miércoles, 21 de febrero de 2007

Miércoles de cenizas

El temblor. La agonía. El corazón sin latido.
La muerte que avanza en vaharadas.
La luna se ausenta con el niño
raptado con tretas de canallas.
El silencio. La bruma. El bosque sin trinos.
El recuerdo que sube hasta la Alhambra.
El tiempo impone el cruel castigo
del reflejo en tus ojos de Granada.
El duelo. La ausencia. El reino extinguido.
El cambio que anuncia la mañana.
La brisa juguetea con los rizos
amantes ayer de tu garganta.
El frío. La lluvia. El lecho vacío.
El hueco que dejas en mi cama.
Un beso perdido pide asilo
en la funda empapada de tu almohada.
El miedo. La angustia. La voz del testigo.
El futuro que juega con mi alma.
La ruleta dispara en mi destino
cercenando la esperanza con su bala.
El llanto. La pena. El sueño proscrito.
La tristeza que no me da la espalda.
La sonrisa concede a su asesino
ese último voto de confianza.
El ocaso. La noche. La luz del retiro.
La mano que baja las persianas.
La caricia estrella su apetito
contra el muro en torno de tu falda.
El alud. La caída. El mundo sin hilos.
La estrella que se apaga en la cañada.
La ilusión abandona ya el camino
de las huellas formadas con tu marcha.
El fuego. La pira. El humo maldito.
La hoguera que engulle mis entrañas.
Ruge fuera un viento levantisco,
nicho de mis cenizas malogradas.
El vacío. La nada. Adiós, amor mío.

martes, 13 de febrero de 2007

La entrada condenada

Hoy la entrada viene hablando de viajes, de descensos a los infiernos, de dudas y decisiones, de rutas desconocidas, de destinos por descubrir. Hoy la entrada trata sobre ti, o sobre mí, no lo sé bien.
Sobre por qué estás en mi mundo, en el mundo ya lo sé, todos somos necesarios y criaturas de Dios, todos cumplimos nuestros objetivos sin saber muy bien cuáles son, todos vagamos por senderos cuyos lindes entrelazan con los del resto de la humanidad. Pero, ¿ por qué tu camino choca con el mío, intentando fundirse en uno ? ¿ Somos dueños de esos senderos y los dirigimos como si de un carro se tratase o realmente nos agarramos a los bordes para no volcar ante los vaivenes veleidosos que, como en la montaña rusa, nuestro camino quiera trazar ? No sé lo que prefiero, la libertad absoluta o el destino premarcado, la decisión consciente de su propia inconsciencia o la obediencia preñada de rebeldía latente, saber lo que quiero o querer lo que sé.
Es una entrada caprichosa, no se atiene a reglas ni a convenciones, no entiende de tramas y la ilación le supone el mismo desvelo que a un niño el origen del universo. A ese niño le intriga el devenir, no el pasado pues éste no ocupa más que una lenteja en la encimera y el futuro late más allá de los bordes. A mi niño no le convencen las buenas intenciones, sólo quiere saber qué va a ser de él, qué va a ser de mí. Niño bueno, duerme tranquilo que mañana llega pronto y tú estarás ahí.
Pero yo no sé si tú estarás ahí, esta entrada no me lo dice, me sigue hundiendo en las puertas del infierno, de la duda y la indecisión, en las aguas revueltas de mi cabeza, en el frío invierno de mi corazón rodeado de los glaciares que fueron. Se deshacen los polos, dicen, suben las aguas, exponen, el planeta cambia y yo no puedo tomar la decisión correcta por frío, por excesivo calor, por atenerme al pasado, por temblar de presente, de cuerpo presente como los dinosaurios, por temer al futuro y escapar del frío, del excesivo calor, de acabar como esos dinosaurios.
Sí, es una entrada de viajes, de huidas al sol del atardecer, a poder ser hacia el este para que ese astro nos guarde las espaldas y no dudemos de la dirección tomada. Bueno, mejor para que no nos ciegue. No nos ciegue aún más y debamos recurrir a los sentimientos para decidir, a los pálpitos del cuerpo sensible que nos otorgaron y nos empuja contra la razón. Razón recta, razón firme, razón que llevas razón, ¿ dónde te separaste del afecto para domeñar su furia y crear puntos cardinales en la vida ? Nuestra vida, o ya no, nuestro futuro quizá aún.
Cruel entrada esta que cabalga solitaria, ritmo irreprochable bajo sus cascos, hacia un destino marcado, no como las cartas de una partida de póquer ilegal sino como los toros de una ganadería prestigiosa cuyo final aúna la tragedia y la grandeza, donde la primera alimenta con brotes de lirismo a la segunda. Y hacia ese culmen nos dirigimos, me dirijo, ya te he dicho que no sé bien quién protagoniza la entrada, quién adopta el sujeto ni si este es paciente o "faciente". Y puede que radique ahí el problema, en la paciencia o en la cara, en mantenerla o en romperla, en escapar o en arrostrar las consecuencias.
En elegir, en decidir, en tomar el camino marcado de la entrada, nos lleve hacia donde vaya, nos hunda o nos eleve, encontremos o escapemos, vivamos, sintamos, padezcamos, gocemos, ¿ adónde vamos ? La pregunta sin respuesta toca a la puerta de la mente, se ha marchado, del corazón, ha dimitido, de las piernas, gastan poco los zapatos. Tus zapatos. Esos que te alejan y te acercan, que te frenan y te embalan, que me pisan y me marcan, que te elevan por encima de mi cara, cosa de poco mérito pues soy pequeño y tiendo a encogerme con el sueño. Esos zapatos que marcan el paso de la entrada, la dirigen a su destino con la meticulosidad del comandante recién licenciado, ya se sabe que los viejos tiran de experiencias, se fían de las sensaciones tantas veces repetidas, prefieren las lecciones de la vida que la técnica académica.
Y uno se hace viejo e inadaptado, reniega de los viajes, huye de las decisiones, se asusta de lo cerca que aparece el infierno y duda de haber podido cambiar el destino, de haber poseído en algún momento el timón de la nave, de haber conocido por asomo las corrientes submarinas, de haber aprovechado al menos las rachas de viento favorables, de haber sentido el dominio de la propia existencia. ¿ Quién lo tuvo entonces ?
Escapa la entrada hacia su ocaso sin esbozar una respuesta, echa la vista atrás y el viaje amontona cientos de instantáneas aderezadas con el regusto de su parcialidad. De tu parcialidad. De mi sempiterna indecisión, de mi miedo, de mis fobias, de mis escasos recursos para buscar soluciones, de mi torpeza, de mi ingenio para recordar chistes que no vengan a cuento, de mi alma. De mi alma, tanto tiempo denostada, que ahora eleva una plegaria con la muerte de esta entrada anegada de entropía.
De entropía, de caos, del caos de no saber la decisión, de no conocer las dudas, de saberte lejos, de saberme cerca, de no creer más allá de lo que ven mis ojos, de no ver más acá de mis propias creencias, de escatimar fuerzas, de huir del futuro, aferrarme al pasado, escribir tendenciosamente acerca del presente, de buscar razones en el reino del afecto, de sumar caos al caos.
Aquí yace, pues, esta entrada, condenada desde su nacimiento a vagar por los confines del averno.

martes, 9 de enero de 2007

La frase

Frase textual con la que fui obsequiado el domingo :
" ¿ Recuerdas aquellos botellones que hacíamos a los dieciocho años y donde nos lo pasábamos tan bien ? Pues ya estás más cerca de los cuarenta que de esos botellones. "
Así que, por más que me pongo a escribir relatos optimistas e historias positivas como me prometí a mí mismo con la entrada del año, mi mente regresa inevitablemente a la frasecita de marras y no sé si hundirme en la nostalgia tipo Rachel en similar situación o montarme un botellón en el parquecito de debajo de mi terraza...
Y el hecho es que cuando se reunen los vecinitos ahí debajo a darle a la frasca a mí me molestan sus gritos, me preocupa su embriaguez y me sorprende su incapacidad de sentir frío, al mismo tiempo que me acurruco en el sillón con la mantita alrededor de mi torso, me fijo en el polvo que acumula la estantería y me sumerjo interesado en el canal economía para constatar el susto que me pegará el Euribor en la próxima revisión.
Quizá no ande tan descaminado el autor de esa frase, quizá no sólo sea una cuestión numérica, quizá ya no desee con tanta vehemencia la llegada de Gandalf a la ciudad, quizá ya no retire hastiado la mirada de los bebés que me presentan, quizá ya prefiera la luz del día a los rigores de la noche. Y esto último además ni siquiera tiene lógica puesto que a la luz se ven más las arrugas, los sinsabores, las cicatrices de la vida ( corta vida, ya lo sé, pero van quedando lejos esos botellones...). Y la firmeza, la determinación, la sonrisa de la experiencia previa. No, no siempre la lógica posee la verdad.
Ladran luego cabalgamos. Quizá ya esté en disposición de dejar huellas, quizá tenga la llave de puertas desconocidas hasta ahora, quizá el alcohol de esos botellones sea la adrenalina actual de mis células, quizá deba brindar con mis vecinitos desde mi terraza por su recién estrenado futuro, por mi recién estrenado presente, por nuestro recién recordado pasado.
Y dar las gracias por esa frase. Por todas las frases que llevo oídas en treinta años y por todas las que espero oír, leer, escribir, recitar...sentir.
Sí, quedan lejos esos botellones, muy lejos, pero en el Garito siguen poniendo pipas, la Chica de Ayer no es de Enrique Iglesias ( al que le sorprenda, por Dios que abandone este blog inmediatamente ) y a Marty Mcfly no le tiembla el pulso.
Y lo que queda.

martes, 26 de diciembre de 2006

La sonrisa

Después de una semana de no poder entrar en el blog, va el muy cabrón y se abre hoy que no tengo el apasionante final de la trilogía de la trascendencia, así que me inventaré sobre la marcha un cuento navideño, para que no se diga que no me imbuyo del espíritu este que pulula alrededor. A ver lo que sale.

Los niños correteaban nerviosos por la casa mientras su madre colocaba los platos en la mesa, hoy sacamos la vajilla nueva y habrá que darle un agua, y su padre echaba un vistazo al horno, para mí que el cordero ya bebía la misma leche que un hampón de los bajos fondos. Una vez los cubiertos, tenedores a la izquierda, cuchillos y cucharas a la derecha, escoltaban a los platos, la madre juntó a los tres pequeños y los sentó en el sofá.
Quería remarcarles unas pequeñas normas para cuando llegaran los invitados porque conocía su tendencia a desmandarse y aquella noche debía atender a demasiados frentes como para tenerlos controlados. Insistió sobre todo en que respetaran al abuelo Félix, ya muy viejito y cuya paciencia no aguantaría la vitalidad de los tres pequeños. Los niños aceptaron aquel aviso sin rechistar pues recordaban a su abuelo como un señor gruñón y poco amigo de los juegos, amén de que jamás los obsequiaba con ningún regalo.
La tarde fue trayendo poco a poco a los invitados, los tíos de Aluche con un gran juego de pinturas, la prima Luisa y su novio con los muñecos de los Lunnys, los tíos de Toledo con caramelos y caramelos y más caramelos, no os los comáis aún que luego no probáis la cena, el abuelo Félix con...nada. La cara de los pequeños ni siquiera denotaba desilusión puesto que ya lo suponían, pero aún así le negaron la más tenue sonrisa y sus besos fueron leves roces contra la piel ya arrugada del anciano, el cual saludó al resto de la familia y se sentó en la cabecera de la mesa.
La cena transcurrió entre bromas, chanzas y canciones, villancicos algunas, folklóricas otras, desafinadas todas. Los niños lo pasaban en grande pero estaban deseando interiormente que terminara para poder jugar con los regalos. El abuelo mientras tanto parecía pensar en otra cosa, sonreía a las gracias pero apenas participaba, su mirada se posaba alternativamente en cada uno de los pequeños que temían haber hecho algo que pudiera haberle importunado.
Aparecieron los licores y los niños recibieron permiso para irse al cuarto. Con todos los obsequios ya desparramados por el suelo, unos minutos después abrió la puerta el abuelo Félix. Se quedaron callados sin saber qué hacer, mientras se sentaban sobre la cama y él tomaba una silla enfrente de ellos. Les iba a contar una historia.
" El niño Dios acababa de nacer. Caía una fina lluvia que con el paso de las horas y la entrada de la madrugada amenazaría con convertirse en nieve. En aquel pesebre el frío calaba por las maderas ya enmohecidas y, aunque la paja amortiguaba el viento, tuvieron que arrimarse a un par de animales que allí se guarecían para que su calor confortara a la nueva madre tras el esfuerzo.
El niño reposaba en su regazo aparentemente tranquilo, ya aseado con agua de lluvia. Apenas abría los ojos y los labios se remecían como nenúfares con la corriente. Le habían envuelto con una túnica y sólo quedaba a la vista el rostro sereno y delicado.
La noche se fue cerrando y las temperaturas bajaban y bajaban. Los padres se afanaban en aislar al pequeño construyéndole una camita con la paja, mientras oían cada vez más ruidos del exterior. En la entrada del pesebre surgió la luz de una antorcha tras la que aparecieron tres hombres ricamente ataviados, con el rostro solemne y las manos cargadas con cofres. Uno a uno fueron posando delante de la mujer cada cofre, describiendo lo que en su interior guardaban. Aquellas palabras, oro, incienso, mirra, sonaban muy lejanas e inalcanzables para la humildad de la pareja, que no sabían cómo agradecer dichos presentes ni el motivo de esos regalos. El niño seguía descansando sobre la paja.
Mientras los reyes explicaban su periplo en busca de un bebé que debía nacer para cambiar el mundo y cuya revelación venía acompañada del fenómeno astrológico más maravilloso que ellos, grandes conocedores de las estrellas, jamás contemplaran, la puerta del pesebre se fue llenando de lugareños atraidos por lo fastuoso de la caravana. Algunos de ellos se atrevieron a entrar y, al ver la escena, se descubrían y posaban en el suelo alimentos y ropas.
Quiso entrar también un pobre pastor al que muchos sometían a chanzas puesto que no sabía hablar, pero se lo impedían alegando que no llevaba nada que ofrecer a aquel niño tan prodigioso, pues ellos creían que aquellos reyes sólo podían haber venido de tan lejos para conocer algún prodigio. Mientras discutían cuáles serían los poderes del recién nacido, el pastor se escurrió por un hueco y penetró en el pesebre. Allí vio cómo los reyes abrían los cofres, cómo los lugareños posaban sus viandas, cómo los padres se maravillaban ante tal generosidad y cómo el niño, ajeno a tanto despliegue, movía los bracitos reclamando atención.
El pastor se acercó al niño y mirándole con infinita ternura, le sonrió. Era una sonrisa dulce, cálida, repleta de amor, me atrevería a decir que mucho más luminosa que la estrella que llevara allí a los reyes. El niño abrió los ojos por primera vez y también sonrió con la luz de varias constelaciones. Todos los presentes callaron y fueron saliendo al exterior, cegados por la intensidad lumínica. Sólo quedaron los padres y el pastor, al cual Dios elevó hasta su seno para que siguiera iluminando la vida de sus hijos hasta el final de los días : es el sol que véis cada mañana."
Cuando el abuelo terminó esbozó una sonrisa y susurró a sus absortos nietos que ningún regalo hay más bello que la posibilidad de sonreír. Les dio un beso y regresó a la sobremesa, donde el alcohol ya hacía estragos y los ojos brillaban chispeantes.

Bueno, es ciertamente almibarado pero la Navidad es lo que tiene. Eso sí, no dudéis de que en otras fechas ese abuelo no sobrevive a la cena y el niño, bueno, ese niño ya tiene el final escrito. ¿ O quizá no ?
Feliz Navidad.

jueves, 14 de diciembre de 2006

El regreso

Porque me enfrentaste con la responsabilidad.
Porque contigo conocí gente realmente interesante.
Porque ampliaste mi pequeña burbuja cotidiana.
Porque me ayudaste a sacar mi título universitario.
Porque me enseñaste a tomar decisiones importantes.
Porque me mostraste ciudades desconocidas.
Porque simpatizaste pronto con mis amigos de siempre.
Porque aguantaste estoicamente las caricias de los sobones.
Porque cantaste conmigo canciones melancólicas.
Porque encubriste mis errores más flagrantes.
Porque fuíste testigo de mis primeros escarceos sexuales.
Porque soportaste a mis ocasionales sustitutos.
Porque tomaste siempre la dirección correcta.
Porque me avisaste cuando mi conducta era inadecuada.
Porque me permitiste llegar a trabajar cada día.
Porque te mudaste a un nuevo hogar sin reproches.
Porque lloraste en los trances más terribles.
Porque controlaste mis impulsos asesinos.
Porque entendiste mis infidelidades sin rencores.
Porque escondiste las pruebas del delito.
Porque te mantuviste siempre en el camino.
Porque me salvaste la vida un par de veces.
Porque esperaste mi regreso con paciencia.
Porque sorteaste inesperadamente a la muerte.
Porque eres parte irrevocable de mi ser.
Por todo esto y mucho más que no escribo, hoy es un gran día...
...porque ¡ Faus ha vuelto !

domingo, 3 de diciembre de 2006

Lágrimas

Yo hoy iba a escribir un relato positivo, lo prometo, lo juraría si de pequeño no me hubieran enseñado que no se debe jurar, ya ves, toda una infancia de doctrina religiosa y sólo me quedo con lo de los juramentos. Eso sí que es tirar el dinero de mis padres. Pues traía un relato amable de casa pero ahora ya no puedo introducirlo, no me sale, de hecho es la primera entrada que estoy escribiendo sin borrador previo manuscrito. Así que pido perdón por los errores que pueda contener, si bien os prometo, estoy casi por jurarlo ( ¡ ahhh, el deber moral ! ), que esto me sale directamente del corazón.
No puedo con las lágrimas, me hunden, me dejan sin argumentos, sólo me incitan al abrazo, al beso cariñoso, a ese beso que no implica contacto físico, es una unión del alma mucho más íntima que hacer el amor. No estoy siendo tópico, tras un beso de esos me encuentro transportado, tanto si lo doy como si lo recibo, lejos del mundo pero cerca de mi interior. Y completamente alojado en el de la otra persona. En este caso en el tuyo.
Cuántas veces piensas en eso, en introducirte en la otra persona y temblar, establecer una unión perfecta e indisoluble que culmine, no con un montón de sensaciones físicas, maravillosas, paralizantes, de las que por supuesto no reniego y espero seguir teniendo, sino en ese momento que habitualmente coincide con el cruce de las miradas de ambos en que no sabes cuál es tu cuerpo pero sí dónde está tu espíritu. Y el suyo.
Esa sensación es la que tengo con esos besos. No separaría los labios de la otra mejilla o de la otra boca hasta el final de los días porque quizá ese fuera el significado de la separación. El final.
Putas lágrimas. Salís de los ojos con esa cadencia que invita a seguir vuestro recorrido por la piel hasta lanzaros por la nariz en vertiginosa caída aprestándoos al vuelo final hasta las manos. Porque siempre ocurre con las lágrimas que duelen, no caen al suelo o a la ropa, no, caen en las manos con el peso de siete rocas, te hieren mucho más que una piedra lanzada por el hombre más fuerte del mundo, pues el sufrimiento se agarra a las entrañas, se cercena tu conexión con el exterior y sólo notas esa lágrima. Y sufres por ello. Por ella. Y te asustas pensando que vienen más, que otra ha tomado ya la pendiente nasal y está acelerando el paso, que no puedes aguantar otro impacto similar. Tiemblas.Pero no puedes moverte, las lágrimas te han paralizado, el beso te ha abducido, y allá va. ¡ Lágrima va ! Los chinos torturaban a sus prisioneros dejándoles caer gotas de agua en el cráneo hasta que la erosión podía con el hueso, dice la leyenda. Desconozco si es cierta pero no me cabe duda de que si hubieran usado lágrimas, más que tortura hubiera sido ejecución.
Ya estoy hablando de muertes otra vez. Y yo hoy era optimista, el relato que espera su momento certifica tal afirmación. Pero he visto lágrimas. Y con ellas no puedo. A mí no me salen con facilidad, sólo en momentos de mucha tensión, no necesariamente negativa, se ve que las uso como espita para esa tensión, pero estoy rodeado de personas de lágrima fácil. Luego decís que soy pesimista, que veo sólo la parte negativa, que me quejo con excesiva asiduidad y de forma injustificada, pero el hecho es que en ocasiones veo lágrimas y me dejan como al niño en la película. Aterrado, hundido, desolado...
¿ Y ahora qué hago ? Creo que voy a empezar a llorar.
Putas lágrimas...
Me conozco y me releeré lo que he escrito para corregir los posibles errores, pero no quiero cambiar un ápice. De hecho no sé si voy a poder leerlo, mira, quizá para esto también sirva el vidrio en la retina, un obstáculo a la censura. Creo que no puedo, siento los errores.
Putas lágrimas...

domingo, 26 de noviembre de 2006

Tú ganas

Esa noche estaba especialmente negativo. No conseguía transmitirle ni la esperanza ni la ilusión que todo ser humano, por el mero hecho de existir, debe sentir obligatoriamente en al menos pequeñas dosis. Por eso decidí utilizar todo mi arsenal de lugares comunes y chantajes emocionales con el único fin de obtener de su boca un comentario positivo.
- Vale, correcto, admitamos que la vida dispone en ocasiones malas rachas donde todo parece salir al revés de como uno lo espera. Es más, no sólo son rachas malas sino que puedes llegar a plantearte que "alguien" en algún lugar lejano y supongo que elevado ha decidido machacarte en nombre del azar o del destino. Y que no sólo entrevera todo sino que hunde tu vida socavando los pilares sobre los que te apoyabas, de tal suerte que te encuentras inmerso en la parálisis provocada por la sorpresa. Admitamos que eso ocurre puesto que la experiencia así nos lo indica. Pues bien, la propia experiencia también nos recuerda que no somos los únicos en sufrir esas calamidades, es más, que ya las hemos sufrido en ocasiones anteriores, que de todas hemos salido más pronto o más tarde y el resultado al final del túnel no ha diferido del anterior al inicio de ese bucle negativo. Que si excluimos lo verdaderamente importante que es la ausencia irrevocable de un ser querido ( y sabes a lo que me refiero, no me tergiverses ), en realidad nunca pasa nada. Que todo tiene solución. Y lo mejor es que esa solución está en ti, no necesitas que nadie te dé la receta de la poción mágica, tú eres dueño de la fuerza necesaria pues ya lo has hecho más veces. ¿ O no es cierto que has salido a flote en otros desengaños amorosos ? ¿ O no es verdad que has vuelto a trabajar tras encontrarte de patitas en la calle ? ¿ Acaso miento si te recuerdo que te has repuesto de dolencias físicas mucho peores que las que ahora te amargan ? Podría elaborar una lista de todas las adversidades que has ido superando desde que te conozco y seguramente acabaría con la tinta de un barril. ¡ Qué diablos ! Prefiero que el barril contenga cerveza y brindemos caña a caña por cada una de las puertas que se te abren cuando parece que todas tienden a cerrarse, por cada una de las oportunidades que surgen a raíz de finalizar con lo pretérito, por cada una de las alegrías que te quedan por vivir...¿ Puedes negarme que serías capaz de decirme tú mismo más de cuarenta proyectos que ahora aparecen ante tus ojos y que se mantenían ocultos bajo la comodidad de la situación anterior ? Claro que no puedes pues tú también lo sabes. Entiendo que los cambios deben ser asimilados y celebro que así sea, pues sólo cuando uno digiere bien la comida ésta resulta beneficiosa para el organismo; este período de duelo se me antoja inevitable. La tristeza y el miedo a lo desconocido son sentimientos inherentes al hombre, habría que tener un corazón de piedra para desdeñar el sufrimiento que supone la agonía de aventuras por las que uno lucha y donde vuelca toda su energía, todo su empeño, todo ese corazón. Y yo sé que el tuyo no es de piedra. Por eso te permito que sigas mimoso, que mantengas ese aire de lamento continuo, que prolongues el victimismo hasta darle en ocasiones, no puedes negarlo, un toque algo grotesco. Pero lo permito por una razón y con una condición. La primera es que te quiero y te apoyaré siempre, aunque cometas cien mil errores, bien lo sabes. La segunda es que de todo esto saques la conclusión de que vale la pena vivir, que por muy disgustado que estés el hecho de sentir ya te impulse hacia adelante, que estas vivencias te ayuden a crecer al igual que lo hicieron las anteriores, dando como resultado ( un resultado en continua evolución pues sigues vivo, no lo olvides ) esa personita que nos tiene en vilo a todos sus amigos, que nos hace disfrutar, que nos motiva a buscar el momento y el lugar de encontrarse contigo para deleitarse con tu sonrisa, con tu diálogo, con tu simple presencia, la personita que si faltara crearía un vacío imposible de llenar y cuya ausencia soy incapaz de imaginar.
¿ Realmente crees que sería mejor morirse ?
- Sí.
Objetivo cumplido, oye.