio que no te llegan a la altura y van cuatro películas. Es como si en un videojuego pasaras de nivel pero los enemigos siguieran siendo igual de palurdos que al principio. Eso empobrece tus logros, créeme.




Visto que rusos y alemanes no dan la talla, creo que deberías considerar la posibilidad de que en futuras entregas tus antagonistas fueran los animales que hay en esta película. Fíjate, estalla una bomba atómica y el perrillo de las praderas ahí está, observando el hongo mientras piensa "pedazo de pepino han soltao" pero ni se mueve el tío, sólo le deja perplejo ver salir a un tipo de una nevera sin un rasguño tras esa explosión que le ha lanzado a cientos de metros ( que lo entiendo, porque a mí me ocurrió lo mismo ). Otros, los monos que, con mirar a los ojos a tu recién estrenado hijo, le enseñan a viajar con las lianas y se unen a vuestra causa; y la rusa buscando la parapsicología en una calavera...¡ Que son los monos el arma total, mujer ! Y para rizar el rizo, diez minutos te lleva tumbar al ruso y en medio segundo lo levantan las hormigas amazónicas, lo cargan y, venga, a la despensa. Esos sí que son enemigos temibles.

Y además estas últimas muy consideradas, os organizan el cuadrilátero y todo. Porque vale que no les mole la calavera pero entre ella y vosotros hay mucha más distancia que entre las hormigas de vanguardia y la propia calavera. Supongo que pensaron como la guardia civil cuando presencia una pelea en las fiestas de un pueblo, " que se frían a tortazos y al que pierda nos lo llevamos y todos tan contentos ".

Claro que, puestos a igualar, tampoco salen muy bien parados los del FBI. Resulta que te hacen la vida imposible porque, en pleno maccarthismo, tu supuesta ayuda a esos soviéticos les ha escamado y presionan hasta que te apartan de tu trabajo. Pero luego andan rusos muy rusos con acento de rusos montando persecuciones en las calles, broncas en bares donde pasan desapercibidos con sus trajes de vestir rodeados de chupas de cuero y jerseys de hermandades o jaleos en los campus repletos de gente y allí no se entera ni el tato. Hay que ver...

El caso es que te voy a hacer un recuento de las veces que, si hubiese sido tu guionista, hubiera podido acabar contigo. Y comprobarás que ibas a dejar a Kenny a la altura del betún:

- muerto tras encontrar la caja que buscan los soviéticos, al ser alcanzado por alguno de los miles de disparos de los certeros tiradores rivales;

- ahogado al ser empujado por el cohete ese que os saca al ruso y a ti del almacén;

- desintegrado con la bomba atómica ( huelgan comentarios );

- reventado en el choque de la nevera con el suelo;

- atropellado en la persecución sobre la moto, cuando te pasan del coche a la moto y viceversa;

- envenenado por uno de los dardos de los indios, que parecen haber ido a la misma escuela de tiro que los soviéticos ;

- apaleado por la comunidad científica al destrozar las momias de Orellana y amigos tras llevar quinientos años desaparecidas;

- derretido tu cerebro por la calavera;

- ahogado en las arenas movedizas;

- picado por la serpiente;

- infartado al saber que el tonto del bote del rockabilly es en realidad tu hijo;



- ahogado en las arenas movedizas ( te dio tiempo incluso a escribir testamento );

- condenado a pena de muerte tras matar a sangre fría a tu novieta de antaño al no aguantar su insufrible verborrea ( yo aquí te hubiera absuelto pero ya sabes cómo sois los yanquis );

- estampado en un árbol en cualquier instante de la persecución a lo largo de la jungla;

- muerto por alguna de las cientos de balas que de nuevo los extraordinarios tiradores soviéticos vuelven a desperdiciar;

- despeñado por el precipicio;

- aplastado por el coche de la soviética élfica;

- secuestrado por las hormigas como el ruso para seguir dirimiendo vuestras diferencias en un ambiente más íntimo;

- ahogado en el río tras fallar estrepitosamente los cálculos de tu novieta con respecto al aguante de la rama;

- ahogado en la primera catarata;

- ahogado en la segunda catarata;

- ahogado en la tercera catarata;

- sacrificado por los indios de la ciudad perdida;

- abducido por la nave espacial;

- atropellado por alguno de los cientos de pedruscos provocados por la destrucción del templo;

- ahogado tras anegar el Amazonas el hueco que deja la nave espacial y que tu cadáver tuviera que volver a caer por las tres cataratas anteriores.

Por supuesto que estos finales podrían ser compartidos por tus compañeros de aventuras, la pesada de tu novieta, el pringao de tu hijo o el zumbao de tu antiguo colega. No tengo mayor inconveniente. Eso sí, vale con que el chico no sea muy listo y no tenga ni idea de casi nada ( aunque luego sea capaz de desplazarse con las lianas a la misma velocidad que los coches ), pero me parece fatal que le vaciles de esa manera haciéndole creer que Pancho Villa hablaba quéchua por el hecho de ser latinoamericano. Que luego el chico se crece y elucubra ese brillante plan de huir del campamento en medio de la selva, pensando, es de suponer, que allí al lado habría una cabina telefónica de SOS y línea directa con la DGT.


La cuestión es que ando dubitativo y me pone muy nervioso tanta indecisión. ¿ Por qué no me echas una manita ? Pero sin látigo, que ya te veo...

lunes, 25 de junio de 2007

La maldición de la perdiz

Llegábamos a la tierra de Pizarro sin la sospecha de que marcaría nuestro destino. Nuestros pasos remontaban las calles al encuentro del castillo, hierática figura en el horizonte de la tierra extremeña, descubriendo rincones de aséptica belleza. La mirada se perdía entre las nubes para recabar en el perfil adolescente de la nueva compañía. Chispas de satisfacción, chispas de ilusión. El paseo aligeraba los estómagos y reconfortaba los espíritus. Entramos en el restaurante deseosos de calmar el hambre, prolongar el éxtasis, someter al propio deseo. Pero tú pediste perdiz. Y el destino falló en nuestra contra.
El viejo cogollo de la ciudad, patrimonio de la humanidad, con sus callejas estrechas y sus rincones encantadores se iba quedando en penumbra según el sol saludaba otras latitudes. Con la oscuridad también crecía tu desasosiego, tu malestar físico, el germen de la agonía. Y decidiste escapar de sus penurias. Pero esa huida tuviste que hacerla sola, no hubo abrazo comprensivo, la soledad adueñada de tu cuarto en la pensión. Pasaste miedo, angustia, desesperanza, sobre todo decepción. Mi regreso no calmó esas sensaciones, más bien al contrario.
El día siguiente fue largo en la capital extremeña. El puente sobre el Guadiana mostraba unos ojos velados por el agua, tu reflejo en su milenaria silueta. El teatro, el circo, las villas, los templos...se disputaban tu tristeza y la duda razonable. Tu cuerpo seguía con su batalla mientras la cabeza sufría con la suya. Amplios mosaicos de colores entrelazados componiendo una imagen indeseada.
El tiempo desplegó sus alas polvorientas y nos encontró de nuevo sobre el puente, muerte del Tajo esta vez, regalando nuestra vista con los planos superpuestos de los abigarrados barrios de Lisboa. Ciudad portuaria, puerta de entrada a un mundo nuevo, tu cuerpo y el mío sabiéndose uno. Sus calles empinadas revelaban secretos de alcoba mientras mis dedos ensortijaban tu pelo ondeando con la brisa de la costa. Esos pasos sobre el alambre de la muralla sortearon la caída al vacío que no supo, más adelante, evitar nuestro mundo.
La procesión tras los troncos por la carretera de montaña preludió nuestra llegada a la universidad más antigua de Portugal. De nuevo entonces se rebelaron tus entrañas y hubimos de hacerles caso, no sin porfiar antes por su conveniencia. Largas horas de espera en una ciudad sin noche, en una noche sin música, en una música desacompasada. El sueño interrumpido por el paso del tren y los ladridos indignados del cachorro abandonado nos devolvieron a la vida diaria de esperanzas y rutinas.
No queríamos caldo pero tomamos dos tazas, la tercera quedó para un futuro ahora oscurecido. LLegaba después del desencuentro de la playa, morros tú, concha yo, largos paseos bajo el sol abrasador de la lucha de poder. Y las dudas viajaban a casi doscientos por la autopista, el pánico en tu cara reflejado y mi indecisión envuelta en las olas del Atlántico. Tacita de plata, gambas de Sanlúcar, pescaíto en Romerijo endulzando el viaje que, finalmente, no tuvo parada en el sur adonde volveríamos celebrando nuestras victorias sobre el tiempo.
Como la lograda ante Medina Azahara, ruinas majestuosas de un pasado milenario, demostración ostentosa del lujo y la pasión cabalgando a lomos de nuestros mejores días. A orillas del Guadalquivir sellamos nuestros deseos de eternidad, la estampa de la Mezquita y la alcazaba dominando la firma y dando fe de la solemnidad del momento, los viejos molinos en el río esperando una corriente que entonces nos llevaba en volandas, miradas cómplices y sonrisas felices.
Volvimos a traspasar las fronteras del país, esta vez al norte, amplios bosques rodeando las carreteras y playas defendidas por refugios de la última guerra global. Los compañeros de escapada, mezcla de regiones, intercambio de experiencias, caldo de cultivo para las noches de tertulia, nos mostraron las dificultades de los espacios compartidos. Ellos en esa ocasión, los míos en muchas otras, realzando tu interacción en mi vida, manifestando la disparidad de criterios en la visión social que separarían nuestros caminos. Desde lo alto del monte Igueldo la playa de la Concha reflejaba el sol del mediodía sobre esas aguas del color de tus ojos y la imaginación se perdía en parajes ultramarinos.
Cruzamos ese océano levemente para alcanzar las islas afortunadas, la más negra de esas islas, la menos afortunada de las ocasiones, un pie arrastrado y una frustración ahogada en mañanas sobre las cenizas bañadas por las olas, tardes de excursión a las cuevas excavadas por lava ardiente que se apagaba al unísono de nuestros corazones y noches de refugio en nuestro pequeño apartamento para no gastar lo que no teníamos o lo que queríamos conservar más allá de las pulsiones. Los escorzos selenitas del Timanfaya callaron pesarosos entonces mientras calmábamos nuestras pieles enrojecidas por el sol con aloe y pretendíamos perpetuarnos en las semillas sustraídas cuyos brotes acabarían siendo pasto inverosímil de los gatos.
Entre medias reímos, intimamos, disfrutamos en ese ramillete errante anual que nos llevaba ilusionados ora a degustar vinos persiguiendo escurridizos dinosaurios, ora a deslizarnos con el agua juguetona a través de monasterios de piedras y silencios, ora a conquistar la serranía negra con sus vados, ora a imitar a Carlos I entre cerezos en flor y pimentones picantes, ora a solazarnos con el nacimiento de ese río que habíamos visto morir en Lisboa, ora, por supuesto, como mágico recurrente en nuestra relación, a perdernos por esos bosques abrazados al Ebro y sus molinos, sus mariposas y sus tumbas, sus chuletones y sus iglesias naturales, sus abubillas y sus lirones, sus espectros y sus vacas, imágenes rasgadas con el tiempo...
Y llegó Granada. Crueles cuestas de destinos encontrados que nos elevaban en la espiral de viejas sensaciones y obstinados sentimientos, que nos hundían en el abismo de cercanías desgastadas y hábitos viciados, que nos mostraban una Alhambra colmada de ornamentos pero sin reyes en su interior, Albaicín tomado por los turistas cuyo espíritu flotaba en el mirador mientras San Nicolás negaba con la cabeza toda esperanza. Y llegó Cuenca, casas sujetas por los filamentos que barruntaban el vacío, precipicios que cursaban invitaciones con nuestro nombre y que no fuímos capaces de rechazar, zarajos de nuestras entrañas rodeando los sarmientos que nos mantenían erguidos a duras penas.
Fue entonces cuando la perdiz se posó en esa plaza de soportales y balconadas, en ese castillo vigilando la llanura madrileña, en esas cuevas de vinos afrutados y sentimos que su maldición estaba cercana a cumplirse. Rompimos desesperados nuestro silencio intentando ahuyentarla, no sabíamos bien si a la maldición o a la perdiz, pero ya era demasiado tarde. Con su aleteo acompañaba las lágrimas de la despedida como los delfines escoltan los veleros en sus singladuras.
Tu aversión por las aves encontraba justificación al fin y al cabo y sucumbimos a la maldición sintiéndonos infinitamente desdichados.

domingo, 25 de marzo de 2007

La esfera

Miro mi mano. Sobre mi mano el mundo. Sobre los dedos la perfección de la esfera. En ella todo encerrado barrunta una salida. La mano se vence ante el peso de la historia. Pero los ojos siguen firmes.
Debajo las palabras toman cuerpo. Luchan por plasmarse con el eco de la tinta. Y dialogan con el aire, con la sangre y con las lágrimas. De esa mezcla surge la melancolía. Que se plasma sin plasmarse. Que existe sin sufrir por lograrlo. Que no sabe de principios ni finales. Se derrama suavemente para impregnar las sensaciones de las falacias mil veces recordadas. Lo consigue a pesar de la razón. Se comporta como ese galán que, técnica impecable, siempre engaña a la más guapa. Y también a la más lista. Juega con una carta marcada. La carta de lo inevitable. Él lo sabe. Ella lo sabe. Tú lo sabes. Pero no hay escapatoria, es una jugada ganadora. Del galán intentas aprender, de la melancolía te emborrachas. ¿ Y cuándo llegará la resaca ?
Malditas palabras melancólicas. Manchan la hoja de un sucio añil vetusto preñado del encanto de la eficacia. Cumplen su función con la certeza del óxido. Un nacimiento brillante para un ocaso corroído. Entre medias el vuelo del urogallo. Se eleva para ser abatido. Tampoco alcanzan mucha altura. Ni el urogallo ni las palabras. La melancolía, quién sabe. El espíritu de un hombre intenta separarse de su felonía. Pero la huída quizá sea hacia abajo. ¿ Acaso lo malo siempre tiene que colonizar las profundidades ? Pues así mal vamos los olvidados por el calcio.
Reino melancólico. Súbditas palabras. Leyes subordinadas a un estado de ánimo. Y de fondo un paisaje lunar. Como Lanzarote. ¿ Y si coges tu espada y reescribes la historia, amenazas el presente, degüellas el pasado y arrostras el futuro con las riendas de tu caballo sujetas con firmeza, la cabeza bien erguida y el semblante recio de las grandes aventuras ? No era esa la referencia. La isla. Pues ya estamos de nuevo. Reino melancólico.
Los ojos se elevan hacia la esfera. El reflejo les devuelve su inquietud. las mejillas marcadas. La nariz ancha. La barbilla que apunta insolente hacia los dedos. Y la mano que sostiene la esfera. Como cuando sostiene la pluma. El mundo, entonces, suspendido, en suspenso y con suspense. Como los relatos impregnados de melancolía. Melancolía y suspense. Una combinación que rezuma pesadumbre. ¡ Gran paradoja pues ! Un final perfectamente predecible. Una trama salpicada por la melancolía. Una aspiración al suspense. La cuadratura del círculo. El volumen de la esfera que tienes en las manos. Siempre en relación con el cilindro que la circunscribe. Arquímedes, protagonista de un relato. Y la muerte que sobrevuela su cabeza.
Sobre la tuya la esfera. Vigilando las palabras. Observando su flujo de la mente al papel. Y sorprendiéndose con la refriega. Aparecen nuevos personajes. La alegría y la esperanza. No tienen mucha fuerza. Aún no pueden con las vacas sagradas. Pero rebullen. Y el ruido despereza a los sentidos. Se espera a la furia. La que rompe los esquemas. Ruido y furia. Perfecto para un idiota que quiere recuperar el camino. Ruido y furia. Alegría y esperanza. Nostalgia y melancolía. Jinetes y caballos peleando por un hueco en la posteridad.
Escher se mantiene en el suyo. Allá arriba. Sus ojos, su mirada, su mano, su esfera, tus palabras. Un nuevo ciclo vital que intenta arrasar con la melancolía. Ésta aún se siente fuerte. Pero ya oye los clarines. Ya siente el paso de la infantería. Ya se eriza su cabellera de recuerdos sofocantes. Esta batalla la intuye perdida. Sólo falta que te lo creas tú. Que regrese la vida con sus subidas y sus bajadas. Sí, también con sus subidas. con la alegría y la esperanza.
Esa es tu esfera. La del ciclo vital que empieza. La de los ojos curiosos ante el porvenir. La del gesto esperanzado por la alegría de vivir. La de las manos abiertas al discurrir de los acontecimientos. La que sujeta Escher mientras vigila las palabras nacientes. Su rostro serio contrasta con la sonrisa del escritor. Esa sonrisa que delata un estado de ánimo. Una batalla que se inclina a tu favor. ¡ Suenen ya las trompetas ! Caerán entonces los muros de Jericó. Tras ellos, la verdad inexorable. La contenida en la sonrisa.
Sonrisas y palabras. La cuadratura del círculo. Y la esfera refleja, en lo alto, un rostro feliz.

miércoles, 7 de marzo de 2007

Una salida digna

Nunca pensé que te pudieras venir abajo de esa manera. Cuando acudí en busca de tu ayuda, seducido por la firmeza de tus convicciones, jamás imaginé que tenían los pies de barro y que un par de olas arrasarían con su solidez. Ahora la solución que me planteas quizás sea tu única salida digna para este callejón en que nos hallamos. Pero antes de tomar una decisión deja que me desahogue, por favor.
Sí, lo sé, nunca creíste en el amor. Lo repetías hasta la saciedad, intentando utilizarlo como coraza para cualquier intromisión afectiva en tu ámbito intelectual. Con decir eso considerabas que tenías todo bajo control, que el poder de tus palabras domeñaría la fuerza de la pasión como la música amansa a las fieras. Que el mero hecho de negar su existencia provocaba ineludiblemente que se cumpliera tal premisa obviando que las cosas no existen porque tú lo creas, que tus axiomas no condicionan el mundo exterior pero en cierta manera sí que te condenan a ti.
Realmente nunca entendí qué te llevó a sostener esa sentencia. La vida tampoco te había tratado tan mal en ese aspecto o al menos te trató como tú misma la empujaste a que lo hiciera. La excusa de los desengaños sólo sirve a los mediocres que se pierden entre las raíces, puesto que sólo se deja de creer en lo que no existe, no en aquello que nos hace sufrir por la intensidad de sus certezas. En ese caso no se cae en el escepticismo sino en el miedo, en el temor a no poder controlarlo, el pánico a que se escape de las manos como el agua de mar que ingenuamente se recoge para endurecer los muros del castillo y que al llegar junto a la construcción ha desaparecido entre los dedos.
Imagino que a eso te referías con tu afirmación. En realidad temías que el amor terminara por dominarte, que se convirtiera en el motor de tus decisiones, que perdieras ese halo superior de independencia tan irreal que únicamente servía para engañarte. Y ese pánico te impedía comprender y disfrutar los aspectos mágicos de ese estado letárgico y maravilloso donde ves con unos ojos extraños, oyes gracias a unos oídos distintos y sientes a través de una piel diferente.
Yo sin embargo no podía sustraerme de esos encantos, bien que lo intentaba, luchaba encarecidamente por escapar del capricho, del detalle sutil, de la sonrisa franca, pero no tenía tu fuerza, al menos la fuerza que te suponía y que ahora te ha abandonado abocándonos a un final dramático. Quizá sea el motivo de mi decepción, que hayas menospreciado sistemáticamente mi debilidad, socavando de continuo cada pequeña alegría en aras de la seguridad propia, limitando las posibilidades de felicidad por ínfimas que fueran para acabar a los pies de los caballos, conquistado por su fuerza en el peor momento y con las condiciones más adversas.
¿ De qué te sirve ahora esa actitud defensiva ? Tan solo te ha evitado historias fantásticas, experiencias enriquecedoras y seguramente cotas superiores de felicidad. ¿ Hipotecado todo por prevenir un desenlace indeseado ? Me recuerda al pobre infeliz que no quiere viajar porque luego el regreso a la rutina producirá un mayor sufrimiento que prefiere ahorrarse. Así te comportabas tú, timorata ante el amor por miedo al desamor. Y yo aceptando tus decisiones tras tragarme mi orgullo, esconder los sentimientos y actuar con una frialdad que no sentía. Todo para acabar de este modo.
En el fondo debería sentirme satisfecho de un final así que reafirma lo que yo venía sospechando, que mis argumentos tienen mayor peso que los tuyos, que mi propia verdad es mil veces más valiosa que la tuya, que las decisiones basadas en mi criterio nos transportan a la felicidad en primera clase mientras que tus preceptos viajan en turista. Pero no puedo soslayar que tu fracaso ha provocado el mío también, que las heridas abiertas ya no cicatrizan igual y que quizá me he sustentado estos últimos tiempos en tu firmeza para no admitir que el sufrimiento socavaba mis cimientos y que ya no tengo claro si me mantengo de pie, levito sobre el suelo o simplemente le echo un pulso a la gravedad que sonríe ante mi atrevimiento contando los segundos que restan hasta mi derrumbamiento.
En realidad estoy siendo injusto contigo, se ha adueñado de mi frustración ese maniqueísmo tan antiguo que sostenía que las decisiones entre nosotros no pueden ser consensuadas, que uno de los dos debía salir victorioso arrastrando las razones del derrotado como el torrente se lleva las ramitas caídas en el cauce cuando la realidad se obstina en contradecir tal adagio, cuando somos simples marionetas en este juego de amar y ser amados que te coloca sobre un tablero saturado de fichas y dados, sin reglas ni normas establecidas y espera que tomes las riendas de tu partida, esas riendas que son los hilos que sujetan la marioneta y por tanto jamás puede uno mismo controlar, si acaso te ahorcan en el intento de levantar la cabeza para descubrir al titiritero.
Y esa es la solución que me propones tras sucumbir a tu propia negligencia. Siempre sospeché que detrás de tanta convicción se escondía la debilidad asustada ante el golpe de gracia, esa fragilidad temerosa de encontrar la horma de su zapato, pero no imaginaba que, desnuda la realidad, tu solución se reduciría a desaparecer. Quizá sea el único remedio a la destrucción de los valores, una vez todo el andamiaje se viene abajo la salida digna es marcharse tras pedir perdón y reconocer que uno estaba equivocado. Pero eso es comprensible tratando sobre leyes físicas, sobre teorías científicas que existen para ser superadas, para que un estudio posterior demuestre que el mundo hasta entonces había sido erróneamente explicado y se jacte de una verdad que durará hasta el siguiente congreso, no, se trata del amor, ese inmenso ave que sobrevuela nuestra dimensión batiendo las alas con un ritmo acompasado, gorjeando satisfecho y variando su dirección según el capricho del Viento, así con mayúsculas, esa fuerza superior que tira los dados del juego, que maneja los hilos, que empuja al ave a tomar tierra o a coquetear con las nubes pero jamás le permite descanso. Y en el amor se lucha. Ahora que has sucumbido a sus encantos y todos tus razonamientos pierden fuerza uncidos por la sencillez de los sentimientos, ahora que me cedes el protagonismo, el cual quizá jamás hube de entregarte, pues reconoces que no te sabes manejar bien en ausencia de la lógica, ahora que las neuronas que te componen y dan forma chocan violentamente con un cosmos abandonado a la suerte de los poetas, los quiméricos y los desolados, ahora es cuando deberías presentar batalla pero no te atreves, cuando deberías pelear por esa persona amada hasta la extenuación mas te rindes sin impulso rebelde alguno, cuando mucho más amargo que no sentirse correspondido sería salir derrotado por el miedo al rechazo, al fracaso, a la decepción, si bien tú prefieres la amargura.
Y entonces quieres morir, morir de desamor, me propones que nos vayamos con la música a otra parte, que una dosis suficiente de pastillas termine con esta preocupación. Esa es tu salida digna, elegante, la más pensada y racional de cuantas has sopesado según tus palabras. Para esto sí me pides opinión. Imagino que será porque el primero en sufrir con la sobredosis seré yo, que comenzare a fibrilar hasta que no soporte más y mis fibras musculares se colapsen pudiendo llegar a romperme por la mitad. Entonces dejaré de bombear sangre y ahí llegará tu final, dulce, sosegado, tus neuronas apagándose por falta de riego, como el atardecer que se despide del sol, pero en este caso sin esperar un reencuentro al alba.
Quizá sea esa metáfora que tanto llevas buscando, un final con el corazón partido en dos y la mente extinguiéndose en la lejanía.

martes, 13 de febrero de 2007

La entrada condenada

Hoy la entrada viene hablando de viajes, de descensos a los infiernos, de dudas y decisiones, de rutas desconocidas, de destinos por descubrir. Hoy la entrada trata sobre ti, o sobre mí, no lo sé bien.
Sobre por qué estás en mi mundo, en el mundo ya lo sé, todos somos necesarios y criaturas de Dios, todos cumplimos nuestros objetivos sin saber muy bien cuáles son, todos vagamos por senderos cuyos lindes entrelazan con los del resto de la humanidad. Pero, ¿ por qué tu camino choca con el mío, intentando fundirse en uno ? ¿ Somos dueños de esos senderos y los dirigimos como si de un carro se tratase o realmente nos agarramos a los bordes para no volcar ante los vaivenes veleidosos que, como en la montaña rusa, nuestro camino quiera trazar ? No sé lo que prefiero, la libertad absoluta o el destino premarcado, la decisión consciente de su propia inconsciencia o la obediencia preñada de rebeldía latente, saber lo que quiero o querer lo que sé.
Es una entrada caprichosa, no se atiene a reglas ni a convenciones, no entiende de tramas y la ilación le supone el mismo desvelo que a un niño el origen del universo. A ese niño le intriga el devenir, no el pasado pues éste no ocupa más que una lenteja en la encimera y el futuro late más allá de los bordes. A mi niño no le convencen las buenas intenciones, sólo quiere saber qué va a ser de él, qué va a ser de mí. Niño bueno, duerme tranquilo que mañana llega pronto y tú estarás ahí.
Pero yo no sé si tú estarás ahí, esta entrada no me lo dice, me sigue hundiendo en las puertas del infierno, de la duda y la indecisión, en las aguas revueltas de mi cabeza, en el frío invierno de mi corazón rodeado de los glaciares que fueron. Se deshacen los polos, dicen, suben las aguas, exponen, el planeta cambia y yo no puedo tomar la decisión correcta por frío, por excesivo calor, por atenerme al pasado, por temblar de presente, de cuerpo presente como los dinosaurios, por temer al futuro y escapar del frío, del excesivo calor, de acabar como esos dinosaurios.
Sí, es una entrada de viajes, de huidas al sol del atardecer, a poder ser hacia el este para que ese astro nos guarde las espaldas y no dudemos de la dirección tomada. Bueno, mejor para que no nos ciegue. No nos ciegue aún más y debamos recurrir a los sentimientos para decidir, a los pálpitos del cuerpo sensible que nos otorgaron y nos empuja contra la razón. Razón recta, razón firme, razón que llevas razón, ¿ dónde te separaste del afecto para domeñar su furia y crear puntos cardinales en la vida ? Nuestra vida, o ya no, nuestro futuro quizá aún.
Cruel entrada esta que cabalga solitaria, ritmo irreprochable bajo sus cascos, hacia un destino marcado, no como las cartas de una partida de póquer ilegal sino como los toros de una ganadería prestigiosa cuyo final aúna la tragedia y la grandeza, donde la primera alimenta con brotes de lirismo a la segunda. Y hacia ese culmen nos dirigimos, me dirijo, ya te he dicho que no sé bien quién protagoniza la entrada, quién adopta el sujeto ni si este es paciente o "faciente". Y puede que radique ahí el problema, en la paciencia o en la cara, en mantenerla o en romperla, en escapar o en arrostrar las consecuencias.
En elegir, en decidir, en tomar el camino marcado de la entrada, nos lleve hacia donde vaya, nos hunda o nos eleve, encontremos o escapemos, vivamos, sintamos, padezcamos, gocemos, ¿ adónde vamos ? La pregunta sin respuesta toca a la puerta de la mente, se ha marchado, del corazón, ha dimitido, de las piernas, gastan poco los zapatos. Tus zapatos. Esos que te alejan y te acercan, que te frenan y te embalan, que me pisan y me marcan, que te elevan por encima de mi cara, cosa de poco mérito pues soy pequeño y tiendo a encogerme con el sueño. Esos zapatos que marcan el paso de la entrada, la dirigen a su destino con la meticulosidad del comandante recién licenciado, ya se sabe que los viejos tiran de experiencias, se fían de las sensaciones tantas veces repetidas, prefieren las lecciones de la vida que la técnica académica.
Y uno se hace viejo e inadaptado, reniega de los viajes, huye de las decisiones, se asusta de lo cerca que aparece el infierno y duda de haber podido cambiar el destino, de haber poseído en algún momento el timón de la nave, de haber conocido por asomo las corrientes submarinas, de haber aprovechado al menos las rachas de viento favorables, de haber sentido el dominio de la propia existencia. ¿ Quién lo tuvo entonces ?
Escapa la entrada hacia su ocaso sin esbozar una respuesta, echa la vista atrás y el viaje amontona cientos de instantáneas aderezadas con el regusto de su parcialidad. De tu parcialidad. De mi sempiterna indecisión, de mi miedo, de mis fobias, de mis escasos recursos para buscar soluciones, de mi torpeza, de mi ingenio para recordar chistes que no vengan a cuento, de mi alma. De mi alma, tanto tiempo denostada, que ahora eleva una plegaria con la muerte de esta entrada anegada de entropía.
De entropía, de caos, del caos de no saber la decisión, de no conocer las dudas, de saberte lejos, de saberme cerca, de no creer más allá de lo que ven mis ojos, de no ver más acá de mis propias creencias, de escatimar fuerzas, de huir del futuro, aferrarme al pasado, escribir tendenciosamente acerca del presente, de buscar razones en el reino del afecto, de sumar caos al caos.
Aquí yace, pues, esta entrada, condenada desde su nacimiento a vagar por los confines del averno.

domingo, 3 de diciembre de 2006

Lágrimas

Yo hoy iba a escribir un relato positivo, lo prometo, lo juraría si de pequeño no me hubieran enseñado que no se debe jurar, ya ves, toda una infancia de doctrina religiosa y sólo me quedo con lo de los juramentos. Eso sí que es tirar el dinero de mis padres. Pues traía un relato amable de casa pero ahora ya no puedo introducirlo, no me sale, de hecho es la primera entrada que estoy escribiendo sin borrador previo manuscrito. Así que pido perdón por los errores que pueda contener, si bien os prometo, estoy casi por jurarlo ( ¡ ahhh, el deber moral ! ), que esto me sale directamente del corazón.
No puedo con las lágrimas, me hunden, me dejan sin argumentos, sólo me incitan al abrazo, al beso cariñoso, a ese beso que no implica contacto físico, es una unión del alma mucho más íntima que hacer el amor. No estoy siendo tópico, tras un beso de esos me encuentro transportado, tanto si lo doy como si lo recibo, lejos del mundo pero cerca de mi interior. Y completamente alojado en el de la otra persona. En este caso en el tuyo.
Cuántas veces piensas en eso, en introducirte en la otra persona y temblar, establecer una unión perfecta e indisoluble que culmine, no con un montón de sensaciones físicas, maravillosas, paralizantes, de las que por supuesto no reniego y espero seguir teniendo, sino en ese momento que habitualmente coincide con el cruce de las miradas de ambos en que no sabes cuál es tu cuerpo pero sí dónde está tu espíritu. Y el suyo.
Esa sensación es la que tengo con esos besos. No separaría los labios de la otra mejilla o de la otra boca hasta el final de los días porque quizá ese fuera el significado de la separación. El final.
Putas lágrimas. Salís de los ojos con esa cadencia que invita a seguir vuestro recorrido por la piel hasta lanzaros por la nariz en vertiginosa caída aprestándoos al vuelo final hasta las manos. Porque siempre ocurre con las lágrimas que duelen, no caen al suelo o a la ropa, no, caen en las manos con el peso de siete rocas, te hieren mucho más que una piedra lanzada por el hombre más fuerte del mundo, pues el sufrimiento se agarra a las entrañas, se cercena tu conexión con el exterior y sólo notas esa lágrima. Y sufres por ello. Por ella. Y te asustas pensando que vienen más, que otra ha tomado ya la pendiente nasal y está acelerando el paso, que no puedes aguantar otro impacto similar. Tiemblas.Pero no puedes moverte, las lágrimas te han paralizado, el beso te ha abducido, y allá va. ¡ Lágrima va ! Los chinos torturaban a sus prisioneros dejándoles caer gotas de agua en el cráneo hasta que la erosión podía con el hueso, dice la leyenda. Desconozco si es cierta pero no me cabe duda de que si hubieran usado lágrimas, más que tortura hubiera sido ejecución.
Ya estoy hablando de muertes otra vez. Y yo hoy era optimista, el relato que espera su momento certifica tal afirmación. Pero he visto lágrimas. Y con ellas no puedo. A mí no me salen con facilidad, sólo en momentos de mucha tensión, no necesariamente negativa, se ve que las uso como espita para esa tensión, pero estoy rodeado de personas de lágrima fácil. Luego decís que soy pesimista, que veo sólo la parte negativa, que me quejo con excesiva asiduidad y de forma injustificada, pero el hecho es que en ocasiones veo lágrimas y me dejan como al niño en la película. Aterrado, hundido, desolado...
¿ Y ahora qué hago ? Creo que voy a empezar a llorar.
Putas lágrimas...
Me conozco y me releeré lo que he escrito para corregir los posibles errores, pero no quiero cambiar un ápice. De hecho no sé si voy a poder leerlo, mira, quizá para esto también sirva el vidrio en la retina, un obstáculo a la censura. Creo que no puedo, siento los errores.
Putas lágrimas...

domingo, 26 de noviembre de 2006

Tú ganas

Esa noche estaba especialmente negativo. No conseguía transmitirle ni la esperanza ni la ilusión que todo ser humano, por el mero hecho de existir, debe sentir obligatoriamente en al menos pequeñas dosis. Por eso decidí utilizar todo mi arsenal de lugares comunes y chantajes emocionales con el único fin de obtener de su boca un comentario positivo.
- Vale, correcto, admitamos que la vida dispone en ocasiones malas rachas donde todo parece salir al revés de como uno lo espera. Es más, no sólo son rachas malas sino que puedes llegar a plantearte que "alguien" en algún lugar lejano y supongo que elevado ha decidido machacarte en nombre del azar o del destino. Y que no sólo entrevera todo sino que hunde tu vida socavando los pilares sobre los que te apoyabas, de tal suerte que te encuentras inmerso en la parálisis provocada por la sorpresa. Admitamos que eso ocurre puesto que la experiencia así nos lo indica. Pues bien, la propia experiencia también nos recuerda que no somos los únicos en sufrir esas calamidades, es más, que ya las hemos sufrido en ocasiones anteriores, que de todas hemos salido más pronto o más tarde y el resultado al final del túnel no ha diferido del anterior al inicio de ese bucle negativo. Que si excluimos lo verdaderamente importante que es la ausencia irrevocable de un ser querido ( y sabes a lo que me refiero, no me tergiverses ), en realidad nunca pasa nada. Que todo tiene solución. Y lo mejor es que esa solución está en ti, no necesitas que nadie te dé la receta de la poción mágica, tú eres dueño de la fuerza necesaria pues ya lo has hecho más veces. ¿ O no es cierto que has salido a flote en otros desengaños amorosos ? ¿ O no es verdad que has vuelto a trabajar tras encontrarte de patitas en la calle ? ¿ Acaso miento si te recuerdo que te has repuesto de dolencias físicas mucho peores que las que ahora te amargan ? Podría elaborar una lista de todas las adversidades que has ido superando desde que te conozco y seguramente acabaría con la tinta de un barril. ¡ Qué diablos ! Prefiero que el barril contenga cerveza y brindemos caña a caña por cada una de las puertas que se te abren cuando parece que todas tienden a cerrarse, por cada una de las oportunidades que surgen a raíz de finalizar con lo pretérito, por cada una de las alegrías que te quedan por vivir...¿ Puedes negarme que serías capaz de decirme tú mismo más de cuarenta proyectos que ahora aparecen ante tus ojos y que se mantenían ocultos bajo la comodidad de la situación anterior ? Claro que no puedes pues tú también lo sabes. Entiendo que los cambios deben ser asimilados y celebro que así sea, pues sólo cuando uno digiere bien la comida ésta resulta beneficiosa para el organismo; este período de duelo se me antoja inevitable. La tristeza y el miedo a lo desconocido son sentimientos inherentes al hombre, habría que tener un corazón de piedra para desdeñar el sufrimiento que supone la agonía de aventuras por las que uno lucha y donde vuelca toda su energía, todo su empeño, todo ese corazón. Y yo sé que el tuyo no es de piedra. Por eso te permito que sigas mimoso, que mantengas ese aire de lamento continuo, que prolongues el victimismo hasta darle en ocasiones, no puedes negarlo, un toque algo grotesco. Pero lo permito por una razón y con una condición. La primera es que te quiero y te apoyaré siempre, aunque cometas cien mil errores, bien lo sabes. La segunda es que de todo esto saques la conclusión de que vale la pena vivir, que por muy disgustado que estés el hecho de sentir ya te impulse hacia adelante, que estas vivencias te ayuden a crecer al igual que lo hicieron las anteriores, dando como resultado ( un resultado en continua evolución pues sigues vivo, no lo olvides ) esa personita que nos tiene en vilo a todos sus amigos, que nos hace disfrutar, que nos motiva a buscar el momento y el lugar de encontrarse contigo para deleitarse con tu sonrisa, con tu diálogo, con tu simple presencia, la personita que si faltara crearía un vacío imposible de llenar y cuya ausencia soy incapaz de imaginar.
¿ Realmente crees que sería mejor morirse ?
- Sí.
Objetivo cumplido, oye.

martes, 14 de noviembre de 2006

El final de todos los cuentos

Estás muerto por dentro. No reaccionas ante estímulos externos y los internos tiempo ha que enmudecieron. Todo en tu vida se reduce a rutinas inopinadas que debes ejecutar como parte de un plan establecido. No te sales de él. Cumples tu rol de forma exacta pero distas mucho de ser perfecto. ¿ Cuánto tiempo consideras que puedes continuar así ? Ya has conseguido destruir lo que suponía un acicate, un aguijón que, como el de las abejas, ha implicado su propia muerte. ¿ Va a resultar baldía ? ¿ Ni tan siquiera ese acto supremo de generosidad va a recibir, no ya tu premio, si bien tu atención ?
Estás muerto por dentro. Buscas, qué digo buscas, esperas avanzar hacia la felicidad sin moverte, sin exponer nada de tu parte, sin gastar energía en el empeño. Mas paradójicamente te vas consumiendo poco a poco. Has logrado que tu energía no se cree, se destruya y te vaya transformando en un espectro, en un alma en pena, si es que te queda alma, un cuerpo inapetente que sólo sacia sus necesidades básicas según éstas se van produciendo. Llegará un momento en que tampoco respondas a esos apetitos, el hambre te resulte agradable y el frío no repercuta en tus músculos, el sueño y la vigilia se unifiquen en un letargo permanente, la respiración devenga en pesada carga y entonces conseguirás el objetivo que pareces haberte propuesto.
Quieres morirte en vida.
Adelante pues, lo estás haciendo fenomenal, avanzas a pasos agigantados hacia tu propia destrucción pero sembrando el camino de cadáveres suculentos. Eres un lemming que acelera el ritmo sabedor del acantilado cercano pues, a pesar de conocer el destino que en este caso no el azar de la genética sino tu propia voluntad ha elegido, pareces complacido por ello y no dudas en arrasar cuantos obstáculos bienintencionados salen a tu encuentro para impedir el fatal desenlace.
Estás muerto por dentro y quieres igualarte por fuera. Adelante, insisto, no seré yo quien te frene. No quiero perecer a tus pies arrollado por ese ímpetu que te impele la proximidad de tu óbito. No quiero porque, en cualquier caso, tu destino y el mío están ineludiblemente unidos. Por eso te animo, ya que quieres vencer esta lucha. Quizá sea el final que nos merecemos.
El final de todos tus cuentos.