jueves, 8 de mayo de 2008

Ciudad sin ley

Trabajo en una de esas ciudades de la periferia de Madrid que suelen recibir el apelativo de "dormitorio". Este calificativo motivado por albergar en su seno a muchos habitantes cuyo puesto de trabajo está en la capital induce a pensar que son ciudades muertas, donde sólo se reposa tras la jornada. Nada más lejos de la realidad.

En la ciudad donde trabajo los niños pasan pruebas de madurez en su cambio del colegio al instituto. Esas pruebas las realizan los niños mayores que ellos. Se llaman novatadas y provocan pánico en los recién llegados.

En la ciudad donde trabajo no es bueno ponerse en evidencia. Por eso en los institutos no está bien visto que la gente sobresalga por encima de los demás y cree engorrosas comparaciones. Además los compañeros se desmotivan y empiezan a faltar a clase, aunque luego sí estén a la salida para explicarte cómo es la vida real.

En la ciudad donde trabajo se puede conseguir cualquier cosa. No hay distingos superficiales de clase social ya que cualquiera puede disfrutar de un coche último modelo o de una cena en el restaurante más caro del lugar. Para ello se han dispuesto actividades complementarias al trabajo que sirven para compensar esas diferencias económicas. La mayoría son ilegales, eso sí.

En la ciudad donde trabajo también se puede conseguir cualquier cosa porque hay infraestructuras para ello. Cualquier bien de consumo va directo del camión al hogar sin sufrir encarecimientos abusivos por parte de los intermediarios sin escrúpulos que pueblan el territorio patrio.

En la ciudad donde trabajo los coches tienen personalidad propia. Es el motivo por el cual unos días después de salir del concesionario sufren un profundo cambio de imagen exterior y una enérgica revisión de su espiritualidad. Con la renovación ganan en alerones, rayas, diámetro del tubo de escape, caballos o decibelios y pierden su timidez inicial.

En la ciudad donde trabajo las rotondas son meritorias. Todas ellas aspiran a convertirse en curvas de algún circuito famoso, por lo que aceptan de buen grado los giros intempestivos de sus conciudadanos. Salir de ellas de una pieza también es meritorio, sí...

En la ciudad donde trabajo los sitios de aparcamiento están muy cotizados. Eso provoca que cuando se encuentra uno vacío sea agasajado colocando el coche en doble fila para que nadie lo utilice sin el debido respeto. Ese gran valor ha provocado que, en los últimos tiempos, se intente dotar de tal categoría a cualquier acera, paso de cebra, punto limpio o mediana.

En la ciudad donde trabajo la música es muy importante. Desde pequeños se intenta pulir el oído a los niños no sólo con palabras de mucha sonoridad que puedan repetir a sus amiguitos sino también con demostraciones contundentes del uso de los auriculares. No hemos de despreciar la contribución inestimable aquí de las radios de los coches.

En la ciudad donde trabajo las niñas llevan tanga. Esa prenda de exigua tela que, curiosa paradoja, se creó para pasar desapercibida y sin embargo surge a cada instante, invade los armarios de las adolescentes desterrando a las tradicionales braguitas como el mejillón cebra conquista nuestros ríos.

En la ciudad donde trabajo las mujeres se consideran niñas hasta bien pasados los sesenta. Si este hecho lo unimos al punto anterior, la invasión es tan agresiva como la del molusco bivalvo antes mencionado y, sin duda, de terribles consecuencias para la salud visual.

En la ciudad donde trabajo los perros son parte de la familia. Se los acaricia, se los cuida, se los mima, se los pasea con orgullo, se los disfruta a cada instante y por eso las razas más apreciadas son aquéllas reconocidas por su bondad y buen talante como pitbulls y dogos argentinos. Animalitos...

En la ciudad donde trabajo la fuerza es una cualidad imponderable. Sin menoscabar por ello la capacidad de persuasión de una buena explicación, una demostración rápida de la versatilidad del binomio triceps-nudillos puede terminar con las tediosas réplicas que aquélla provocaría.

En la ciudad donde trabajo los ojos son poderosas armas de seducción. Sus variados colores, desde los azules celestes al negro azabache pasando por los verdes aguamarinas o los castaños casi melifluos, y sus usos insinuantes con caídas de ojos o leves guiños suelen encerrar un delicioso placer sensorial. Siempre que los poses en la persona adecuada, claro, ya que, como con otras armas, te pueden requerir el permiso para su tenencia y uso y, antes de tu tediosa explicación, tirar de binomio.

En la ciudad donde trabajo existe la igualdad de género para las cosas importantes. No juzgues demasiado alegremente quién ha entrado así en la rotonda o si puedes liarte con ese atractivo muchacho aunque esté emparejado. Afortunadamente cualquiera, hombre o mujer, puede tirar de binomio.

En la ciudad donde trabajo existe la propiedad privada. Esa privacidad es inversamente proporcional a la edad de los poseedores, de tal suerte que cuanto más jovencitos son en la relación, más gruesos son los muros construidos alrededor de la pareja con el fin de evitar contactos, sonrisas, miradas o conversaciones consideradas indebidas. Es decir, todas.

En la ciudad donde trabajo la información es un derecho inherente al ciudadano. Existen por ello canales informativos de eficacia comprobada que impiden con rotundidad que el más mínimo detalle de la vida de uno sólo de los vecinos pueda perderse y no ser escrupulosamente juzgado por los demás.

En la ciudad donde trabajo ser un cotilla está terminantemente prohibido. Cualquier persona que, antes de avanzar el secreto inconfesable o el desliz bochornoso de su confidente, no reniegue de forma taxativa de esta repugnante tarea recibe el gesto reprobatorio de sus decepcionados vecinos. Pero que lo cuente, claro.

En la ciudad donde trabajo todo el mundo es obrero. Ha sido así desde que era un pequeño municipio que iba creciendo al calor de las muchas industrias que venían desde Madrid hasta ahora que no queda suelo para construir en todo el término municipal. Nadie sabe cómo carajo gana el PP las elecciones.

En la ciudad donde trabajo, en esta ciudad pequeña pero congestionada, con calles estrechas y aún casitas bajas condenadas a desaparecer con sus dueños para dejar paso a edificios altos e impersonales, en esta ciudad receptora dominada por la inmigración de europa oriental que tan encontradas posturas suscita, en esta ciudad creciente que observa irse a sus jóvenes a los pueblos de la alcarria al no poder comprarse aquí un piso por los precios desorbitados que se piden, en esta ciudad consciente de sus errores y orgullosa ante sus aciertos, en la ciudad donde trabajo y sus gentes viven, surgen ahora los desmanes de quienes debían protegerlos, de quienes debían demostrarles la justicia de las leyes, de quienes debían defenderlos ante los ataques de los malvados, de quienes debían terciar en sus disputas, de quienes debían agradecer con su dedicación que les paguen su buen sueldo, de quienes quizá han provocado que sea lo que, a veces, es.

Una ciudad sin ley.

lunes, 18 de febrero de 2008

La policía no es tonta

En este nuestro querido país hay mucha gente con un concepto negativo de las fuerzas de seguridad. Sea por un pasado demasiado cercano de abusos y brutalidad, sea por nuestra ancestral costumbre de burlarnos de la autoridad, sea por la escalada de inseguridad que pone en duda su eficacia, la cuestión es que guardias civiles, policías nacionales y municipales son vistos con aprensión y suspicacia. Lo cual no impide que reclamemos continuamente un aumento de sus dotaciones en nuestras calles cuando la delincuencia golpea con una frecuencia o una violencia que nos inquietan o conmueven.
En este contexto considero que el siguiente documento puede ayudar a que maticemos esa imagen peyorativa de, al fin y al cabo, personas que velan por nuestra seguridad poniendo en peligro su propia integridad:

Un guardia civil del servicio de inteligencia especializado en delitos de drogas espera a las puertas de un bar a que el dueño, sospechoso de tenencia y tráfico de estupefacientes, cierre su local para detenerle y llevarle hasta su casa para un registro. Para ello cuenta con la orden del juez de la Audiencia Nacional, el cual está dirigiéndose en esos momentos a la casa del sospechoso junto con un teniente de la Guardia Civil para dirigir personalmente dicho registro.
Una vez el sospechoso echa el cierre y, tras esposarle y convertirle en detenido, se dirigen ambos hacia el coche oficial situado en doble fila unos metros más adelante de la fachada del bar para no levantar suspicacias entre sus clientes. Al llegar a él lo encuentran subido en una grúa municipal bajo la atenta mirada de dos policías locales. El guardia civil se dirige a ellos.
- Buenas noches, soy agente judicial de la guardia civil en misión oficial. ¿ Haríais el favor de bajar el coche ?
El policía local, visiblemente enfadado, le responde.
- Ya no lo puedo bajar. Es que siempre vais avasallando, con eso de que vestís de calle os creéis que podéis hacer lo que os da la gana.
-¿ Perdón ? Te repito que estoy en misión oficial con un detenido y que hagáis el favor de bajar el coche porque tengo prisa.
- Este coche estaba mal aparcado y por eso nos lo llevamos.
- ¿ Me estás vacilando ? Mira, tengo a un juez yendo a la casa del detenido para un registro y no puedo perder el tiempo en tonterías. Baja el coche de la grúa de una vez.
- Me da igual lo que estuvieras haciendo, es tu día de mala suerte. Al detenido te lo llevas si quieres pero el coche se queda aquí.
- Te estoy diciendo que un superior mío y un juez de la Audiencia Nacional se dirigen a casa de este hombre para un registro. Necesito llevarlo allí y para eso me tienes que dar el coche - dirigiéndose al conductor de la grúa -. Baje el coche de una puñetera vez.
El policía local, ya con malos modos.
- El coche no va a ningún sitio. Estaba en doble fila y nos lo llevamos. Una vez en la grúa ya no lo puedo bajar.
A todo esto el detenido, completamente descojonado, sugiere al guardia civil que, como la cosa va para largo, le suelte y ya harán lo del registro otro día. El guardia civil, con un cabreo de órdago a la grande, le dice que se calle, que se suba al coche y, cogiendo el móvil, llama a su teniente.
- Mi teniente, una pareja de policías locales retienen mi coche y se niegan a devolvérmelo, por lo que estoy en la calle con el detenido sin posibilidad de llevarlo a su casa.
Tras oír la explicación, el juez coge el móvil y le dice al guardia civil que ahora mismo van para allá y que detenga a los dos policías municipales por obstrucción a la justicia, todo ello aderezado con una suerte de improperios que un blog respetuoso como este no se atreve a reproducir.
Tras colgar, el guardia civil se dirige a los policías locales.
- Haced el favor de darme las armas reglamentarias y poneros vuestros grilletes que estáis detenidos.
Los dos policías locales se empiezan a partir de risa.
- ¡ Qué dices ! No puedes detenernos...
- Tengo una orden del juez de deteneros por obstrucción a la justicia. Haced lo que os digo y no montéis el numerito, que estamos en plena calle Alcalá.
Porque, a todo esto, la escena se desarrolla en la calle más popular de Madrid.
- A mí no me vas a detener.
- Haz el favor de no poner las cosas más difíciles. Sed sensatos que en un momento está aquí el juez y os vais a complicar la vida.
En ese momento, el policía local recapacita y considera cómo puede recuperar la iniciativa de la situación. Y halla la respuesta. Se dirige al coche patrulla y pide refuerzos, de tal suerte que en un momento aparecen dos coches patrulla más. En ellos viene un sargento de la Policía Local. Cuando el guardia civil confirma que no sólo no van a cooperar sino que vienen más policías, los ojos se le salen de las órbitas. Otro que las está pasando canutas es el detenido dentro del coche subido en la grúa, cuya risa compulsiva está a punto de provocarle un colapso.
El sargento, intentando quitar hierro a un asunto que ha llegado demasiado lejos, toma la palabra :
- Siento mucho lo ocurrido. Todo ha sido un lamentable error, los muchachos han entendido mal la situación. Ahora mismo bajan el coche y aquí no ha pasado nada.
- Me temo que ya es tarde. Tengo una orden del juez de detenerlos por obstrucción a la justicia, así que ellos se quedan conmigo si hacen el favor de darme las armas y ponerse los grilletes.
- ¿ Cómo que tienes una orden judicial ?
- ¡¡¡ Si se lo he dicho tres veces a ellos !!! Estoy en misión oficial con este detenido al cual llevaba a su casa para un registro con el juez de la Audiencia Nacional. Al no bajarme el coche de la grúa he llamado a mi superior y el juez me he dado orden de detenerlos.
- ¡ No fastidies !
En ese momento llega el coche con el teniente y el juez de la Audiencia Nacional, el cual sale del vehículo como un miura del encajonamiento.
- ¿¡ Dónde están esos dos anormales !?
El sargento de la Policía Local se dirige al juez.
- Soy el sargento a cargo de estos hombres, estoy a su...
- A usted no le quiero ni ver, lárguese de aquí ahora mismo. ¿¡ Dónde están esos dos anormales !?
Una vez se enfrenta a los dos policías locales, que en esos momentos no sienten correr la sangre por sus venas, tras taladrarlos con la mirada, ordena su detención.
- Les voy a procesar por obstrucción a la justicia. Me voy a encargar de que les suspendan de empleo y sueldo y les abran un expediente para expulsarles del cuerpo de policía. Y por de pronto se van detenidos a los calabozos de Plaza de Castilla para que, cuando termine el registro que estaban ustedes impidiendo, les tome declaración yo personalmente.
Y dirigiéndose al conductor de la grúa le ordena que baje el coche inmediatamente. Éste, temiendo que el asunto le salpique, comienza a bajarlo mientras se deshace en explicaciones.
- Yo sólo cumplía órdenes, señoría, nada más desempeñaba mi función, de haber tenido capacidad de...
- Cállese y márchese si no quiere dormir también en la celda.
Así que llegamos al desenlace del suceso con los dos coches camino de los juzgados de Plaza de Castilla, en uno teniente y juez despotricando sobre los inútiles que han entrado en las policías locales en las últimas remesas, en el otro el guardia civil con los tres detenidos, los policías locales flanqueando al sospechoso de tráfico de drogas socarrón.
- Cuando cuente esto yo en el talego, no me van a creer. Si parezco Jesucristo crucificado con los dos ladrones a sus costados...

Ya lo cantó Sabina, mucha mucha policía...

domingo, 16 de septiembre de 2007

Volverás a Hontanazor

Sirva parafrasear a Benet como saludo y a la vez deseo después de estos meses de silencio literario. En efecto, por diversos motivos Hontanazor ha estado en vigilia pero promete volver por sus fueros, máxime cuando ha sido amenazado con desaparecer de la lista de favoritos de algunos de sus habituales visitantes. Si tenemos en cuenta que en google no aparece su dirección a pesar de no haber ninguna otra entrada con nombre parecido, el problema podría ser acuciante, vamos, que podría caer en el peor de los escenarios, el olvido.
En esta etapa habrá hueco para, sin abandonar el carácter literario que motivó su nacimiento, aumentar su ámbito de actuación y para ello estoy estudiando la introducción de fotografías o el cobro de una tasa ( total, si en Croacia te cobran por autopistas de peaje que aún no están hechas por qué no voy yo a lucrarme con una página gratuita ) si bien esto último, aún siendo ciertamente apetecible, no lo veo sencillo de materializar ( no os voy a mentir, no soy capaz de meter fotos, así que imaginaos...). En cualquier caso he organizado las entradas bajo etiquetas comunes para mayor facilidad en su localización ( creo que ese es su objetivo ) y estoy trabajando en la creación de nuevas trilogías.
Siempre me ha resultado indescifrable el misterio de la estadística. Sé que es una herramienta muy útil para un montón de actividades relacionadas con la organización, la distribución, la publicidad o el consumo, pero yo no entiendo cómo le pueden dar valor a sus conclusiones. Y me voy a explicar. Resulta que existe una probabilidad entre catorce millones de que te toque la primitiva y una entre cincuenta y siete millones de que ganes el euromillón. Se conocen cien casos en el mundo de linfodermatitis seborreica atópica infraescrotal, lo cual si tomamos seis mil millones como cifra de habitantes de la tierra, da una cifra de sesenta millones contra uno la probabilidad de tener ese maldito grano en los huevos. Bueno, pues de tocarte te toca el grano. Fijo.
Y si no me creéis, echad la cuenta de todas aquellas personas que conocéis que tienen una enfermedad de esas rarísimas de las que sólo hay ocho casos más en todo el planeta y comparadla con los que conocéis que se hayan forrado con la lotería. Pues eso es la estadística.
Viene esto a colación de que este verano se han quedado sin vacaciones más de la mitad de los españoles. Sabiendo eso y que yo nunca he sido Marco Polo, ¿ cuál creéis que era la probabilidad de que yo hubiera viajado en el estío ? Pues otro dato más para defenestrar a la estadística. De hecho he estado cerquita de la que se acepta como patria de tan insigne viajero, la isla de Korkula, y no parece muy descabellada la pronta publicación de una trilogía croata que responderá al sugerente nombre de "Aventuras en la Frasca"...
Espero que todas las experiencias recogidas sirvan para revitalizar el blog y que con las nuevas historias e historietas disfrutéis y, esa puede ser otra de las grandes novedades, os riáis mucho. Un abrazo desde Hontanazor.

lunes, 25 de junio de 2007

La maldición de la perdiz

Llegábamos a la tierra de Pizarro sin la sospecha de que marcaría nuestro destino. Nuestros pasos remontaban las calles al encuentro del castillo, hierática figura en el horizonte de la tierra extremeña, descubriendo rincones de aséptica belleza. La mirada se perdía entre las nubes para recabar en el perfil adolescente de la nueva compañía. Chispas de satisfacción, chispas de ilusión. El paseo aligeraba los estómagos y reconfortaba los espíritus. Entramos en el restaurante deseosos de calmar el hambre, prolongar el éxtasis, someter al propio deseo. Pero tú pediste perdiz. Y el destino falló en nuestra contra.
El viejo cogollo de la ciudad, patrimonio de la humanidad, con sus callejas estrechas y sus rincones encantadores se iba quedando en penumbra según el sol saludaba otras latitudes. Con la oscuridad también crecía tu desasosiego, tu malestar físico, el germen de la agonía. Y decidiste escapar de sus penurias. Pero esa huida tuviste que hacerla sola, no hubo abrazo comprensivo, la soledad adueñada de tu cuarto en la pensión. Pasaste miedo, angustia, desesperanza, sobre todo decepción. Mi regreso no calmó esas sensaciones, más bien al contrario.
El día siguiente fue largo en la capital extremeña. El puente sobre el Guadiana mostraba unos ojos velados por el agua, tu reflejo en su milenaria silueta. El teatro, el circo, las villas, los templos...se disputaban tu tristeza y la duda razonable. Tu cuerpo seguía con su batalla mientras la cabeza sufría con la suya. Amplios mosaicos de colores entrelazados componiendo una imagen indeseada.
El tiempo desplegó sus alas polvorientas y nos encontró de nuevo sobre el puente, muerte del Tajo esta vez, regalando nuestra vista con los planos superpuestos de los abigarrados barrios de Lisboa. Ciudad portuaria, puerta de entrada a un mundo nuevo, tu cuerpo y el mío sabiéndose uno. Sus calles empinadas revelaban secretos de alcoba mientras mis dedos ensortijaban tu pelo ondeando con la brisa de la costa. Esos pasos sobre el alambre de la muralla sortearon la caída al vacío que no supo, más adelante, evitar nuestro mundo.
La procesión tras los troncos por la carretera de montaña preludió nuestra llegada a la universidad más antigua de Portugal. De nuevo entonces se rebelaron tus entrañas y hubimos de hacerles caso, no sin porfiar antes por su conveniencia. Largas horas de espera en una ciudad sin noche, en una noche sin música, en una música desacompasada. El sueño interrumpido por el paso del tren y los ladridos indignados del cachorro abandonado nos devolvieron a la vida diaria de esperanzas y rutinas.
No queríamos caldo pero tomamos dos tazas, la tercera quedó para un futuro ahora oscurecido. LLegaba después del desencuentro de la playa, morros tú, concha yo, largos paseos bajo el sol abrasador de la lucha de poder. Y las dudas viajaban a casi doscientos por la autopista, el pánico en tu cara reflejado y mi indecisión envuelta en las olas del Atlántico. Tacita de plata, gambas de Sanlúcar, pescaíto en Romerijo endulzando el viaje que, finalmente, no tuvo parada en el sur adonde volveríamos celebrando nuestras victorias sobre el tiempo.
Como la lograda ante Medina Azahara, ruinas majestuosas de un pasado milenario, demostración ostentosa del lujo y la pasión cabalgando a lomos de nuestros mejores días. A orillas del Guadalquivir sellamos nuestros deseos de eternidad, la estampa de la Mezquita y la alcazaba dominando la firma y dando fe de la solemnidad del momento, los viejos molinos en el río esperando una corriente que entonces nos llevaba en volandas, miradas cómplices y sonrisas felices.
Volvimos a traspasar las fronteras del país, esta vez al norte, amplios bosques rodeando las carreteras y playas defendidas por refugios de la última guerra global. Los compañeros de escapada, mezcla de regiones, intercambio de experiencias, caldo de cultivo para las noches de tertulia, nos mostraron las dificultades de los espacios compartidos. Ellos en esa ocasión, los míos en muchas otras, realzando tu interacción en mi vida, manifestando la disparidad de criterios en la visión social que separarían nuestros caminos. Desde lo alto del monte Igueldo la playa de la Concha reflejaba el sol del mediodía sobre esas aguas del color de tus ojos y la imaginación se perdía en parajes ultramarinos.
Cruzamos ese océano levemente para alcanzar las islas afortunadas, la más negra de esas islas, la menos afortunada de las ocasiones, un pie arrastrado y una frustración ahogada en mañanas sobre las cenizas bañadas por las olas, tardes de excursión a las cuevas excavadas por lava ardiente que se apagaba al unísono de nuestros corazones y noches de refugio en nuestro pequeño apartamento para no gastar lo que no teníamos o lo que queríamos conservar más allá de las pulsiones. Los escorzos selenitas del Timanfaya callaron pesarosos entonces mientras calmábamos nuestras pieles enrojecidas por el sol con aloe y pretendíamos perpetuarnos en las semillas sustraídas cuyos brotes acabarían siendo pasto inverosímil de los gatos.
Entre medias reímos, intimamos, disfrutamos en ese ramillete errante anual que nos llevaba ilusionados ora a degustar vinos persiguiendo escurridizos dinosaurios, ora a deslizarnos con el agua juguetona a través de monasterios de piedras y silencios, ora a conquistar la serranía negra con sus vados, ora a imitar a Carlos I entre cerezos en flor y pimentones picantes, ora a solazarnos con el nacimiento de ese río que habíamos visto morir en Lisboa, ora, por supuesto, como mágico recurrente en nuestra relación, a perdernos por esos bosques abrazados al Ebro y sus molinos, sus mariposas y sus tumbas, sus chuletones y sus iglesias naturales, sus abubillas y sus lirones, sus espectros y sus vacas, imágenes rasgadas con el tiempo...
Y llegó Granada. Crueles cuestas de destinos encontrados que nos elevaban en la espiral de viejas sensaciones y obstinados sentimientos, que nos hundían en el abismo de cercanías desgastadas y hábitos viciados, que nos mostraban una Alhambra colmada de ornamentos pero sin reyes en su interior, Albaicín tomado por los turistas cuyo espíritu flotaba en el mirador mientras San Nicolás negaba con la cabeza toda esperanza. Y llegó Cuenca, casas sujetas por los filamentos que barruntaban el vacío, precipicios que cursaban invitaciones con nuestro nombre y que no fuímos capaces de rechazar, zarajos de nuestras entrañas rodeando los sarmientos que nos mantenían erguidos a duras penas.
Fue entonces cuando la perdiz se posó en esa plaza de soportales y balconadas, en ese castillo vigilando la llanura madrileña, en esas cuevas de vinos afrutados y sentimos que su maldición estaba cercana a cumplirse. Rompimos desesperados nuestro silencio intentando ahuyentarla, no sabíamos bien si a la maldición o a la perdiz, pero ya era demasiado tarde. Con su aleteo acompañaba las lágrimas de la despedida como los delfines escoltan los veleros en sus singladuras.
Tu aversión por las aves encontraba justificación al fin y al cabo y sucumbimos a la maldición sintiéndonos infinitamente desdichados.

miércoles, 23 de mayo de 2007

Nuestro rincón

¿ Dónde sino en el silencio oirías sublimes melodías ?
¿ Dónde sino en la tormenta hallarías un rayo de esperanza ?
¿ Dónde sino en el ocaso buscarías un nuevo amanecer ?
¿ Dónde sino en la sequía saciarías la sed de justicia ?
¿ Dónde sino en el desastre presenciarías los actos más nobles ?
¿ Dónde sino en la amargura paladearías un sabor exquisito ?
¿ Dónde sino en el desorden encontrarías todas las piezas ?
¿ Dónde sino en la calumnia brillaría la verdad desnuda ?
¿ Dónde sino en el estruendo sedarías los oídos maltratados ?
¿ Dónde sino en la tragedia alimentarías el optimismo ?
¿ Dónde sino en el infierno crepitaría de nuevo la llama ?
¿ Dónde sino en la muerte nacerías a otra existencia ?
¿ Dónde sino en el destierro sentirías la mano amiga ?
¿ Dónde sino en la entropía llegarías al equilibrio ?
¿ Dónde sino en el pecado encontrarías la redención absoluta ?
¿ Dónde sino en la desgracia mantendrías tu cálida sonrisa ?
¿ Dónde sino en el vacio surgiría tu figura divina ?
¿ Dónde sino en la vigilia verías tus sueños realizados ?
¿ Dónde sino en tu mirada guardarías mi alegría ?
¿ Dónde, pues, dime dónde ?

domingo, 25 de marzo de 2007

La esfera

Miro mi mano. Sobre mi mano el mundo. Sobre los dedos la perfección de la esfera. En ella todo encerrado barrunta una salida. La mano se vence ante el peso de la historia. Pero los ojos siguen firmes.
Debajo las palabras toman cuerpo. Luchan por plasmarse con el eco de la tinta. Y dialogan con el aire, con la sangre y con las lágrimas. De esa mezcla surge la melancolía. Que se plasma sin plasmarse. Que existe sin sufrir por lograrlo. Que no sabe de principios ni finales. Se derrama suavemente para impregnar las sensaciones de las falacias mil veces recordadas. Lo consigue a pesar de la razón. Se comporta como ese galán que, técnica impecable, siempre engaña a la más guapa. Y también a la más lista. Juega con una carta marcada. La carta de lo inevitable. Él lo sabe. Ella lo sabe. Tú lo sabes. Pero no hay escapatoria, es una jugada ganadora. Del galán intentas aprender, de la melancolía te emborrachas. ¿ Y cuándo llegará la resaca ?
Malditas palabras melancólicas. Manchan la hoja de un sucio añil vetusto preñado del encanto de la eficacia. Cumplen su función con la certeza del óxido. Un nacimiento brillante para un ocaso corroído. Entre medias el vuelo del urogallo. Se eleva para ser abatido. Tampoco alcanzan mucha altura. Ni el urogallo ni las palabras. La melancolía, quién sabe. El espíritu de un hombre intenta separarse de su felonía. Pero la huída quizá sea hacia abajo. ¿ Acaso lo malo siempre tiene que colonizar las profundidades ? Pues así mal vamos los olvidados por el calcio.
Reino melancólico. Súbditas palabras. Leyes subordinadas a un estado de ánimo. Y de fondo un paisaje lunar. Como Lanzarote. ¿ Y si coges tu espada y reescribes la historia, amenazas el presente, degüellas el pasado y arrostras el futuro con las riendas de tu caballo sujetas con firmeza, la cabeza bien erguida y el semblante recio de las grandes aventuras ? No era esa la referencia. La isla. Pues ya estamos de nuevo. Reino melancólico.
Los ojos se elevan hacia la esfera. El reflejo les devuelve su inquietud. las mejillas marcadas. La nariz ancha. La barbilla que apunta insolente hacia los dedos. Y la mano que sostiene la esfera. Como cuando sostiene la pluma. El mundo, entonces, suspendido, en suspenso y con suspense. Como los relatos impregnados de melancolía. Melancolía y suspense. Una combinación que rezuma pesadumbre. ¡ Gran paradoja pues ! Un final perfectamente predecible. Una trama salpicada por la melancolía. Una aspiración al suspense. La cuadratura del círculo. El volumen de la esfera que tienes en las manos. Siempre en relación con el cilindro que la circunscribe. Arquímedes, protagonista de un relato. Y la muerte que sobrevuela su cabeza.
Sobre la tuya la esfera. Vigilando las palabras. Observando su flujo de la mente al papel. Y sorprendiéndose con la refriega. Aparecen nuevos personajes. La alegría y la esperanza. No tienen mucha fuerza. Aún no pueden con las vacas sagradas. Pero rebullen. Y el ruido despereza a los sentidos. Se espera a la furia. La que rompe los esquemas. Ruido y furia. Perfecto para un idiota que quiere recuperar el camino. Ruido y furia. Alegría y esperanza. Nostalgia y melancolía. Jinetes y caballos peleando por un hueco en la posteridad.
Escher se mantiene en el suyo. Allá arriba. Sus ojos, su mirada, su mano, su esfera, tus palabras. Un nuevo ciclo vital que intenta arrasar con la melancolía. Ésta aún se siente fuerte. Pero ya oye los clarines. Ya siente el paso de la infantería. Ya se eriza su cabellera de recuerdos sofocantes. Esta batalla la intuye perdida. Sólo falta que te lo creas tú. Que regrese la vida con sus subidas y sus bajadas. Sí, también con sus subidas. con la alegría y la esperanza.
Esa es tu esfera. La del ciclo vital que empieza. La de los ojos curiosos ante el porvenir. La del gesto esperanzado por la alegría de vivir. La de las manos abiertas al discurrir de los acontecimientos. La que sujeta Escher mientras vigila las palabras nacientes. Su rostro serio contrasta con la sonrisa del escritor. Esa sonrisa que delata un estado de ánimo. Una batalla que se inclina a tu favor. ¡ Suenen ya las trompetas ! Caerán entonces los muros de Jericó. Tras ellos, la verdad inexorable. La contenida en la sonrisa.
Sonrisas y palabras. La cuadratura del círculo. Y la esfera refleja, en lo alto, un rostro feliz.

miércoles, 7 de marzo de 2007

Una salida digna

Nunca pensé que te pudieras venir abajo de esa manera. Cuando acudí en busca de tu ayuda, seducido por la firmeza de tus convicciones, jamás imaginé que tenían los pies de barro y que un par de olas arrasarían con su solidez. Ahora la solución que me planteas quizás sea tu única salida digna para este callejón en que nos hallamos. Pero antes de tomar una decisión deja que me desahogue, por favor.
Sí, lo sé, nunca creíste en el amor. Lo repetías hasta la saciedad, intentando utilizarlo como coraza para cualquier intromisión afectiva en tu ámbito intelectual. Con decir eso considerabas que tenías todo bajo control, que el poder de tus palabras domeñaría la fuerza de la pasión como la música amansa a las fieras. Que el mero hecho de negar su existencia provocaba ineludiblemente que se cumpliera tal premisa obviando que las cosas no existen porque tú lo creas, que tus axiomas no condicionan el mundo exterior pero en cierta manera sí que te condenan a ti.
Realmente nunca entendí qué te llevó a sostener esa sentencia. La vida tampoco te había tratado tan mal en ese aspecto o al menos te trató como tú misma la empujaste a que lo hiciera. La excusa de los desengaños sólo sirve a los mediocres que se pierden entre las raíces, puesto que sólo se deja de creer en lo que no existe, no en aquello que nos hace sufrir por la intensidad de sus certezas. En ese caso no se cae en el escepticismo sino en el miedo, en el temor a no poder controlarlo, el pánico a que se escape de las manos como el agua de mar que ingenuamente se recoge para endurecer los muros del castillo y que al llegar junto a la construcción ha desaparecido entre los dedos.
Imagino que a eso te referías con tu afirmación. En realidad temías que el amor terminara por dominarte, que se convirtiera en el motor de tus decisiones, que perdieras ese halo superior de independencia tan irreal que únicamente servía para engañarte. Y ese pánico te impedía comprender y disfrutar los aspectos mágicos de ese estado letárgico y maravilloso donde ves con unos ojos extraños, oyes gracias a unos oídos distintos y sientes a través de una piel diferente.
Yo sin embargo no podía sustraerme de esos encantos, bien que lo intentaba, luchaba encarecidamente por escapar del capricho, del detalle sutil, de la sonrisa franca, pero no tenía tu fuerza, al menos la fuerza que te suponía y que ahora te ha abandonado abocándonos a un final dramático. Quizá sea el motivo de mi decepción, que hayas menospreciado sistemáticamente mi debilidad, socavando de continuo cada pequeña alegría en aras de la seguridad propia, limitando las posibilidades de felicidad por ínfimas que fueran para acabar a los pies de los caballos, conquistado por su fuerza en el peor momento y con las condiciones más adversas.
¿ De qué te sirve ahora esa actitud defensiva ? Tan solo te ha evitado historias fantásticas, experiencias enriquecedoras y seguramente cotas superiores de felicidad. ¿ Hipotecado todo por prevenir un desenlace indeseado ? Me recuerda al pobre infeliz que no quiere viajar porque luego el regreso a la rutina producirá un mayor sufrimiento que prefiere ahorrarse. Así te comportabas tú, timorata ante el amor por miedo al desamor. Y yo aceptando tus decisiones tras tragarme mi orgullo, esconder los sentimientos y actuar con una frialdad que no sentía. Todo para acabar de este modo.
En el fondo debería sentirme satisfecho de un final así que reafirma lo que yo venía sospechando, que mis argumentos tienen mayor peso que los tuyos, que mi propia verdad es mil veces más valiosa que la tuya, que las decisiones basadas en mi criterio nos transportan a la felicidad en primera clase mientras que tus preceptos viajan en turista. Pero no puedo soslayar que tu fracaso ha provocado el mío también, que las heridas abiertas ya no cicatrizan igual y que quizá me he sustentado estos últimos tiempos en tu firmeza para no admitir que el sufrimiento socavaba mis cimientos y que ya no tengo claro si me mantengo de pie, levito sobre el suelo o simplemente le echo un pulso a la gravedad que sonríe ante mi atrevimiento contando los segundos que restan hasta mi derrumbamiento.
En realidad estoy siendo injusto contigo, se ha adueñado de mi frustración ese maniqueísmo tan antiguo que sostenía que las decisiones entre nosotros no pueden ser consensuadas, que uno de los dos debía salir victorioso arrastrando las razones del derrotado como el torrente se lleva las ramitas caídas en el cauce cuando la realidad se obstina en contradecir tal adagio, cuando somos simples marionetas en este juego de amar y ser amados que te coloca sobre un tablero saturado de fichas y dados, sin reglas ni normas establecidas y espera que tomes las riendas de tu partida, esas riendas que son los hilos que sujetan la marioneta y por tanto jamás puede uno mismo controlar, si acaso te ahorcan en el intento de levantar la cabeza para descubrir al titiritero.
Y esa es la solución que me propones tras sucumbir a tu propia negligencia. Siempre sospeché que detrás de tanta convicción se escondía la debilidad asustada ante el golpe de gracia, esa fragilidad temerosa de encontrar la horma de su zapato, pero no imaginaba que, desnuda la realidad, tu solución se reduciría a desaparecer. Quizá sea el único remedio a la destrucción de los valores, una vez todo el andamiaje se viene abajo la salida digna es marcharse tras pedir perdón y reconocer que uno estaba equivocado. Pero eso es comprensible tratando sobre leyes físicas, sobre teorías científicas que existen para ser superadas, para que un estudio posterior demuestre que el mundo hasta entonces había sido erróneamente explicado y se jacte de una verdad que durará hasta el siguiente congreso, no, se trata del amor, ese inmenso ave que sobrevuela nuestra dimensión batiendo las alas con un ritmo acompasado, gorjeando satisfecho y variando su dirección según el capricho del Viento, así con mayúsculas, esa fuerza superior que tira los dados del juego, que maneja los hilos, que empuja al ave a tomar tierra o a coquetear con las nubes pero jamás le permite descanso. Y en el amor se lucha. Ahora que has sucumbido a sus encantos y todos tus razonamientos pierden fuerza uncidos por la sencillez de los sentimientos, ahora que me cedes el protagonismo, el cual quizá jamás hube de entregarte, pues reconoces que no te sabes manejar bien en ausencia de la lógica, ahora que las neuronas que te componen y dan forma chocan violentamente con un cosmos abandonado a la suerte de los poetas, los quiméricos y los desolados, ahora es cuando deberías presentar batalla pero no te atreves, cuando deberías pelear por esa persona amada hasta la extenuación mas te rindes sin impulso rebelde alguno, cuando mucho más amargo que no sentirse correspondido sería salir derrotado por el miedo al rechazo, al fracaso, a la decepción, si bien tú prefieres la amargura.
Y entonces quieres morir, morir de desamor, me propones que nos vayamos con la música a otra parte, que una dosis suficiente de pastillas termine con esta preocupación. Esa es tu salida digna, elegante, la más pensada y racional de cuantas has sopesado según tus palabras. Para esto sí me pides opinión. Imagino que será porque el primero en sufrir con la sobredosis seré yo, que comenzare a fibrilar hasta que no soporte más y mis fibras musculares se colapsen pudiendo llegar a romperme por la mitad. Entonces dejaré de bombear sangre y ahí llegará tu final, dulce, sosegado, tus neuronas apagándose por falta de riego, como el atardecer que se despide del sol, pero en este caso sin esperar un reencuentro al alba.
Quizá sea esa metáfora que tanto llevas buscando, un final con el corazón partido en dos y la mente extinguiéndose en la lejanía.