No suelo contar anécdotas personales en este blog ( si dejamos a un lado que esta bitácora es en sí una gran anécdota ) pero esta noche he vivido una experiencia que es preciso que transmita.
Volvía yo en el autobús nocturno de la línea 2 de metro ( el cual por cierto sólo llega hasta Ventas a pesar de que el metro de La Elipa lleva abierto ya quince días, misterios de la gestión política ) después de una velada muy agradable a pesar de mis dolencias físicas ( bueno, y de sufrir los inconvenientes del bricolaje interprovincial ), cuando en la calle Gran Vía se ha subido un hombre al que echo unos cuarenta años, metro ochenta, rostro afable, ademanes nerviosos algo amanerados y la sensación de no saber muy bien si tomaba la dirección adecuada. Tras preguntar al conductor si pasaba por la calle O´Donnell y no quedar excesivamente convencido con la respuesta, se ha sentado en el asiento anterior al mío, se ha girado y me ha interpelado.
- ¿ De dónde viene este autobús, girando donde ha girado ?
- Viene por San Bernardo, su inicio está en Cuatro Caminos.
El hombre ha asentido con la cabeza, mirando hacia adelante y jugueteando con un papel entre los dedos que, en una mirada rápida, me ha dado la impresión de ser un plano del metro ( cerrado, por supuesto, que si hubiera estado abierto no iba yo tan borracho como para no haberlo reconocido ). De inmediato ha vuelto a girarse hacia mí y, con una voz queda que me costaba oír por el traqueteo del vehículo, ha iniciado el diálogo que os relato a continuación :
- ¿ Y a ti te merece la pena ?
- ¿ Perdón ?
- Si te merece la pena volver a estas horas.
Recuperado de la sorpresa y pensando que iba a escuchar un discurso de buenas costumbres aderezado con sentencias morales ( el otro día me entraron dos señoras de los testigos de Jehová que me dieron candela y cada vez que se me acerca alguien desconocido ya erizo el lomo como los perros apaleados ) he intentado ser cortés.
- No lo suelo hacer a menudo.
- Ya pero ahora ya no descansas y mañana pierdes el día, ¿ no ?
- Al ser una cosa esporádica...
- Porque tú, por ejemplo, ¿ a qué hora te levantarás mañana ?
- Pues seguramente a la de siempre, sobre las nueve y media.
He obviado decir que todo esto ocurría alrededor de las cinco de la mañana. En ese momento el hombre ha pensado que había encontrado un filón.
- ¿ Me puedo sentar a tu lado ? Es que me apetece hablar...
- Por supuesto.
Me he hecho a un lado para dejarle pasar puesto que yo ocupaba el asiento de pasillo al tiempo que pensaba " a ver dónde acaba todo esto ". Tras sentarse a mi vera en un lapso de tiempo imperceptible que me ha creado la duda de que tuviera el don de atravesar los cuerpos inertes ( y temer qué no haría con el mío ) ha continuado con lo que ya era un interrogatorio manifiesto.
- ¿ Y eso ?
- Bueno, soy algo insomne y me cuesta salir de los horarios de costumbre.
- Vaya por Dios, eso debe de ser terrible.
- Bueno, a todo se acostumbra uno...
- ¿ Te pasa desde hace mucho ?
- Casi toda la vida.
- ¿ También de pequeño ? Eso es más extraño. ¿ Y cuánto duermes ?
- No es tanto el número de horas como el hecho de despertarme a menudo.
- Pero, ¿ cuántas horas serían entonces ?
- No sé, siete u ocho...la verdad es que así dicho duermo un huevo - y me he sentido tan gilipollas como en el sketch de Faemino y Cansado del psiquiatra y el insomne salvacorderos - pero es porque me levanto tarde por los horarios de trabajo.
Toma salida, ahí se ha notado la ayudita de Johnnie Walker.
- ¡ Ah ! ¿ Trabajas ? ¿ Ya no estudias ?
Esa pregunta me ha reconfortado al intuir que el hombre me suponía menos años de los que tengo realmente.
- No.
- Ya se te pasó el momento.
Y ahí se me ha ido la alegría al garete al reparar en la carga de profundidad que llevaba la frasecita, lo cual me ha dejado ciertamente aturdido y el hombre ha continuado.
- ¿ En qué trabajas ?
- Soy fisioterapeuta.
- ¡ Ah ! Te pasas el día...
Acompañando las palabras con el gesto de masajear con las manos.
- Sí, toqueteando brazos y piernas tullidos.
Iba a decir miembros pero como todavía no sabía de qué iba la vaina, me he cuidado muy mucho de utilizar vocabulario susceptible de equívocos. Porque mientras la conversación seguía su curso, el hombre miraba hacia todos lados como los perrillos de las praderas cuando salen de sus guaridas y temen la aparición de un coyote hambriento. De hecho en algunos momentos he considerado que no me estaba escuchando, lo cual, dada mi falta de autoestima actual me ha llevado a pensar que ya aburro hasta a los frikis.
- Claro, ahora eso está de moda.
- Bueno, trabajo hay pero el boom fue hace ya tiempo.
- Hombre, con la cantidad de gente que practica ahora deporte...
Y ya puestos a aburrirle, le he soltado el "speach" del tipo de clientela que suele acudir a nuestros servicios, con lo que el hombre me ha cortado y ya ha ido al grano.
- ¿ Y estás contento con lo que ganas ?
- Bueno, uno nunca está satisfecho con su sueldo...
- ¿ Cuánto ganas ?
He visto al tío bajándose en mi parada y despellejándome para quedarse con mis pocos eurillos y me ha entrado el tembleque, pero me he gustado y he optado por aguantar el tipo.
- Depende del volumen de trabajo.
- ¿ De qué horquilla hablamos ?
Ayyy...
- Pues no sé, entre 1200 y 2000.
- No está mal...ah, pero serás autónomo.
- Sí, de ahí la variabilidad.
- Claro, entonces no cobras extras ni vacaciones...
- Esa es la gran trampa.
- ¡ Qué chungo entonces !
En ese momento hemos entrado en O´Donnell y el hombre, disculpándose, ha aparecido junto a la puerta de bajada con la misma velocidad que se había sentado confirmándome que no se regía por las leyes físicas de este mundo.
- Tío, lo siento, me tengo que marchar, espero que duermas bien.
- No lo creo.
Estoy tan metido en el rollo negativismo que me ha salido del alma, aunque luego me he avergonzado de intentar despertar lástima en un desconocido. Me lo tengo que hacer mirar...
- Date una ducha bien caliente cuando llegues, eso te relajará.
He pensado que más bien me la tenía que dar fría, pero esa es otra historia. Aun así me ha hecho sonreír.
- ¿ Haces deporte ?
- Sí, juego al fútbol.
- Mira, eso te sirve para llegar cansado.
- No, si ya he probado todos los métodos. Supongo que es una cuestión de tensión emocional, estás nervioso y la cabeza trabaja en exceso, con lo que no te relajas.
- Enhorabuena, tío, me alegro de que tengas tan claros los motivos de tu insomnio.
- Ahora hay que buscarles remedio.
- Mira, lo mejor que puedes hacer es buscarte pareja y dormir con ella.
Y con esa última frase lapidaria se ha bajado. Toma ya. Así que en un momentito, lo que tarda un autobus en recorrer Gran Vía y Alcalá, el hombre ha diseccionado mi espíritu con pulso de cirujano.
Y lo jodido es que encima me sonaba su cara vagamente...
sábado, 3 de marzo de 2007
miércoles, 21 de febrero de 2007
Miércoles de cenizas
El temblor. La agonía. El corazón sin latido.
La muerte que avanza en vaharadas.
La luna se ausenta con el niño
raptado con tretas de canallas.
El silencio. La bruma. El bosque sin trinos.
El recuerdo que sube hasta la Alhambra.
El tiempo impone el cruel castigo
del reflejo en tus ojos de Granada.
El duelo. La ausencia. El reino extinguido.
El cambio que anuncia la mañana.
La brisa juguetea con los rizos
amantes ayer de tu garganta.
El frío. La lluvia. El lecho vacío.
El hueco que dejas en mi cama.
Un beso perdido pide asilo
en la funda empapada de tu almohada.
El miedo. La angustia. La voz del testigo.
El futuro que juega con mi alma.
La ruleta dispara en mi destino
cercenando la esperanza con su bala.
El llanto. La pena. El sueño proscrito.
La tristeza que no me da la espalda.
La sonrisa concede a su asesino
ese último voto de confianza.
El ocaso. La noche. La luz del retiro.
La mano que baja las persianas.
La caricia estrella su apetito
contra el muro en torno de tu falda.
El alud. La caída. El mundo sin hilos.
La estrella que se apaga en la cañada.
La ilusión abandona ya el camino
de las huellas formadas con tu marcha.
El fuego. La pira. El humo maldito.
La hoguera que engulle mis entrañas.
Ruge fuera un viento levantisco,
nicho de mis cenizas malogradas.
El vacío. La nada. Adiós, amor mío.
La muerte que avanza en vaharadas.
La luna se ausenta con el niño
raptado con tretas de canallas.
El silencio. La bruma. El bosque sin trinos.
El recuerdo que sube hasta la Alhambra.
El tiempo impone el cruel castigo
del reflejo en tus ojos de Granada.
El duelo. La ausencia. El reino extinguido.
El cambio que anuncia la mañana.
La brisa juguetea con los rizos
amantes ayer de tu garganta.
El frío. La lluvia. El lecho vacío.
El hueco que dejas en mi cama.
Un beso perdido pide asilo
en la funda empapada de tu almohada.
El miedo. La angustia. La voz del testigo.
El futuro que juega con mi alma.
La ruleta dispara en mi destino
cercenando la esperanza con su bala.
El llanto. La pena. El sueño proscrito.
La tristeza que no me da la espalda.
La sonrisa concede a su asesino
ese último voto de confianza.
El ocaso. La noche. La luz del retiro.
La mano que baja las persianas.
La caricia estrella su apetito
contra el muro en torno de tu falda.
El alud. La caída. El mundo sin hilos.
La estrella que se apaga en la cañada.
La ilusión abandona ya el camino
de las huellas formadas con tu marcha.
El fuego. La pira. El humo maldito.
La hoguera que engulle mis entrañas.
Ruge fuera un viento levantisco,
nicho de mis cenizas malogradas.
El vacío. La nada. Adiós, amor mío.
martes, 13 de febrero de 2007
La entrada condenada
Hoy la entrada viene hablando de viajes, de descensos a los infiernos, de dudas y decisiones, de rutas desconocidas, de destinos por descubrir. Hoy la entrada trata sobre ti, o sobre mí, no lo sé bien.
Sobre por qué estás en mi mundo, en el mundo ya lo sé, todos somos necesarios y criaturas de Dios, todos cumplimos nuestros objetivos sin saber muy bien cuáles son, todos vagamos por senderos cuyos lindes entrelazan con los del resto de la humanidad. Pero, ¿ por qué tu camino choca con el mío, intentando fundirse en uno ? ¿ Somos dueños de esos senderos y los dirigimos como si de un carro se tratase o realmente nos agarramos a los bordes para no volcar ante los vaivenes veleidosos que, como en la montaña rusa, nuestro camino quiera trazar ? No sé lo que prefiero, la libertad absoluta o el destino premarcado, la decisión consciente de su propia inconsciencia o la obediencia preñada de rebeldía latente, saber lo que quiero o querer lo que sé.
Es una entrada caprichosa, no se atiene a reglas ni a convenciones, no entiende de tramas y la ilación le supone el mismo desvelo que a un niño el origen del universo. A ese niño le intriga el devenir, no el pasado pues éste no ocupa más que una lenteja en la encimera y el futuro late más allá de los bordes. A mi niño no le convencen las buenas intenciones, sólo quiere saber qué va a ser de él, qué va a ser de mí. Niño bueno, duerme tranquilo que mañana llega pronto y tú estarás ahí.
Pero yo no sé si tú estarás ahí, esta entrada no me lo dice, me sigue hundiendo en las puertas del infierno, de la duda y la indecisión, en las aguas revueltas de mi cabeza, en el frío invierno de mi corazón rodeado de los glaciares que fueron. Se deshacen los polos, dicen, suben las aguas, exponen, el planeta cambia y yo no puedo tomar la decisión correcta por frío, por excesivo calor, por atenerme al pasado, por temblar de presente, de cuerpo presente como los dinosaurios, por temer al futuro y escapar del frío, del excesivo calor, de acabar como esos dinosaurios.
Sí, es una entrada de viajes, de huidas al sol del atardecer, a poder ser hacia el este para que ese astro nos guarde las espaldas y no dudemos de la dirección tomada. Bueno, mejor para que no nos ciegue. No nos ciegue aún más y debamos recurrir a los sentimientos para decidir, a los pálpitos del cuerpo sensible que nos otorgaron y nos empuja contra la razón. Razón recta, razón firme, razón que llevas razón, ¿ dónde te separaste del afecto para domeñar su furia y crear puntos cardinales en la vida ? Nuestra vida, o ya no, nuestro futuro quizá aún.
Cruel entrada esta que cabalga solitaria, ritmo irreprochable bajo sus cascos, hacia un destino marcado, no como las cartas de una partida de póquer ilegal sino como los toros de una ganadería prestigiosa cuyo final aúna la tragedia y la grandeza, donde la primera alimenta con brotes de lirismo a la segunda. Y hacia ese culmen nos dirigimos, me dirijo, ya te he dicho que no sé bien quién protagoniza la entrada, quién adopta el sujeto ni si este es paciente o "faciente". Y puede que radique ahí el problema, en la paciencia o en la cara, en mantenerla o en romperla, en escapar o en arrostrar las consecuencias.
En elegir, en decidir, en tomar el camino marcado de la entrada, nos lleve hacia donde vaya, nos hunda o nos eleve, encontremos o escapemos, vivamos, sintamos, padezcamos, gocemos, ¿ adónde vamos ? La pregunta sin respuesta toca a la puerta de la mente, se ha marchado, del corazón, ha dimitido, de las piernas, gastan poco los zapatos. Tus zapatos. Esos que te alejan y te acercan, que te frenan y te embalan, que me pisan y me marcan, que te elevan por encima de mi cara, cosa de poco mérito pues soy pequeño y tiendo a encogerme con el sueño. Esos zapatos que marcan el paso de la entrada, la dirigen a su destino con la meticulosidad del comandante recién licenciado, ya se sabe que los viejos tiran de experiencias, se fían de las sensaciones tantas veces repetidas, prefieren las lecciones de la vida que la técnica académica.
Y uno se hace viejo e inadaptado, reniega de los viajes, huye de las decisiones, se asusta de lo cerca que aparece el infierno y duda de haber podido cambiar el destino, de haber poseído en algún momento el timón de la nave, de haber conocido por asomo las corrientes submarinas, de haber aprovechado al menos las rachas de viento favorables, de haber sentido el dominio de la propia existencia. ¿ Quién lo tuvo entonces ?
Escapa la entrada hacia su ocaso sin esbozar una respuesta, echa la vista atrás y el viaje amontona cientos de instantáneas aderezadas con el regusto de su parcialidad. De tu parcialidad. De mi sempiterna indecisión, de mi miedo, de mis fobias, de mis escasos recursos para buscar soluciones, de mi torpeza, de mi ingenio para recordar chistes que no vengan a cuento, de mi alma. De mi alma, tanto tiempo denostada, que ahora eleva una plegaria con la muerte de esta entrada anegada de entropía.
De entropía, de caos, del caos de no saber la decisión, de no conocer las dudas, de saberte lejos, de saberme cerca, de no creer más allá de lo que ven mis ojos, de no ver más acá de mis propias creencias, de escatimar fuerzas, de huir del futuro, aferrarme al pasado, escribir tendenciosamente acerca del presente, de buscar razones en el reino del afecto, de sumar caos al caos.
Aquí yace, pues, esta entrada, condenada desde su nacimiento a vagar por los confines del averno.
Sobre por qué estás en mi mundo, en el mundo ya lo sé, todos somos necesarios y criaturas de Dios, todos cumplimos nuestros objetivos sin saber muy bien cuáles son, todos vagamos por senderos cuyos lindes entrelazan con los del resto de la humanidad. Pero, ¿ por qué tu camino choca con el mío, intentando fundirse en uno ? ¿ Somos dueños de esos senderos y los dirigimos como si de un carro se tratase o realmente nos agarramos a los bordes para no volcar ante los vaivenes veleidosos que, como en la montaña rusa, nuestro camino quiera trazar ? No sé lo que prefiero, la libertad absoluta o el destino premarcado, la decisión consciente de su propia inconsciencia o la obediencia preñada de rebeldía latente, saber lo que quiero o querer lo que sé.
Es una entrada caprichosa, no se atiene a reglas ni a convenciones, no entiende de tramas y la ilación le supone el mismo desvelo que a un niño el origen del universo. A ese niño le intriga el devenir, no el pasado pues éste no ocupa más que una lenteja en la encimera y el futuro late más allá de los bordes. A mi niño no le convencen las buenas intenciones, sólo quiere saber qué va a ser de él, qué va a ser de mí. Niño bueno, duerme tranquilo que mañana llega pronto y tú estarás ahí.
Pero yo no sé si tú estarás ahí, esta entrada no me lo dice, me sigue hundiendo en las puertas del infierno, de la duda y la indecisión, en las aguas revueltas de mi cabeza, en el frío invierno de mi corazón rodeado de los glaciares que fueron. Se deshacen los polos, dicen, suben las aguas, exponen, el planeta cambia y yo no puedo tomar la decisión correcta por frío, por excesivo calor, por atenerme al pasado, por temblar de presente, de cuerpo presente como los dinosaurios, por temer al futuro y escapar del frío, del excesivo calor, de acabar como esos dinosaurios.
Sí, es una entrada de viajes, de huidas al sol del atardecer, a poder ser hacia el este para que ese astro nos guarde las espaldas y no dudemos de la dirección tomada. Bueno, mejor para que no nos ciegue. No nos ciegue aún más y debamos recurrir a los sentimientos para decidir, a los pálpitos del cuerpo sensible que nos otorgaron y nos empuja contra la razón. Razón recta, razón firme, razón que llevas razón, ¿ dónde te separaste del afecto para domeñar su furia y crear puntos cardinales en la vida ? Nuestra vida, o ya no, nuestro futuro quizá aún.
Cruel entrada esta que cabalga solitaria, ritmo irreprochable bajo sus cascos, hacia un destino marcado, no como las cartas de una partida de póquer ilegal sino como los toros de una ganadería prestigiosa cuyo final aúna la tragedia y la grandeza, donde la primera alimenta con brotes de lirismo a la segunda. Y hacia ese culmen nos dirigimos, me dirijo, ya te he dicho que no sé bien quién protagoniza la entrada, quién adopta el sujeto ni si este es paciente o "faciente". Y puede que radique ahí el problema, en la paciencia o en la cara, en mantenerla o en romperla, en escapar o en arrostrar las consecuencias.
En elegir, en decidir, en tomar el camino marcado de la entrada, nos lleve hacia donde vaya, nos hunda o nos eleve, encontremos o escapemos, vivamos, sintamos, padezcamos, gocemos, ¿ adónde vamos ? La pregunta sin respuesta toca a la puerta de la mente, se ha marchado, del corazón, ha dimitido, de las piernas, gastan poco los zapatos. Tus zapatos. Esos que te alejan y te acercan, que te frenan y te embalan, que me pisan y me marcan, que te elevan por encima de mi cara, cosa de poco mérito pues soy pequeño y tiendo a encogerme con el sueño. Esos zapatos que marcan el paso de la entrada, la dirigen a su destino con la meticulosidad del comandante recién licenciado, ya se sabe que los viejos tiran de experiencias, se fían de las sensaciones tantas veces repetidas, prefieren las lecciones de la vida que la técnica académica.
Y uno se hace viejo e inadaptado, reniega de los viajes, huye de las decisiones, se asusta de lo cerca que aparece el infierno y duda de haber podido cambiar el destino, de haber poseído en algún momento el timón de la nave, de haber conocido por asomo las corrientes submarinas, de haber aprovechado al menos las rachas de viento favorables, de haber sentido el dominio de la propia existencia. ¿ Quién lo tuvo entonces ?
Escapa la entrada hacia su ocaso sin esbozar una respuesta, echa la vista atrás y el viaje amontona cientos de instantáneas aderezadas con el regusto de su parcialidad. De tu parcialidad. De mi sempiterna indecisión, de mi miedo, de mis fobias, de mis escasos recursos para buscar soluciones, de mi torpeza, de mi ingenio para recordar chistes que no vengan a cuento, de mi alma. De mi alma, tanto tiempo denostada, que ahora eleva una plegaria con la muerte de esta entrada anegada de entropía.
De entropía, de caos, del caos de no saber la decisión, de no conocer las dudas, de saberte lejos, de saberme cerca, de no creer más allá de lo que ven mis ojos, de no ver más acá de mis propias creencias, de escatimar fuerzas, de huir del futuro, aferrarme al pasado, escribir tendenciosamente acerca del presente, de buscar razones en el reino del afecto, de sumar caos al caos.
Aquí yace, pues, esta entrada, condenada desde su nacimiento a vagar por los confines del averno.
martes, 9 de enero de 2007
La frase
Frase textual con la que fui obsequiado el domingo :
" ¿ Recuerdas aquellos botellones que hacíamos a los dieciocho años y donde nos lo pasábamos tan bien ? Pues ya estás más cerca de los cuarenta que de esos botellones. "
Así que, por más que me pongo a escribir relatos optimistas e historias positivas como me prometí a mí mismo con la entrada del año, mi mente regresa inevitablemente a la frasecita de marras y no sé si hundirme en la nostalgia tipo Rachel en similar situación o montarme un botellón en el parquecito de debajo de mi terraza...
Y el hecho es que cuando se reunen los vecinitos ahí debajo a darle a la frasca a mí me molestan sus gritos, me preocupa su embriaguez y me sorprende su incapacidad de sentir frío, al mismo tiempo que me acurruco en el sillón con la mantita alrededor de mi torso, me fijo en el polvo que acumula la estantería y me sumerjo interesado en el canal economía para constatar el susto que me pegará el Euribor en la próxima revisión.
Quizá no ande tan descaminado el autor de esa frase, quizá no sólo sea una cuestión numérica, quizá ya no desee con tanta vehemencia la llegada de Gandalf a la ciudad, quizá ya no retire hastiado la mirada de los bebés que me presentan, quizá ya prefiera la luz del día a los rigores de la noche. Y esto último además ni siquiera tiene lógica puesto que a la luz se ven más las arrugas, los sinsabores, las cicatrices de la vida ( corta vida, ya lo sé, pero van quedando lejos esos botellones...). Y la firmeza, la determinación, la sonrisa de la experiencia previa. No, no siempre la lógica posee la verdad.
Ladran luego cabalgamos. Quizá ya esté en disposición de dejar huellas, quizá tenga la llave de puertas desconocidas hasta ahora, quizá el alcohol de esos botellones sea la adrenalina actual de mis células, quizá deba brindar con mis vecinitos desde mi terraza por su recién estrenado futuro, por mi recién estrenado presente, por nuestro recién recordado pasado.
Y dar las gracias por esa frase. Por todas las frases que llevo oídas en treinta años y por todas las que espero oír, leer, escribir, recitar...sentir.
Sí, quedan lejos esos botellones, muy lejos, pero en el Garito siguen poniendo pipas, la Chica de Ayer no es de Enrique Iglesias ( al que le sorprenda, por Dios que abandone este blog inmediatamente ) y a Marty Mcfly no le tiembla el pulso.
Y lo que queda.
" ¿ Recuerdas aquellos botellones que hacíamos a los dieciocho años y donde nos lo pasábamos tan bien ? Pues ya estás más cerca de los cuarenta que de esos botellones. "
Así que, por más que me pongo a escribir relatos optimistas e historias positivas como me prometí a mí mismo con la entrada del año, mi mente regresa inevitablemente a la frasecita de marras y no sé si hundirme en la nostalgia tipo Rachel en similar situación o montarme un botellón en el parquecito de debajo de mi terraza...
Y el hecho es que cuando se reunen los vecinitos ahí debajo a darle a la frasca a mí me molestan sus gritos, me preocupa su embriaguez y me sorprende su incapacidad de sentir frío, al mismo tiempo que me acurruco en el sillón con la mantita alrededor de mi torso, me fijo en el polvo que acumula la estantería y me sumerjo interesado en el canal economía para constatar el susto que me pegará el Euribor en la próxima revisión.
Quizá no ande tan descaminado el autor de esa frase, quizá no sólo sea una cuestión numérica, quizá ya no desee con tanta vehemencia la llegada de Gandalf a la ciudad, quizá ya no retire hastiado la mirada de los bebés que me presentan, quizá ya prefiera la luz del día a los rigores de la noche. Y esto último además ni siquiera tiene lógica puesto que a la luz se ven más las arrugas, los sinsabores, las cicatrices de la vida ( corta vida, ya lo sé, pero van quedando lejos esos botellones...). Y la firmeza, la determinación, la sonrisa de la experiencia previa. No, no siempre la lógica posee la verdad.
Ladran luego cabalgamos. Quizá ya esté en disposición de dejar huellas, quizá tenga la llave de puertas desconocidas hasta ahora, quizá el alcohol de esos botellones sea la adrenalina actual de mis células, quizá deba brindar con mis vecinitos desde mi terraza por su recién estrenado futuro, por mi recién estrenado presente, por nuestro recién recordado pasado.
Y dar las gracias por esa frase. Por todas las frases que llevo oídas en treinta años y por todas las que espero oír, leer, escribir, recitar...sentir.
Sí, quedan lejos esos botellones, muy lejos, pero en el Garito siguen poniendo pipas, la Chica de Ayer no es de Enrique Iglesias ( al que le sorprenda, por Dios que abandone este blog inmediatamente ) y a Marty Mcfly no le tiembla el pulso.
Y lo que queda.
martes, 26 de diciembre de 2006
La sonrisa
Después de una semana de no poder entrar en el blog, va el muy cabrón y se abre hoy que no tengo el apasionante final de la trilogía de la trascendencia, así que me inventaré sobre la marcha un cuento navideño, para que no se diga que no me imbuyo del espíritu este que pulula alrededor. A ver lo que sale.
Los niños correteaban nerviosos por la casa mientras su madre colocaba los platos en la mesa, hoy sacamos la vajilla nueva y habrá que darle un agua, y su padre echaba un vistazo al horno, para mí que el cordero ya bebía la misma leche que un hampón de los bajos fondos. Una vez los cubiertos, tenedores a la izquierda, cuchillos y cucharas a la derecha, escoltaban a los platos, la madre juntó a los tres pequeños y los sentó en el sofá.
Quería remarcarles unas pequeñas normas para cuando llegaran los invitados porque conocía su tendencia a desmandarse y aquella noche debía atender a demasiados frentes como para tenerlos controlados. Insistió sobre todo en que respetaran al abuelo Félix, ya muy viejito y cuya paciencia no aguantaría la vitalidad de los tres pequeños. Los niños aceptaron aquel aviso sin rechistar pues recordaban a su abuelo como un señor gruñón y poco amigo de los juegos, amén de que jamás los obsequiaba con ningún regalo.
La tarde fue trayendo poco a poco a los invitados, los tíos de Aluche con un gran juego de pinturas, la prima Luisa y su novio con los muñecos de los Lunnys, los tíos de Toledo con caramelos y caramelos y más caramelos, no os los comáis aún que luego no probáis la cena, el abuelo Félix con...nada. La cara de los pequeños ni siquiera denotaba desilusión puesto que ya lo suponían, pero aún así le negaron la más tenue sonrisa y sus besos fueron leves roces contra la piel ya arrugada del anciano, el cual saludó al resto de la familia y se sentó en la cabecera de la mesa.
La cena transcurrió entre bromas, chanzas y canciones, villancicos algunas, folklóricas otras, desafinadas todas. Los niños lo pasaban en grande pero estaban deseando interiormente que terminara para poder jugar con los regalos. El abuelo mientras tanto parecía pensar en otra cosa, sonreía a las gracias pero apenas participaba, su mirada se posaba alternativamente en cada uno de los pequeños que temían haber hecho algo que pudiera haberle importunado.
Aparecieron los licores y los niños recibieron permiso para irse al cuarto. Con todos los obsequios ya desparramados por el suelo, unos minutos después abrió la puerta el abuelo Félix. Se quedaron callados sin saber qué hacer, mientras se sentaban sobre la cama y él tomaba una silla enfrente de ellos. Les iba a contar una historia.
" El niño Dios acababa de nacer. Caía una fina lluvia que con el paso de las horas y la entrada de la madrugada amenazaría con convertirse en nieve. En aquel pesebre el frío calaba por las maderas ya enmohecidas y, aunque la paja amortiguaba el viento, tuvieron que arrimarse a un par de animales que allí se guarecían para que su calor confortara a la nueva madre tras el esfuerzo.
El niño reposaba en su regazo aparentemente tranquilo, ya aseado con agua de lluvia. Apenas abría los ojos y los labios se remecían como nenúfares con la corriente. Le habían envuelto con una túnica y sólo quedaba a la vista el rostro sereno y delicado.
La noche se fue cerrando y las temperaturas bajaban y bajaban. Los padres se afanaban en aislar al pequeño construyéndole una camita con la paja, mientras oían cada vez más ruidos del exterior. En la entrada del pesebre surgió la luz de una antorcha tras la que aparecieron tres hombres ricamente ataviados, con el rostro solemne y las manos cargadas con cofres. Uno a uno fueron posando delante de la mujer cada cofre, describiendo lo que en su interior guardaban. Aquellas palabras, oro, incienso, mirra, sonaban muy lejanas e inalcanzables para la humildad de la pareja, que no sabían cómo agradecer dichos presentes ni el motivo de esos regalos. El niño seguía descansando sobre la paja.
Mientras los reyes explicaban su periplo en busca de un bebé que debía nacer para cambiar el mundo y cuya revelación venía acompañada del fenómeno astrológico más maravilloso que ellos, grandes conocedores de las estrellas, jamás contemplaran, la puerta del pesebre se fue llenando de lugareños atraidos por lo fastuoso de la caravana. Algunos de ellos se atrevieron a entrar y, al ver la escena, se descubrían y posaban en el suelo alimentos y ropas.
Quiso entrar también un pobre pastor al que muchos sometían a chanzas puesto que no sabía hablar, pero se lo impedían alegando que no llevaba nada que ofrecer a aquel niño tan prodigioso, pues ellos creían que aquellos reyes sólo podían haber venido de tan lejos para conocer algún prodigio. Mientras discutían cuáles serían los poderes del recién nacido, el pastor se escurrió por un hueco y penetró en el pesebre. Allí vio cómo los reyes abrían los cofres, cómo los lugareños posaban sus viandas, cómo los padres se maravillaban ante tal generosidad y cómo el niño, ajeno a tanto despliegue, movía los bracitos reclamando atención.
El pastor se acercó al niño y mirándole con infinita ternura, le sonrió. Era una sonrisa dulce, cálida, repleta de amor, me atrevería a decir que mucho más luminosa que la estrella que llevara allí a los reyes. El niño abrió los ojos por primera vez y también sonrió con la luz de varias constelaciones. Todos los presentes callaron y fueron saliendo al exterior, cegados por la intensidad lumínica. Sólo quedaron los padres y el pastor, al cual Dios elevó hasta su seno para que siguiera iluminando la vida de sus hijos hasta el final de los días : es el sol que véis cada mañana."
Cuando el abuelo terminó esbozó una sonrisa y susurró a sus absortos nietos que ningún regalo hay más bello que la posibilidad de sonreír. Les dio un beso y regresó a la sobremesa, donde el alcohol ya hacía estragos y los ojos brillaban chispeantes.
Bueno, es ciertamente almibarado pero la Navidad es lo que tiene. Eso sí, no dudéis de que en otras fechas ese abuelo no sobrevive a la cena y el niño, bueno, ese niño ya tiene el final escrito. ¿ O quizá no ?
Feliz Navidad.
Los niños correteaban nerviosos por la casa mientras su madre colocaba los platos en la mesa, hoy sacamos la vajilla nueva y habrá que darle un agua, y su padre echaba un vistazo al horno, para mí que el cordero ya bebía la misma leche que un hampón de los bajos fondos. Una vez los cubiertos, tenedores a la izquierda, cuchillos y cucharas a la derecha, escoltaban a los platos, la madre juntó a los tres pequeños y los sentó en el sofá.
Quería remarcarles unas pequeñas normas para cuando llegaran los invitados porque conocía su tendencia a desmandarse y aquella noche debía atender a demasiados frentes como para tenerlos controlados. Insistió sobre todo en que respetaran al abuelo Félix, ya muy viejito y cuya paciencia no aguantaría la vitalidad de los tres pequeños. Los niños aceptaron aquel aviso sin rechistar pues recordaban a su abuelo como un señor gruñón y poco amigo de los juegos, amén de que jamás los obsequiaba con ningún regalo.
La tarde fue trayendo poco a poco a los invitados, los tíos de Aluche con un gran juego de pinturas, la prima Luisa y su novio con los muñecos de los Lunnys, los tíos de Toledo con caramelos y caramelos y más caramelos, no os los comáis aún que luego no probáis la cena, el abuelo Félix con...nada. La cara de los pequeños ni siquiera denotaba desilusión puesto que ya lo suponían, pero aún así le negaron la más tenue sonrisa y sus besos fueron leves roces contra la piel ya arrugada del anciano, el cual saludó al resto de la familia y se sentó en la cabecera de la mesa.
La cena transcurrió entre bromas, chanzas y canciones, villancicos algunas, folklóricas otras, desafinadas todas. Los niños lo pasaban en grande pero estaban deseando interiormente que terminara para poder jugar con los regalos. El abuelo mientras tanto parecía pensar en otra cosa, sonreía a las gracias pero apenas participaba, su mirada se posaba alternativamente en cada uno de los pequeños que temían haber hecho algo que pudiera haberle importunado.
Aparecieron los licores y los niños recibieron permiso para irse al cuarto. Con todos los obsequios ya desparramados por el suelo, unos minutos después abrió la puerta el abuelo Félix. Se quedaron callados sin saber qué hacer, mientras se sentaban sobre la cama y él tomaba una silla enfrente de ellos. Les iba a contar una historia.
" El niño Dios acababa de nacer. Caía una fina lluvia que con el paso de las horas y la entrada de la madrugada amenazaría con convertirse en nieve. En aquel pesebre el frío calaba por las maderas ya enmohecidas y, aunque la paja amortiguaba el viento, tuvieron que arrimarse a un par de animales que allí se guarecían para que su calor confortara a la nueva madre tras el esfuerzo.
El niño reposaba en su regazo aparentemente tranquilo, ya aseado con agua de lluvia. Apenas abría los ojos y los labios se remecían como nenúfares con la corriente. Le habían envuelto con una túnica y sólo quedaba a la vista el rostro sereno y delicado.
La noche se fue cerrando y las temperaturas bajaban y bajaban. Los padres se afanaban en aislar al pequeño construyéndole una camita con la paja, mientras oían cada vez más ruidos del exterior. En la entrada del pesebre surgió la luz de una antorcha tras la que aparecieron tres hombres ricamente ataviados, con el rostro solemne y las manos cargadas con cofres. Uno a uno fueron posando delante de la mujer cada cofre, describiendo lo que en su interior guardaban. Aquellas palabras, oro, incienso, mirra, sonaban muy lejanas e inalcanzables para la humildad de la pareja, que no sabían cómo agradecer dichos presentes ni el motivo de esos regalos. El niño seguía descansando sobre la paja.
Mientras los reyes explicaban su periplo en busca de un bebé que debía nacer para cambiar el mundo y cuya revelación venía acompañada del fenómeno astrológico más maravilloso que ellos, grandes conocedores de las estrellas, jamás contemplaran, la puerta del pesebre se fue llenando de lugareños atraidos por lo fastuoso de la caravana. Algunos de ellos se atrevieron a entrar y, al ver la escena, se descubrían y posaban en el suelo alimentos y ropas.
Quiso entrar también un pobre pastor al que muchos sometían a chanzas puesto que no sabía hablar, pero se lo impedían alegando que no llevaba nada que ofrecer a aquel niño tan prodigioso, pues ellos creían que aquellos reyes sólo podían haber venido de tan lejos para conocer algún prodigio. Mientras discutían cuáles serían los poderes del recién nacido, el pastor se escurrió por un hueco y penetró en el pesebre. Allí vio cómo los reyes abrían los cofres, cómo los lugareños posaban sus viandas, cómo los padres se maravillaban ante tal generosidad y cómo el niño, ajeno a tanto despliegue, movía los bracitos reclamando atención.
El pastor se acercó al niño y mirándole con infinita ternura, le sonrió. Era una sonrisa dulce, cálida, repleta de amor, me atrevería a decir que mucho más luminosa que la estrella que llevara allí a los reyes. El niño abrió los ojos por primera vez y también sonrió con la luz de varias constelaciones. Todos los presentes callaron y fueron saliendo al exterior, cegados por la intensidad lumínica. Sólo quedaron los padres y el pastor, al cual Dios elevó hasta su seno para que siguiera iluminando la vida de sus hijos hasta el final de los días : es el sol que véis cada mañana."
Cuando el abuelo terminó esbozó una sonrisa y susurró a sus absortos nietos que ningún regalo hay más bello que la posibilidad de sonreír. Les dio un beso y regresó a la sobremesa, donde el alcohol ya hacía estragos y los ojos brillaban chispeantes.
Bueno, es ciertamente almibarado pero la Navidad es lo que tiene. Eso sí, no dudéis de que en otras fechas ese abuelo no sobrevive a la cena y el niño, bueno, ese niño ya tiene el final escrito. ¿ O quizá no ?
Feliz Navidad.
jueves, 14 de diciembre de 2006
El regreso
Porque me enfrentaste con la responsabilidad.
Porque contigo conocí gente realmente interesante.
Porque ampliaste mi pequeña burbuja cotidiana.
Porque me ayudaste a sacar mi título universitario.
Porque me enseñaste a tomar decisiones importantes.
Porque me mostraste ciudades desconocidas.
Porque simpatizaste pronto con mis amigos de siempre.
Porque aguantaste estoicamente las caricias de los sobones.
Porque cantaste conmigo canciones melancólicas.
Porque encubriste mis errores más flagrantes.
Porque fuíste testigo de mis primeros escarceos sexuales.
Porque soportaste a mis ocasionales sustitutos.
Porque tomaste siempre la dirección correcta.
Porque me avisaste cuando mi conducta era inadecuada.
Porque me permitiste llegar a trabajar cada día.
Porque te mudaste a un nuevo hogar sin reproches.
Porque lloraste en los trances más terribles.
Porque controlaste mis impulsos asesinos.
Porque entendiste mis infidelidades sin rencores.
Porque escondiste las pruebas del delito.
Porque te mantuviste siempre en el camino.
Porque me salvaste la vida un par de veces.
Porque esperaste mi regreso con paciencia.
Porque sorteaste inesperadamente a la muerte.
Porque eres parte irrevocable de mi ser.
Por todo esto y mucho más que no escribo, hoy es un gran día...
...porque ¡ Faus ha vuelto !
Porque contigo conocí gente realmente interesante.
Porque ampliaste mi pequeña burbuja cotidiana.
Porque me ayudaste a sacar mi título universitario.
Porque me enseñaste a tomar decisiones importantes.
Porque me mostraste ciudades desconocidas.
Porque simpatizaste pronto con mis amigos de siempre.
Porque aguantaste estoicamente las caricias de los sobones.
Porque cantaste conmigo canciones melancólicas.
Porque encubriste mis errores más flagrantes.
Porque fuíste testigo de mis primeros escarceos sexuales.
Porque soportaste a mis ocasionales sustitutos.
Porque tomaste siempre la dirección correcta.
Porque me avisaste cuando mi conducta era inadecuada.
Porque me permitiste llegar a trabajar cada día.
Porque te mudaste a un nuevo hogar sin reproches.
Porque lloraste en los trances más terribles.
Porque controlaste mis impulsos asesinos.
Porque entendiste mis infidelidades sin rencores.
Porque escondiste las pruebas del delito.
Porque te mantuviste siempre en el camino.
Porque me salvaste la vida un par de veces.
Porque esperaste mi regreso con paciencia.
Porque sorteaste inesperadamente a la muerte.
Porque eres parte irrevocable de mi ser.
Por todo esto y mucho más que no escribo, hoy es un gran día...
...porque ¡ Faus ha vuelto !
domingo, 3 de diciembre de 2006
Lágrimas
Yo hoy iba a escribir un relato positivo, lo prometo, lo juraría si de pequeño no me hubieran enseñado que no se debe jurar, ya ves, toda una infancia de doctrina religiosa y sólo me quedo con lo de los juramentos. Eso sí que es tirar el dinero de mis padres. Pues traía un relato amable de casa pero ahora ya no puedo introducirlo, no me sale, de hecho es la primera entrada que estoy escribiendo sin borrador previo manuscrito. Así que pido perdón por los errores que pueda contener, si bien os prometo, estoy casi por jurarlo ( ¡ ahhh, el deber moral ! ), que esto me sale directamente del corazón.
No puedo con las lágrimas, me hunden, me dejan sin argumentos, sólo me incitan al abrazo, al beso cariñoso, a ese beso que no implica contacto físico, es una unión del alma mucho más íntima que hacer el amor. No estoy siendo tópico, tras un beso de esos me encuentro transportado, tanto si lo doy como si lo recibo, lejos del mundo pero cerca de mi interior. Y completamente alojado en el de la otra persona. En este caso en el tuyo.
Cuántas veces piensas en eso, en introducirte en la otra persona y temblar, establecer una unión perfecta e indisoluble que culmine, no con un montón de sensaciones físicas, maravillosas, paralizantes, de las que por supuesto no reniego y espero seguir teniendo, sino en ese momento que habitualmente coincide con el cruce de las miradas de ambos en que no sabes cuál es tu cuerpo pero sí dónde está tu espíritu. Y el suyo.
Esa sensación es la que tengo con esos besos. No separaría los labios de la otra mejilla o de la otra boca hasta el final de los días porque quizá ese fuera el significado de la separación. El final.
Putas lágrimas. Salís de los ojos con esa cadencia que invita a seguir vuestro recorrido por la piel hasta lanzaros por la nariz en vertiginosa caída aprestándoos al vuelo final hasta las manos. Porque siempre ocurre con las lágrimas que duelen, no caen al suelo o a la ropa, no, caen en las manos con el peso de siete rocas, te hieren mucho más que una piedra lanzada por el hombre más fuerte del mundo, pues el sufrimiento se agarra a las entrañas, se cercena tu conexión con el exterior y sólo notas esa lágrima. Y sufres por ello. Por ella. Y te asustas pensando que vienen más, que otra ha tomado ya la pendiente nasal y está acelerando el paso, que no puedes aguantar otro impacto similar. Tiemblas.Pero no puedes moverte, las lágrimas te han paralizado, el beso te ha abducido, y allá va. ¡ Lágrima va ! Los chinos torturaban a sus prisioneros dejándoles caer gotas de agua en el cráneo hasta que la erosión podía con el hueso, dice la leyenda. Desconozco si es cierta pero no me cabe duda de que si hubieran usado lágrimas, más que tortura hubiera sido ejecución.
Ya estoy hablando de muertes otra vez. Y yo hoy era optimista, el relato que espera su momento certifica tal afirmación. Pero he visto lágrimas. Y con ellas no puedo. A mí no me salen con facilidad, sólo en momentos de mucha tensión, no necesariamente negativa, se ve que las uso como espita para esa tensión, pero estoy rodeado de personas de lágrima fácil. Luego decís que soy pesimista, que veo sólo la parte negativa, que me quejo con excesiva asiduidad y de forma injustificada, pero el hecho es que en ocasiones veo lágrimas y me dejan como al niño en la película. Aterrado, hundido, desolado...
¿ Y ahora qué hago ? Creo que voy a empezar a llorar.
Putas lágrimas...
Me conozco y me releeré lo que he escrito para corregir los posibles errores, pero no quiero cambiar un ápice. De hecho no sé si voy a poder leerlo, mira, quizá para esto también sirva el vidrio en la retina, un obstáculo a la censura. Creo que no puedo, siento los errores.
Putas lágrimas...
No puedo con las lágrimas, me hunden, me dejan sin argumentos, sólo me incitan al abrazo, al beso cariñoso, a ese beso que no implica contacto físico, es una unión del alma mucho más íntima que hacer el amor. No estoy siendo tópico, tras un beso de esos me encuentro transportado, tanto si lo doy como si lo recibo, lejos del mundo pero cerca de mi interior. Y completamente alojado en el de la otra persona. En este caso en el tuyo.
Cuántas veces piensas en eso, en introducirte en la otra persona y temblar, establecer una unión perfecta e indisoluble que culmine, no con un montón de sensaciones físicas, maravillosas, paralizantes, de las que por supuesto no reniego y espero seguir teniendo, sino en ese momento que habitualmente coincide con el cruce de las miradas de ambos en que no sabes cuál es tu cuerpo pero sí dónde está tu espíritu. Y el suyo.
Esa sensación es la que tengo con esos besos. No separaría los labios de la otra mejilla o de la otra boca hasta el final de los días porque quizá ese fuera el significado de la separación. El final.
Putas lágrimas. Salís de los ojos con esa cadencia que invita a seguir vuestro recorrido por la piel hasta lanzaros por la nariz en vertiginosa caída aprestándoos al vuelo final hasta las manos. Porque siempre ocurre con las lágrimas que duelen, no caen al suelo o a la ropa, no, caen en las manos con el peso de siete rocas, te hieren mucho más que una piedra lanzada por el hombre más fuerte del mundo, pues el sufrimiento se agarra a las entrañas, se cercena tu conexión con el exterior y sólo notas esa lágrima. Y sufres por ello. Por ella. Y te asustas pensando que vienen más, que otra ha tomado ya la pendiente nasal y está acelerando el paso, que no puedes aguantar otro impacto similar. Tiemblas.Pero no puedes moverte, las lágrimas te han paralizado, el beso te ha abducido, y allá va. ¡ Lágrima va ! Los chinos torturaban a sus prisioneros dejándoles caer gotas de agua en el cráneo hasta que la erosión podía con el hueso, dice la leyenda. Desconozco si es cierta pero no me cabe duda de que si hubieran usado lágrimas, más que tortura hubiera sido ejecución.
Ya estoy hablando de muertes otra vez. Y yo hoy era optimista, el relato que espera su momento certifica tal afirmación. Pero he visto lágrimas. Y con ellas no puedo. A mí no me salen con facilidad, sólo en momentos de mucha tensión, no necesariamente negativa, se ve que las uso como espita para esa tensión, pero estoy rodeado de personas de lágrima fácil. Luego decís que soy pesimista, que veo sólo la parte negativa, que me quejo con excesiva asiduidad y de forma injustificada, pero el hecho es que en ocasiones veo lágrimas y me dejan como al niño en la película. Aterrado, hundido, desolado...
¿ Y ahora qué hago ? Creo que voy a empezar a llorar.
Putas lágrimas...
Me conozco y me releeré lo que he escrito para corregir los posibles errores, pero no quiero cambiar un ápice. De hecho no sé si voy a poder leerlo, mira, quizá para esto también sirva el vidrio en la retina, un obstáculo a la censura. Creo que no puedo, siento los errores.
Putas lágrimas...
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