lunes, 23 de junio de 2008
Bendita indigestión
Y con mucho gusto, oiga.
martes, 17 de junio de 2008
Que me equivoque...
Ya lo comenté el sábado pasado antes de que jugara España. Y se me tachó de agorero.
Podría hacer mío ese latiguillo tan propio de novias y madres que reza " ya te lo dije yo..." el día que ocurra ( lamentablemente el domingo ). Y se me tacharía de oportunista.
Por eso recurro a este blog, ya convertido en un fondo de saco donde caben tanto los cuentos naif como los chascarrillos mediáticos, los poemas sentidos como las novelas negras poligoneras, para sentenciar que, según paraba Buffon el penalty a Mutu en la segunda jornada, España caía eliminada en cuartos. En efecto, suena a la teoría matemática del caos, aquel enunciado popular de que si una mariposa batía sus alas en Tokio podía provocar una tempestad en New York ( si bien creo que más bien ha sido al revés y un estornudo yanqui en forma de hipotecas subprime ha derivado en que quizá tengamos que comer mariposas para sobrevivir de aquí a unos meses ), pero el hecho es que a la ciencia me remito para sustentar mi teoría.
Ese día Italia consiguió salir con vida milagrosamente y quedar en una situación de extrema precariedad para llegar a cuartos. Lo que les gusta, vamos. Tienen que ganar a Francia en un partido agónico y esperar que Rumanía no venza a Holanda. También podrían empatar con Francia con goles y que Rumanía perdiera. En cualquier caso, un calvario.
Mientras tanto España espera plácidamente rival en cuartos ( si bien cuando mascullé este enunciado España aún no estaba clasificada ) y, al tiempo que los italianos sudarán sangre esta noche, ellos echarán a suertes quién juega mañana contra Grecia un partido de puro trámite.
Introducimos una variable que sería el hipotético interés de Holanda en cepillarse a dos rivales como Francia e Italia, "dejándose" ganar por Rumanía y así despejarse un tanto el camino a la final.
Y aquí es donde entra la ciencia.
Veamos la situación : España espera rival y depende de la limpieza de Holanda y de la historia de Italia. España a la calle. Primero los holandeses, europeos ellos, saldrán con la dignidad por bandera y ganarán a Rumanía ( además si el beneficiado es Italia los equipos sufren de una suerte de obnubilación que les lleva a hacer lo contrario de lo que deberían por su bien: aún recuerdo a Nigeria en el mundial de USA´94 marcando un gol innecesario, de hecho un golazo de Amokachi, en el descuento que les abocaba a encontrarse en octavos con Italia, en vez de jugar contra México; claro, Italia les mandó a casa marcando el empate en el minuto 88 y el gol de la victoria en la prórroga ). Los italianos por su parte ganarán a Francia llorando, gimiendo y suplicando.
Será entonces cuando llegue ese cuarto de final entre la España favorita de media Europa y la Italia moribunda que acabará, como todos bien sabemos por la experiencia acumulada en el camino, con España jugando bien, incluso muy bien, y volviéndose para los madriles con un gol de Luca Toni en el 93. El Getafe, por desgracia, ya ha mostrado el camino.
¿ No se hace acaso ciencia basándose en la experiencia y la repetición de sucesos nos lleva a concluir una ley ? Ciencia futbolística pues.
Lo jodido es que no hay ningún antídoto contra la frustración, pues si bien ya sabemos lo que pasará, no hemos encontrado aún la manera de luchar contra sus indeseables efectos en nuestra moral. Así que habrá que volver a llorar un domingo del mes de junio...
Bueno, quizá los holandeses sean razonables.
jueves, 8 de mayo de 2008
Ciudad sin ley
En la ciudad donde trabajo los niños pasan pruebas de madurez en su cambio del colegio al instituto. Esas pruebas las realizan los niños mayores que ellos. Se llaman novatadas y provocan pánico en los recién llegados.
En la ciudad donde trabajo no es bueno ponerse en evidencia. Por eso en los institutos no está bien visto que la gente sobresalga por encima de los demás y cree engorrosas comparaciones. Además los compañeros se desmotivan y empiezan a faltar a clase, aunque luego sí estén a la salida para explicarte cómo es la vida real.
En la ciudad donde trabajo se puede conseguir cualquier cosa. No hay distingos superficiales de clase social ya que cualquiera puede disfrutar de un coche último modelo o de una cena en el restaurante más caro del lugar. Para ello se han dispuesto actividades complementarias al trabajo que sirven para compensar esas diferencias económicas. La mayoría son ilegales, eso sí.
En la ciudad donde trabajo también se puede conseguir cualquier cosa porque hay infraestructuras para ello. Cualquier bien de consumo va directo del camión al hogar sin sufrir encarecimientos abusivos por parte de los intermediarios sin escrúpulos que pueblan el territorio patrio.
En la ciudad donde trabajo los coches tienen personalidad propia. Es el motivo por el cual unos días después de salir del concesionario sufren un profundo cambio de imagen exterior y una enérgica revisión de su espiritualidad. Con la renovación ganan en alerones, rayas, diámetro del tubo de escape, caballos o decibelios y pierden su timidez inicial.
En la ciudad donde trabajo las rotondas son meritorias. Todas ellas aspiran a convertirse en curvas de algún circuito famoso, por lo que aceptan de buen grado los giros intempestivos de sus conciudadanos. Salir de ellas de una pieza también es meritorio, sí...
En la ciudad donde trabajo los sitios de aparcamiento están muy cotizados. Eso provoca que cuando se encuentra uno vacío sea agasajado colocando el coche en doble fila para que nadie lo utilice sin el debido respeto. Ese gran valor ha provocado que, en los últimos tiempos, se intente dotar de tal categoría a cualquier acera, paso de cebra, punto limpio o mediana.
En la ciudad donde trabajo la música es muy importante. Desde pequeños se intenta pulir el oído a los niños no sólo con palabras de mucha sonoridad que puedan repetir a sus amiguitos sino también con demostraciones contundentes del uso de los auriculares. No hemos de despreciar la contribución inestimable aquí de las radios de los coches.
En la ciudad donde trabajo las niñas llevan tanga. Esa prenda de exigua tela que, curiosa paradoja, se creó para pasar desapercibida y sin embargo surge a cada instante, invade los armarios de las adolescentes desterrando a las tradicionales braguitas como el mejillón cebra conquista nuestros ríos.
En la ciudad donde trabajo las mujeres se consideran niñas hasta bien pasados los sesenta. Si este hecho lo unimos al punto anterior, la invasión es tan agresiva como la del molusco bivalvo antes mencionado y, sin duda, de terribles consecuencias para la salud visual.
En la ciudad donde trabajo los perros son parte de la familia. Se los acaricia, se los cuida, se los mima, se los pasea con orgullo, se los disfruta a cada instante y por eso las razas más apreciadas son aquéllas reconocidas por su bondad y buen talante como pitbulls y dogos argentinos. Animalitos...
En la ciudad donde trabajo la fuerza es una cualidad imponderable. Sin menoscabar por ello la capacidad de persuasión de una buena explicación, una demostración rápida de la versatilidad del binomio triceps-nudillos puede terminar con las tediosas réplicas que aquélla provocaría.
En la ciudad donde trabajo los ojos son poderosas armas de seducción. Sus variados colores, desde los azules celestes al negro azabache pasando por los verdes aguamarinas o los castaños casi melifluos, y sus usos insinuantes con caídas de ojos o leves guiños suelen encerrar un delicioso placer sensorial. Siempre que los poses en la persona adecuada, claro, ya que, como con otras armas, te pueden requerir el permiso para su tenencia y uso y, antes de tu tediosa explicación, tirar de binomio.
En la ciudad donde trabajo existe la igualdad de género para las cosas importantes. No juzgues demasiado alegremente quién ha entrado así en la rotonda o si puedes liarte con ese atractivo muchacho aunque esté emparejado. Afortunadamente cualquiera, hombre o mujer, puede tirar de binomio.
En la ciudad donde trabajo existe la propiedad privada. Esa privacidad es inversamente proporcional a la edad de los poseedores, de tal suerte que cuanto más jovencitos son en la relación, más gruesos son los muros construidos alrededor de la pareja con el fin de evitar contactos, sonrisas, miradas o conversaciones consideradas indebidas. Es decir, todas.
En la ciudad donde trabajo la información es un derecho inherente al ciudadano. Existen por ello canales informativos de eficacia comprobada que impiden con rotundidad que el más mínimo detalle de la vida de uno sólo de los vecinos pueda perderse y no ser escrupulosamente juzgado por los demás.
En la ciudad donde trabajo ser un cotilla está terminantemente prohibido. Cualquier persona que, antes de avanzar el secreto inconfesable o el desliz bochornoso de su confidente, no reniegue de forma taxativa de esta repugnante tarea recibe el gesto reprobatorio de sus decepcionados vecinos. Pero que lo cuente, claro.
En la ciudad donde trabajo todo el mundo es obrero. Ha sido así desde que era un pequeño municipio que iba creciendo al calor de las muchas industrias que venían desde Madrid hasta ahora que no queda suelo para construir en todo el término municipal. Nadie sabe cómo carajo gana el PP las elecciones.
En la ciudad donde trabajo, en esta ciudad pequeña pero congestionada, con calles estrechas y aún casitas bajas condenadas a desaparecer con sus dueños para dejar paso a edificios altos e impersonales, en esta ciudad receptora dominada por la inmigración de europa oriental que tan encontradas posturas suscita, en esta ciudad creciente que observa irse a sus jóvenes a los pueblos de la alcarria al no poder comprarse aquí un piso por los precios desorbitados que se piden, en esta ciudad consciente de sus errores y orgullosa ante sus aciertos, en la ciudad donde trabajo y sus gentes viven, surgen ahora los desmanes de quienes debían protegerlos, de quienes debían demostrarles la justicia de las leyes, de quienes debían defenderlos ante los ataques de los malvados, de quienes debían terciar en sus disputas, de quienes debían agradecer con su dedicación que les paguen su buen sueldo, de quienes quizá han provocado que sea lo que, a veces, es.
Una ciudad sin ley.
lunes, 18 de febrero de 2008
La policía no es tonta
En este contexto considero que el siguiente documento puede ayudar a que maticemos esa imagen peyorativa de, al fin y al cabo, personas que velan por nuestra seguridad poniendo en peligro su propia integridad:
Un guardia civil del servicio de inteligencia especializado en delitos de drogas espera a las puertas de un bar a que el dueño, sospechoso de tenencia y tráfico de estupefacientes, cierre su local para detenerle y llevarle hasta su casa para un registro. Para ello cuenta con la orden del juez de la Audiencia Nacional, el cual está dirigiéndose en esos momentos a la casa del sospechoso junto con un teniente de la Guardia Civil para dirigir personalmente dicho registro.
Una vez el sospechoso echa el cierre y, tras esposarle y convertirle en detenido, se dirigen ambos hacia el coche oficial situado en doble fila unos metros más adelante de la fachada del bar para no levantar suspicacias entre sus clientes. Al llegar a él lo encuentran subido en una grúa municipal bajo la atenta mirada de dos policías locales. El guardia civil se dirige a ellos.
- Buenas noches, soy agente judicial de la guardia civil en misión oficial. ¿ Haríais el favor de bajar el coche ?
El policía local, visiblemente enfadado, le responde.
- Ya no lo puedo bajar. Es que siempre vais avasallando, con eso de que vestís de calle os creéis que podéis hacer lo que os da la gana.
-¿ Perdón ? Te repito que estoy en misión oficial con un detenido y que hagáis el favor de bajar el coche porque tengo prisa.
- Este coche estaba mal aparcado y por eso nos lo llevamos.
- ¿ Me estás vacilando ? Mira, tengo a un juez yendo a la casa del detenido para un registro y no puedo perder el tiempo en tonterías. Baja el coche de la grúa de una vez.
- Me da igual lo que estuvieras haciendo, es tu día de mala suerte. Al detenido te lo llevas si quieres pero el coche se queda aquí.
- Te estoy diciendo que un superior mío y un juez de la Audiencia Nacional se dirigen a casa de este hombre para un registro. Necesito llevarlo allí y para eso me tienes que dar el coche - dirigiéndose al conductor de la grúa -. Baje el coche de una puñetera vez.
El policía local, ya con malos modos.
- El coche no va a ningún sitio. Estaba en doble fila y nos lo llevamos. Una vez en la grúa ya no lo puedo bajar.
A todo esto el detenido, completamente descojonado, sugiere al guardia civil que, como la cosa va para largo, le suelte y ya harán lo del registro otro día. El guardia civil, con un cabreo de órdago a la grande, le dice que se calle, que se suba al coche y, cogiendo el móvil, llama a su teniente.
- Mi teniente, una pareja de policías locales retienen mi coche y se niegan a devolvérmelo, por lo que estoy en la calle con el detenido sin posibilidad de llevarlo a su casa.
Tras oír la explicación, el juez coge el móvil y le dice al guardia civil que ahora mismo van para allá y que detenga a los dos policías municipales por obstrucción a la justicia, todo ello aderezado con una suerte de improperios que un blog respetuoso como este no se atreve a reproducir.
Tras colgar, el guardia civil se dirige a los policías locales.
- Haced el favor de darme las armas reglamentarias y poneros vuestros grilletes que estáis detenidos.
Los dos policías locales se empiezan a partir de risa.
- ¡ Qué dices ! No puedes detenernos...
- Tengo una orden del juez de deteneros por obstrucción a la justicia. Haced lo que os digo y no montéis el numerito, que estamos en plena calle Alcalá.
Porque, a todo esto, la escena se desarrolla en la calle más popular de Madrid.
- A mí no me vas a detener.
- Haz el favor de no poner las cosas más difíciles. Sed sensatos que en un momento está aquí el juez y os vais a complicar la vida.
En ese momento, el policía local recapacita y considera cómo puede recuperar la iniciativa de la situación. Y halla la respuesta. Se dirige al coche patrulla y pide refuerzos, de tal suerte que en un momento aparecen dos coches patrulla más. En ellos viene un sargento de la Policía Local. Cuando el guardia civil confirma que no sólo no van a cooperar sino que vienen más policías, los ojos se le salen de las órbitas. Otro que las está pasando canutas es el detenido dentro del coche subido en la grúa, cuya risa compulsiva está a punto de provocarle un colapso.
El sargento, intentando quitar hierro a un asunto que ha llegado demasiado lejos, toma la palabra :
- Siento mucho lo ocurrido. Todo ha sido un lamentable error, los muchachos han entendido mal la situación. Ahora mismo bajan el coche y aquí no ha pasado nada.
- Me temo que ya es tarde. Tengo una orden del juez de detenerlos por obstrucción a la justicia, así que ellos se quedan conmigo si hacen el favor de darme las armas y ponerse los grilletes.
- ¿ Cómo que tienes una orden judicial ?
- ¡¡¡ Si se lo he dicho tres veces a ellos !!! Estoy en misión oficial con este detenido al cual llevaba a su casa para un registro con el juez de la Audiencia Nacional. Al no bajarme el coche de la grúa he llamado a mi superior y el juez me he dado orden de detenerlos.
- ¡ No fastidies !
En ese momento llega el coche con el teniente y el juez de la Audiencia Nacional, el cual sale del vehículo como un miura del encajonamiento.
- ¿¡ Dónde están esos dos anormales !?
El sargento de la Policía Local se dirige al juez.
- Soy el sargento a cargo de estos hombres, estoy a su...
- A usted no le quiero ni ver, lárguese de aquí ahora mismo. ¿¡ Dónde están esos dos anormales !?
Una vez se enfrenta a los dos policías locales, que en esos momentos no sienten correr la sangre por sus venas, tras taladrarlos con la mirada, ordena su detención.
- Les voy a procesar por obstrucción a la justicia. Me voy a encargar de que les suspendan de empleo y sueldo y les abran un expediente para expulsarles del cuerpo de policía. Y por de pronto se van detenidos a los calabozos de Plaza de Castilla para que, cuando termine el registro que estaban ustedes impidiendo, les tome declaración yo personalmente.
Y dirigiéndose al conductor de la grúa le ordena que baje el coche inmediatamente. Éste, temiendo que el asunto le salpique, comienza a bajarlo mientras se deshace en explicaciones.
- Yo sólo cumplía órdenes, señoría, nada más desempeñaba mi función, de haber tenido capacidad de...
- Cállese y márchese si no quiere dormir también en la celda.
Así que llegamos al desenlace del suceso con los dos coches camino de los juzgados de Plaza de Castilla, en uno teniente y juez despotricando sobre los inútiles que han entrado en las policías locales en las últimas remesas, en el otro el guardia civil con los tres detenidos, los policías locales flanqueando al sospechoso de tráfico de drogas socarrón.
- Cuando cuente esto yo en el talego, no me van a creer. Si parezco Jesucristo crucificado con los dos ladrones a sus costados...
Ya lo cantó Sabina, mucha mucha policía...
domingo, 16 de septiembre de 2007
Volverás a Hontanazor
En esta etapa habrá hueco para, sin abandonar el carácter literario que motivó su nacimiento, aumentar su ámbito de actuación y para ello estoy estudiando la introducción de fotografías o el cobro de una tasa ( total, si en Croacia te cobran por autopistas de peaje que aún no están hechas por qué no voy yo a lucrarme con una página gratuita ) si bien esto último, aún siendo ciertamente apetecible, no lo veo sencillo de materializar ( no os voy a mentir, no soy capaz de meter fotos, así que imaginaos...). En cualquier caso he organizado las entradas bajo etiquetas comunes para mayor facilidad en su localización ( creo que ese es su objetivo ) y estoy trabajando en la creación de nuevas trilogías.
Siempre me ha resultado indescifrable el misterio de la estadística. Sé que es una herramienta muy útil para un montón de actividades relacionadas con la organización, la distribución, la publicidad o el consumo, pero yo no entiendo cómo le pueden dar valor a sus conclusiones. Y me voy a explicar. Resulta que existe una probabilidad entre catorce millones de que te toque la primitiva y una entre cincuenta y siete millones de que ganes el euromillón. Se conocen cien casos en el mundo de linfodermatitis seborreica atópica infraescrotal, lo cual si tomamos seis mil millones como cifra de habitantes de la tierra, da una cifra de sesenta millones contra uno la probabilidad de tener ese maldito grano en los huevos. Bueno, pues de tocarte te toca el grano. Fijo.
Y si no me creéis, echad la cuenta de todas aquellas personas que conocéis que tienen una enfermedad de esas rarísimas de las que sólo hay ocho casos más en todo el planeta y comparadla con los que conocéis que se hayan forrado con la lotería. Pues eso es la estadística.
Viene esto a colación de que este verano se han quedado sin vacaciones más de la mitad de los españoles. Sabiendo eso y que yo nunca he sido Marco Polo, ¿ cuál creéis que era la probabilidad de que yo hubiera viajado en el estío ? Pues otro dato más para defenestrar a la estadística. De hecho he estado cerquita de la que se acepta como patria de tan insigne viajero, la isla de Korkula, y no parece muy descabellada la pronta publicación de una trilogía croata que responderá al sugerente nombre de "Aventuras en la Frasca"...
Espero que todas las experiencias recogidas sirvan para revitalizar el blog y que con las nuevas historias e historietas disfrutéis y, esa puede ser otra de las grandes novedades, os riáis mucho. Un abrazo desde Hontanazor.
lunes, 25 de junio de 2007
La maldición de la perdiz
El viejo cogollo de la ciudad, patrimonio de la humanidad, con sus callejas estrechas y sus rincones encantadores se iba quedando en penumbra según el sol saludaba otras latitudes. Con la oscuridad también crecía tu desasosiego, tu malestar físico, el germen de la agonía. Y decidiste escapar de sus penurias. Pero esa huida tuviste que hacerla sola, no hubo abrazo comprensivo, la soledad adueñada de tu cuarto en la pensión. Pasaste miedo, angustia, desesperanza, sobre todo decepción. Mi regreso no calmó esas sensaciones, más bien al contrario.
El día siguiente fue largo en la capital extremeña. El puente sobre el Guadiana mostraba unos ojos velados por el agua, tu reflejo en su milenaria silueta. El teatro, el circo, las villas, los templos...se disputaban tu tristeza y la duda razonable. Tu cuerpo seguía con su batalla mientras la cabeza sufría con la suya. Amplios mosaicos de colores entrelazados componiendo una imagen indeseada.
El tiempo desplegó sus alas polvorientas y nos encontró de nuevo sobre el puente, muerte del Tajo esta vez, regalando nuestra vista con los planos superpuestos de los abigarrados barrios de Lisboa. Ciudad portuaria, puerta de entrada a un mundo nuevo, tu cuerpo y el mío sabiéndose uno. Sus calles empinadas revelaban secretos de alcoba mientras mis dedos ensortijaban tu pelo ondeando con la brisa de la costa. Esos pasos sobre el alambre de la muralla sortearon la caída al vacío que no supo, más adelante, evitar nuestro mundo.
La procesión tras los troncos por la carretera de montaña preludió nuestra llegada a la universidad más antigua de Portugal. De nuevo entonces se rebelaron tus entrañas y hubimos de hacerles caso, no sin porfiar antes por su conveniencia. Largas horas de espera en una ciudad sin noche, en una noche sin música, en una música desacompasada. El sueño interrumpido por el paso del tren y los ladridos indignados del cachorro abandonado nos devolvieron a la vida diaria de esperanzas y rutinas.
No queríamos caldo pero tomamos dos tazas, la tercera quedó para un futuro ahora oscurecido. LLegaba después del desencuentro de la playa, morros tú, concha yo, largos paseos bajo el sol abrasador de la lucha de poder. Y las dudas viajaban a casi doscientos por la autopista, el pánico en tu cara reflejado y mi indecisión envuelta en las olas del Atlántico. Tacita de plata, gambas de Sanlúcar, pescaíto en Romerijo endulzando el viaje que, finalmente, no tuvo parada en el sur adonde volveríamos celebrando nuestras victorias sobre el tiempo.
Como la lograda ante Medina Azahara, ruinas majestuosas de un pasado milenario, demostración ostentosa del lujo y la pasión cabalgando a lomos de nuestros mejores días. A orillas del Guadalquivir sellamos nuestros deseos de eternidad, la estampa de la Mezquita y la alcazaba dominando la firma y dando fe de la solemnidad del momento, los viejos molinos en el río esperando una corriente que entonces nos llevaba en volandas, miradas cómplices y sonrisas felices.
Volvimos a traspasar las fronteras del país, esta vez al norte, amplios bosques rodeando las carreteras y playas defendidas por refugios de la última guerra global. Los compañeros de escapada, mezcla de regiones, intercambio de experiencias, caldo de cultivo para las noches de tertulia, nos mostraron las dificultades de los espacios compartidos. Ellos en esa ocasión, los míos en muchas otras, realzando tu interacción en mi vida, manifestando la disparidad de criterios en la visión social que separarían nuestros caminos. Desde lo alto del monte Igueldo la playa de la Concha reflejaba el sol del mediodía sobre esas aguas del color de tus ojos y la imaginación se perdía en parajes ultramarinos.
Cruzamos ese océano levemente para alcanzar las islas afortunadas, la más negra de esas islas, la menos afortunada de las ocasiones, un pie arrastrado y una frustración ahogada en mañanas sobre las cenizas bañadas por las olas, tardes de excursión a las cuevas excavadas por lava ardiente que se apagaba al unísono de nuestros corazones y noches de refugio en nuestro pequeño apartamento para no gastar lo que no teníamos o lo que queríamos conservar más allá de las pulsiones. Los escorzos selenitas del Timanfaya callaron pesarosos entonces mientras calmábamos nuestras pieles enrojecidas por el sol con aloe y pretendíamos perpetuarnos en las semillas sustraídas cuyos brotes acabarían siendo pasto inverosímil de los gatos.
Entre medias reímos, intimamos, disfrutamos en ese ramillete errante anual que nos llevaba ilusionados ora a degustar vinos persiguiendo escurridizos dinosaurios, ora a deslizarnos con el agua juguetona a través de monasterios de piedras y silencios, ora a conquistar la serranía negra con sus vados, ora a imitar a Carlos I entre cerezos en flor y pimentones picantes, ora a solazarnos con el nacimiento de ese río que habíamos visto morir en Lisboa, ora, por supuesto, como mágico recurrente en nuestra relación, a perdernos por esos bosques abrazados al Ebro y sus molinos, sus mariposas y sus tumbas, sus chuletones y sus iglesias naturales, sus abubillas y sus lirones, sus espectros y sus vacas, imágenes rasgadas con el tiempo...
Y llegó Granada. Crueles cuestas de destinos encontrados que nos elevaban en la espiral de viejas sensaciones y obstinados sentimientos, que nos hundían en el abismo de cercanías desgastadas y hábitos viciados, que nos mostraban una Alhambra colmada de ornamentos pero sin reyes en su interior, Albaicín tomado por los turistas cuyo espíritu flotaba en el mirador mientras San Nicolás negaba con la cabeza toda esperanza. Y llegó Cuenca, casas sujetas por los filamentos que barruntaban el vacío, precipicios que cursaban invitaciones con nuestro nombre y que no fuímos capaces de rechazar, zarajos de nuestras entrañas rodeando los sarmientos que nos mantenían erguidos a duras penas.
Fue entonces cuando la perdiz se posó en esa plaza de soportales y balconadas, en ese castillo vigilando la llanura madrileña, en esas cuevas de vinos afrutados y sentimos que su maldición estaba cercana a cumplirse. Rompimos desesperados nuestro silencio intentando ahuyentarla, no sabíamos bien si a la maldición o a la perdiz, pero ya era demasiado tarde. Con su aleteo acompañaba las lágrimas de la despedida como los delfines escoltan los veleros en sus singladuras.
Tu aversión por las aves encontraba justificación al fin y al cabo y sucumbimos a la maldición sintiéndonos infinitamente desdichados.
miércoles, 23 de mayo de 2007
Nuestro rincón
¿ Dónde sino en la tormenta hallarías un rayo de esperanza ?
¿ Dónde sino en el ocaso buscarías un nuevo amanecer ?
¿ Dónde sino en la sequía saciarías la sed de justicia ?
¿ Dónde sino en el desastre presenciarías los actos más nobles ?
¿ Dónde sino en la amargura paladearías un sabor exquisito ?
¿ Dónde sino en el desorden encontrarías todas las piezas ?
¿ Dónde sino en la calumnia brillaría la verdad desnuda ?
¿ Dónde sino en el estruendo sedarías los oídos maltratados ?
¿ Dónde sino en la tragedia alimentarías el optimismo ?
¿ Dónde sino en el infierno crepitaría de nuevo la llama ?
¿ Dónde sino en la muerte nacerías a otra existencia ?
¿ Dónde sino en el destierro sentirías la mano amiga ?
¿ Dónde sino en la entropía llegarías al equilibrio ?
¿ Dónde sino en el pecado encontrarías la redención absoluta ?
¿ Dónde sino en la desgracia mantendrías tu cálida sonrisa ?
¿ Dónde sino en el vacio surgiría tu figura divina ?
¿ Dónde sino en la vigilia verías tus sueños realizados ?
¿ Dónde sino en tu mirada guardarías mi alegría ?
¿ Dónde, pues, dime dónde ?