Estás muerto por dentro. No reaccionas ante estímulos externos y los internos tiempo ha que enmudecieron. Todo en tu vida se reduce a rutinas inopinadas que debes ejecutar como parte de un plan establecido. No te sales de él. Cumples tu rol de forma exacta pero distas mucho de ser perfecto. ¿ Cuánto tiempo consideras que puedes continuar así ? Ya has conseguido destruir lo que suponía un acicate, un aguijón que, como el de las abejas, ha implicado su propia muerte. ¿ Va a resultar baldía ? ¿ Ni tan siquiera ese acto supremo de generosidad va a recibir, no ya tu premio, si bien tu atención ?
Estás muerto por dentro. Buscas, qué digo buscas, esperas avanzar hacia la felicidad sin moverte, sin exponer nada de tu parte, sin gastar energía en el empeño. Mas paradójicamente te vas consumiendo poco a poco. Has logrado que tu energía no se cree, se destruya y te vaya transformando en un espectro, en un alma en pena, si es que te queda alma, un cuerpo inapetente que sólo sacia sus necesidades básicas según éstas se van produciendo. Llegará un momento en que tampoco respondas a esos apetitos, el hambre te resulte agradable y el frío no repercuta en tus músculos, el sueño y la vigilia se unifiquen en un letargo permanente, la respiración devenga en pesada carga y entonces conseguirás el objetivo que pareces haberte propuesto.
Quieres morirte en vida.
Adelante pues, lo estás haciendo fenomenal, avanzas a pasos agigantados hacia tu propia destrucción pero sembrando el camino de cadáveres suculentos. Eres un lemming que acelera el ritmo sabedor del acantilado cercano pues, a pesar de conocer el destino que en este caso no el azar de la genética sino tu propia voluntad ha elegido, pareces complacido por ello y no dudas en arrasar cuantos obstáculos bienintencionados salen a tu encuentro para impedir el fatal desenlace.
Estás muerto por dentro y quieres igualarte por fuera. Adelante, insisto, no seré yo quien te frene. No quiero perecer a tus pies arrollado por ese ímpetu que te impele la proximidad de tu óbito. No quiero porque, en cualquier caso, tu destino y el mío están ineludiblemente unidos. Por eso te animo, ya que quieres vencer esta lucha. Quizá sea el final que nos merecemos.
El final de todos tus cuentos.
martes, 14 de noviembre de 2006
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
3 comentarios:
Y así, amigo mío, da comienzo una nueva travesía. Buscando entre ríos de letras y mares de palabras felices puertos, impresos horizontes, dejando atrás épocas de páginas vacías y muertes en vida. Te deseo un buen navegar Pablito, ¡quedan mil paraisos por descubrir! Arturo
Pues sí, niños, estos son los cuentos infantiles del tío Pablo. Si os acostumbráis a leer uno cada noche antes de acostaros, de mayores seréis insomnes (como él), grandes conocedores del diccionario (como su amigo Piño), pesimistas habituales (érase una vez Ana), psicópatas en potencia y a veces en acto (sí, Carl, sí), genios locos (¿alguna vez os he hablado de Cris?) o existencialistas de pastel (un tal Ñak).
Si admitís un consejo, seguid el camino de otro colega (Falín le llamaban, así q imaginad el tipo de individuo del que hablo), que fingía escuchar cuando en realidad sólo estaba desnudando chicas en su mente. Sorprendentemente, al final logró una vida estupenda con una mujer maravillosa (Tere, ya sabes donde vivo), un gato y un robot y siempre fue el más feliz de todos. Y el más guarro, pero esa es una historia para otra ocasión.
Eso sí, permaneced atentos a este blog porque el talento, aunque a menudo hagamos todo lo posible por aniquilarlo, permanece y la felicidad, aunque esquiva, siempre acaba por asomar la cabeza. Por tanto, llegará un día en que os asoméis a estos escritos con el ánimo vestido de negro y vuestros ojos conteniendo a duras penas las lágrimas y salgáis de ellos blancos radiantes y llorando a moco tendido. De risa, por supuesto. Y no porque lo leído sea gracioso, que lo será, sino porque ese día habrá resucitado un genio.
Pero...¿este no era el blog de Pablin?¿Por qué hay una parrafada de un tal Ñak contando su vida?
Publicar un comentario